LA DIGITALIZACIÓN DE LIBROS

Cuando Google anunció su ambicioso plan de digitalización de libros editados se desencadenaron todas las tormentas imaginables: los libreros vieron peligrar una vez más su negocio menguante; los distribuidores intuyeron la puntilla de un negocio con tantos inconvenientes que se sostiene porque no tiene más remedio (como le dijo su suegro al proyecto de verdugo de Berlanga, porque alguien lo tiene que hacer); los editores vieron que sus magras ganancias iban a ser mordisquedas por la multinacional insaciable, y los autores o sus herederos a quienes aún protege la normativa sobre propiedad intelectual vieron cómo se abría una ventanilla que aprovechaba la despresurización para aligerar billetes sin control en una atmósfera demasiado amplia para ser sometida a legislaciones nacionales o internacionales.

Como casi todo lo que sucede con la tecnología, por otra parte, este camino era más que predecible. La tan cacareada globalización implica esas cosas, además de tantas otras, y es imposible ponerle puertas al campo.

Sin embargo, la digitalización no es en sí misma un problema. Antes al contrario, es una solución. La penitencia de esperar por una obra importante el turno en una biblioteca, o como en la curiosa obra Hombres buenos en la que Pérez-Reverte autonovela su periplo de visitar los lugares donde los libros duermen para que el lector venga a despertarlos, acudiendo a fondos privados, a archivos recónditos, a librerías de lance, a colecciones de colegas afortunados… no deja de ser algo que vemos que no va con los tiempos, que no responde a la idea de universalidad del saber que se nos vende.

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