LA DIGITALIZACIÓN DE LIBROS

Cuando Google anunció su ambicioso plan de digitalización de libros editados se desencadenaron todas las tormentas imaginables: los libreros vieron peligrar una vez más su negocio menguante; los distribuidores intuyeron la puntilla de un negocio con tantos inconvenientes que se sostiene porque no tiene más remedio (como le dijo su suegro al proyecto de verdugo de Berlanga, porque alguien lo tiene que hacer); los editores vieron que sus magras ganancias iban a ser mordisquedas por la multinacional insaciable, y los autores o sus herederos a quienes aún protege la normativa sobre propiedad intelectual vieron cómo se abría una ventanilla que aprovechaba la despresurización para aligerar billetes sin control en una atmósfera demasiado amplia para ser sometida a legislaciones nacionales o internacionales.

Como casi todo lo que sucede con la tecnología, por otra parte, este camino era más que predecible. La tan cacareada globalización implica esas cosas, además de tantas otras, y es imposible ponerle puertas al campo.

Sin embargo, la digitalización no es en sí misma un problema. Antes al contrario, es una solución. La penitencia de esperar por una obra importante el turno en una biblioteca, o como en la curiosa obra Hombres buenos en la que Pérez-Reverte autonovela su periplo de visitar los lugares donde los libros duermen para que el lector venga a despertarlos, acudiendo a fondos privados, a archivos recónditos, a librerías de lance, a colecciones de colegas afortunados… no deja de ser algo que vemos que no va con los tiempos, que no responde a la idea de universalidad del saber que se nos vende.

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¿PAPEL O ARCHIVO? REFLEXIONES SOBRE EL SOPORTE DE LA CORRECCIÓN DE PRUEBAS

Prácticamente hasta la entrada del siglo ningún manual de producción editorial aludía siquiera a la corrección directa sobre archivos electrónicos. Los mejores manuales especificaban formas y normas para la corrección, e incluso podían considerarse invocables como obligatorias las venerables normas UNE 1083:1962, sobre marcación de errores en mecanografía, 54-18-76, sobre técnicas de reproducción, y sobre todo la 54-0051-74, sobre corrección de imprenta. Sin embargo, hay que remarcar el hecho de que estas normas se consideraban como de uso profesional, o sea, interno del sector de la edición y las artes gráficas, y que buscaban la estandarización para evitar errores por ambigüedad o desconocimiento  por los profesionales implicados en el tratamiento de los textos editables. Resultaban sin embargo desconocidas por el público en general, y solo autores muy expertos o implicados se movían con soltura en su uso y, sobre todo, en su interpretación, así que cuando los cambios tecnológicos arrumbaron por obsoleta la marcación de las pruebas en papel entre profesionales ello supuso la marginación o directamente la condena al olvido de la estandarización de la marcación.

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USO CORRECTO DE TÍTULOS Y SUBTÍTULOS PARA CAER BIEN A LOS RESPONSABLES DE UNA EDICIÓN (I: CREACIÓN Y ESTRUCTURA)

Hace ya tiempo hablé sobre la preparación de originales. También, sobre la responsabilidad que cabía a los coordinadores editoriales a la hora de pedir a todos los involucrados en un proyecto respeto por unas normas que concedieran al resultado final coherencia y solidez. En ambos casos lo que aquí escribo es un añadido necesario, porque el uso de títulos y subtítulos otorga a la obra escrita estructura en doble sentido:

  • visual y gráfica de un lado, porque dividirá el texto en partes, epígrafes o parágrafos que permiten la pausa en la lectura y darán pie a la existencia de blancos de cortesía, portadillas, páginas en blanco u otros recursos de diseño editorial;
  • intelectual o argumentativa de otro, estableciendo entre ellos la extensión del desarrollo de una idea, un argumento o una parte del todo de la obra.

Dependiendo del tipo de obra de que se trate estas cesuras o interrupciones van a tener una u otra forma e importancia, y van a estar más o menos predefinidas.

