DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (I: EL PROCESO DE LA LECTURA)

Va para veinticuatro largos años ya en que he dedicado mucho tiempo a corregir textos. Al principio uno sabe menos pero confía más en sí mismo, poco a poco se toma conciencia de la enorme extensión de su ignorancia, y por fin, poco a poco también —es sin duda la paciencia la principal de las características del corrector, ya lo adelanto—, se van adquiriendo destrezas y manejando herramientas que permiten valorizar esa labor modesta y oscura, que limpia los canales de comunicación entre el emisor y el receptor del mensaje escrito, mejorándola con la evitación de lo que en Lingüística se denomina ruido. Quizá por eso podríamos catalogarla de labor callada (esto es una broma tan pequeña que no hay más remedio que confesar que lo es para que se sepa).

Pero, en realidad ¿qué hace un corrector? O, expresado de otra manera, puesto que no es muy difícil colegir que un corrector corrige, ¿cómo hace un corrector para corregir un texto?; ¿qué cosas cambia?; ¿qué licencias se toma? Intentaré desentrañar  seguidamente los detalles de eso que algunos consideran algo superfluo y prescindible y que para otros constituye un arcano guardado en un universo paralelo donde es imposible asomarse.

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AUTOEDICIÓN Y ALFABETIZACIÓN VISUAL (III): EL TEXTO

En un post pasado interrumpimos la serie sobre alfabetización visual para insertar nociones básicas de la preparación de originales. Según allí expusimos, los documentos creados a partir de un tratamiento de texto (TT) podían incluir ciertas marcas y definiciones que los hacían perfectamente válidos para su edición inmediata, pero que poseían las limitaciones (cada vez menores) que estos programas poseen frente a herramientas informáticas más complejas, como los Programas de Maquetación (PM). Antes de cerrar el círculo hablando de los elementos gráficos y cómo se trabajan en los PM vamos a ofrecer las claves básicas que nos permitan comprender el proceso de exportación de textos a archivos maquetados.

MAQUETADORA

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LEGIBILIDAD Y LECTURABILIDAD

A veces la Academia nos sorprende con sus limitaciones. Ya sabemos que en un mundo de hombres de letras (y muy concretamente de letras, por cuanto a cada uno le corresponde una) hay disciplinas que no han tenido la suficiente atención. No digamos ya la informática, la ingeniería genética o la mecánica, sino cosas tan de nuestro acervo como la arquitectura. Muchos términos que los arquitectos usan a diario no han entrado “en los marcados grandes de la palabra”, como cantara Silvio Rodríguez, y no por extranjeros, sino por puro desentendimiento. Esta lejanía puede tener cierta coherencia con el funcionamiento de la propia institución: para que una palabra ingrese en el Diccionario debe postularlo uno de sus miembros, que se convierte en su “promotor” (vox ex Academico), y no imagino a muchos académicos a pie de obra para determinar el balasto del relleno entre dos crujías. Sin embargo, sorprende más el desentendimiento en cosas tan de letras como la propia tipografía, como si escribir pudiera ser algo telepático que no requiriera un soporte físico. Este desentendimiento pudiera aquí parecer casi “desprecio”. Ya he hablado en alguna ocasión de la pobre producción tipográfica española y en general hispana, y de que hemos estado al albur de la ampliación de los signos recogidos en familias extranjeras para asegurarnos de poder acentuar, poner diéresis o usar la eñe. Las direcciones de la world wide web han sido el último y sangrante efecto de este retraso, y ni siquiera el nombre de nuestro propio país podemos escribir en la línea de direcciones de un navegador. En el tema de hoy no podemos acudir al Diccionario para que nos aclare qué diferencia hay entre “legible” y “lecturable”. De lo primero nos dice que es “lo que se puede leer” (lo bueno si breve…, debieron pensar); de lo segundo, nada. Pero ambos términos encierran matices que no deberíamos obviar. ¿Cuáles? Sigue leyendo