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UNA PROPUESTA DE REFORMA DEL DICCIONARIO ELECTRÓNICO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

El Diccionario de la Real Academia Española va ya por su vigésima tercera edición. Esta última apareció en octubre de 2010, y recoge ciertas novedades metodológicas que el propio organismo explica aquí. Como siempre sucede, tras la publicación aparecen un montón de opiniones encontradas que en resumen nos dan la impresión de que damos a la lengua, y por derivación a su más alta institución, más importancia de la que en principio cabría pensar. En este país cainita de telebasura y campechanía hay, al parecer, tiempo también para entretenerse en despotricar contra tal o cual inclusión o exclusión, contra la explicación concedida a una entrada o a una acepción nueva de una entrada previa y contra la pervivencia de términos o acepciones que quieren arrumbarse por corrección educativa, que no lingüística. Nada puedo criticar por todo ello, y en el fondo me regocija pensar en este entusiasmo que se emplea en una materia tan intelectual —quizá exagero y debiera decir intelectiva— y que mueve a la ardorosa crítica y a la enconada réplica.

Son las novedades las que más motivan el comentario, a veces asombrado, a veces sardónico y otras feroz. Por mi parte, como corrector, este proceso exige cierta cuidadosa lectura, no tanto para atender a esa difícil medición de la promoción que supone pasar de estar excluido a estar recogido como “término vulgar”, “coloquial” o, directamente, “coloquial y malsonante” (como sucede con el tan celebrado “cagaprisas”, y que en mi tierra vallisoletana es de uso habitual, por otra parte) como por la tendencia que sigue a estas inclusiones de extender su uso entre quienes antes no se habrían atrevido a usarlas por escrito. Curiosamente, y por mucho que desde la RAE se explique que la inclusión en el compendio no supone más que la aceptación de un uso continuado, sin juicio de oportunidad alguno, muchos consideran este el momento del pistoletazo de salida para poder acoger tal o cual palabra que les hace mucha gracia y soltarla a diestro y siniestro. Quizá tienen la intención de escandalizar, como Quevedo en la corte remilgada del siglo XVII, pero evidentemente es muy complicado llegar a ese nivel, por cuanto el maestro era tan bueno en ese como en todos los demás registros, y soltar una perla, podríamos decir negra, no empece adornarla oportunamente con una gramática depurada y una sintaxis exquisita.

No dudo de que esa especie de “consagración” de términos pretéritamente ignorados puede tener cierta importancia por la “autoridad” que la Academia ostenta, y ya hablamos hace tiempo del papel social e incluso jurídico que de esta manera se confería al Diccionario. No es baladí presumir que escapará de la calificación de difamación quien demuestre que el insulto proferido contra un contrario responde exactamente a lo que el aludido hizo o dijo, y como argumentó el gran Forrest Gump “es tonto el que hace tonterías”, por ejemplo, como también es un pelele quien se deja manejar, o idiota quien sea “engreído sin fundamento para ello”, tal y como recoge la segunda acepción del término. Para abundar en el matiz normativo del Diccionario me remito a la entrega algo ya lejana ya, pues no quiero aburrir con reincidencias.

Por contra a lo que debiera parecer, quienes trabajamos con la lengua española no atendemos estas novedades con el ansia de introducir vocablos nuevos que vengan por fin a solventar las dudas de usos equívocos, a aceptar barbarismos o a materializar conceptos u objetos hasta ahora anónimos. No, en realidad las palabras han ido por delante, y el uso de material publicado de diversa índole nos ha ahorrado la novedad; asistimos de ellos quizá a su consagración, solo. Lo que de verdad nos remueve en la silla es la barahúnda de términos coloquiales que vienen a sentarse en la misma mesa que sinónimos más “académicos” y de uso habitual, y que por el análisis y escrutinio periodístico de cada edición vienen de nuevo a la palestra. Azanoria, toballa, cocreta… todos ellos existen, como desde hace siglos, pues muchos provienen ya del Diccionario de Autoridades, pero de todos ellos se reconoce su desuso y “marginalidad”. Esta “atención mediática” provoca su invocación y uso, y de esta curiosa manera se perpetúan, mientras otros desaparecen porque nadie se acuerda de ellos. Y quien quiera llamar la atención podrá usarlas, soltándolas con ese desafío implícito de ver quién se atreviera a enmendarlos para recibir la oportuna charla explicativa. Reconozco no haber tenido problemas en ese sentido, pero parece algo muy apropiado para incluirlo en exámenes de oposición, en pruebas de “cultura general” o en concursos televisivos donde supongo trabajan guionistas con poco tiempo, escasa remuneración y un puntito de mala leche.

A la vez que se publican nuevas ediciones en papel del Diccionario se actualizan también el Corpus y el Diccionario electrónico, pero a veces no a idéntica velocidad, y hay casos de divergencia entre el Diccionario electrónico y las normas de acentuación de la Ortografía, por cuanto las ediciones en papel de ambas no coinciden.

Todos hemos aprendido a usar el Diccionario en nuestra infancia. Conocemos los códigos por los que la obra se mueve, las normas de la lexicografía que rigen su estructura y su motivación. Todas ellas se han trasladado al Diccionario electrónico. Pero las herramientas de búsqueda puestas al servicio del usuario parecen pocas y poco flexibles. Acostumbrados también a programas informáticos de uso común, como los procesadores de textos, donde las posibilidades de búsqueda se abren en un amplio abanico de opciones, el campo simple del buscador del Diccionario se nos antoja ya reducido. Este medio, que debiera estar al servicio del hablante, se constituye solo en el oráculo que desgrana su retahíla explicativa cuando pronunciamos ante él un término reconocible. Permanece mudo cuando no entendió lo que le dijimos, y como mucho nos ofrece palabras “con una escritura cercana”, las más de las veces con cambios en una o como mucho dos letras y una raíz común.

Quizá el concepto debiera cambiar. El hablante no es solo lector de lo que no comprende, y que le obliga a la consulta. Es ahora, ante todo, usuario del lenguaje, artesano del idioma. Poco sentido tiene para él que la Academia haya sucumbido al uso de la palabra “backstage” y que la incluya así, sin ánimo de adaptarla. Como ya referí en otro lugar, los creadores de palabras habitan en periódicos, radios y televisiones, que acaparan la comunicación a la que la alta institución presta oídos. Pero esos medios son altavoces de otras personas, y no autoridades por sí mismas. Si la Real Academia tuviera a bien convertir su lugar electrónico en un buscador por donde el usuario pudiera fisgar, a lo mejor se crearían convincentes neologismos, o adaptaciones consecuentes de extranjerismos. Pero para ello habría que plantear el trabajo al revés, y permitir que un usuario buscara “vegetal de tronco leñoso” para encontrar “árbol”, y también “bambú”, y también “arbusto”, y concretar, y ofrecer variantes para la navegación, para la inmersión, para la investigación; como por ejemplo “palabras con la misma raíz que árbol”, o palabras que terminen en “-bol”. ¿Es absurdo pedir un listado de todos los colores recogidos en el Diccionario para que las empresas lo incluyan en sus catálogos? ¿Y el conjunto de instrumentos que pueden formar una orquesta sinfónica? ¿Y los diferentes nombres que se pueden dar a los peces, según sus variantes regionales?

No es demasiado complicado incluir información del tipo “las personas que buscaron … rellenaron además los siguientes campos: …”, ni tampoco la contextualización de cada término, más importante sin duda que la explicación de su origen, por mucho que ello sea importante para lingüistas y filólogos.

Evidentemente, esto supone una transformación radical del propio concepto de Diccionario. Es más, la obra en sí constituiría solo una de tantas formas de presentar la información disponible. A la oportunidad de apostar por diccionarios ideográficos podrían vincularse aplicaciones de realidad aumentada que podrían comercializarse incluso, aportando a la institución fondos sin duda necesarios para sus exangües arcas.

BUSCAR/REEMPLAZAR EN WORD (II: PRECAUCIONES NECESARIAS Y LIMITACIONES DEL PROGRAMA)

El último día hablábamos del uso de los comandos de buscar y cambiar en Word y de cómo abordar un proceso “básico” de limpieza de un texto para que su uso en diferentes equipos y su exportación a otros programas informáticos no cause problemas o efectos indeseados. Buena parte de la utilidad de no incluir códigos erróneos ya lo explicamos cuando hablamos de los contragrafismos, y allí expusimos que los blancos incorrectamente generados podían dar al traste con la presentación de un texto propio, que quizá nos supuso un gran trabajo y que poseía particularidades sobre colocación y espaciado que eran fundamentales para la correcta exposición de los argumentos desarrollados.

Hoy vamos a desvelar algunas limitaciones o peculiaridades que debemos tener en cuenta al usar Buscar→Cambiar en Word, porque quizá su utilidad se vea a veces comprometida con los riesgos que supone su uso indebido.

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BUSCAR/REEMPLAZAR EN WORD (I: EL USO CORRECTO DE LAS OPCIONES)

La opción de utilizar el cuadro de comandos “Buscar/Reemplazar” en el procesador de textos Word de Microsoft es, más que útil, a veces imprescindible. Lo que en una lectura somera nos muestra algunos errores nos ofrece la pista (siempre desagradable) de que los textos que manejamos no están todo lo bien que debieran, y que por ello no son de nuestro agrado. Si los escribimos nosotros mismos, es el momento de revisarlos para “afinarlos”; si los hemos importado, será imprescindible “pulirlos” antes de poder utilizarlos (por ejemplo para usarlos en los nuestros, como citas); si nos han encargado revisarlos y corregirlos, necesitaremos “sistematizar” las modificaciones para evitar discrepancias.

Esta tarea puede suponer sumergirse en los textos para “cazar” esos errores, y a partir de cada hallazgo realizar una búsqueda y comprobar si lo mismo se ha repetido más veces, pero también incluye necesariamente algunas labores básicas, previas a la lectura, que conviene realizar siempre antes de dar un trabajo por terminado. Se puede decir que es equivalente a la limpieza de los zapatos: para limpiar un par de zapatos, antes deben estar limpios. No se puede dar betún con restos de polvo o barro, con manchas o cercos. De la misma manera, no se puede corregir un texto sin haberlo revisado antes. Sigue leyendo

¿CUÁNTAS VECES DEBO RESUMIR UN TRABAJO CIENTÍFICO ANTES DE ENVIARLO PARA SU PUBLICACIÓN?

Tengan la entidad que tengan, una vez que los trabajos científicos han sido culminados es preciso atender a una labor de revisión que nos permita cumplir algunos requerimientos comunes hoy en día. Ello siempre pasa por transmitir de una forma mucho más resumida el contenido, y por eso precisamente es útil realizarlo ahora, cuando el trabajo está ya terminado. Es en este momento, tras la oportuna recopilación de datos, tras el contraste con los estudios sobre la misma materia realizados previamente al nuestro, tras la redacción y la sistematización de los contenidos que hemos querido transmitir, cuando consideramos definitiva la información que queremos ofrecer. Y de ahí que sea entonces cuando podamos resumirla. Realizar esta labor sobre premisas, esquemas previos o simples bocetos puede resultar en olvidos de lo que en principio no previmos pero se hizo importante durante la investigación o, al revés, en la inclusión de algo que teníamos en mente al comenzar pero que desechamos por cualquier razón después.

Vamos a ver de qué maneras, y con qué objeto, deberíamos atender esta tarea de resumen de nuestros trabajos científicos.

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