LA DIGITALIZACIÓN DE LIBROS

Cuando Google anunció su ambicioso plan de digitalización de libros editados se desencadenaron todas las tormentas imaginables: los libreros vieron peligrar una vez más su negocio menguante; los distribuidores intuyeron la puntilla de un negocio con tantos inconvenientes que se sostiene porque no tiene más remedio (como le dijo su suegro al proyecto de verdugo de Berlanga, porque alguien lo tiene que hacer); los editores vieron que sus magras ganancias iban a ser mordisquedas por la multinacional insaciable, y los autores o sus herederos a quienes aún protege la normativa sobre propiedad intelectual vieron cómo se abría una ventanilla que aprovechaba la despresurización para aligerar billetes sin control en una atmósfera demasiado amplia para ser sometida a legislaciones nacionales o internacionales.

Como casi todo lo que sucede con la tecnología, por otra parte, este camino era más que predecible. La tan cacareada globalización implica esas cosas, además de tantas otras, y es imposible ponerle puertas al campo.

Sin embargo, la digitalización no es en sí misma un problema. Antes al contrario, es una solución. La penitencia de esperar por una obra importante el turno en una biblioteca, o como en la curiosa obra Hombres buenos en la que Pérez-Reverte autonovela su periplo de visitar los lugares donde los libros duermen para que el lector venga a despertarlos, acudiendo a fondos privados, a archivos recónditos, a librerías de lance, a colecciones de colegas afortunados… no deja de ser algo que vemos que no va con los tiempos, que no responde a la idea de universalidad del saber que se nos vende.

LA HISTORIA ESTÁ ESCRITA; LO NO ESCRITO SE HA OLVIDADO

Como la materia oscura del universo, el conocimiento no accesible dentro del total publicado es una inmensa mayoría, una ingente cantidad de conocimiento ignoto que se puede perder si no se logra atraparlo y perpetuarlo. Si pensamos por idiomas, las aportaciones realizadas por un menor número de hablantes tienen más difícil la perpetuación, igual que aquellas obras que nunca salieron de entornos geográficos reducidos. No es una reductio ad absurdum hablar de que la pérdida de muchas obras de Ernesto Sabato se debió a que nunca habían salido de su escritorio, y a que un empuje nihilista y desesperado provocó ese suicidio intelectual. Por el contrario, cuando una obra tiene la ventaja de su divulgación asegura la pervivencia y, con la eternidad, formar parte de esa palabra inconmensurable y escurridiza que es la cultura.

El papel, esa materia quebradiza y frágil, enemiga de la luz, del fuego y del agua, de roedores y ácaros, ha sido no solo el soporte, sino también la cárcel del conocimiento. A su alrededor se ha generado una suerte de religión de muchos devotos, como cualquier religión inaprehensible en su completud para el más sabio, y como cualquier religión con sus puristas, sus exegetas, sus sacerdotes y sus herejes. Para seguir con el símil tuvo sus inicios modestos, sus visionarios propulsores, sus devotos acólitos y el prestigio intachable de una sociedad entregada. Obviamente, ha cumplido un papel de primer orden en la Historia, tanto que la nombra, pues la falta de documentos escritos se considera Prehistoria, como si habláramos de los dos testamentos (aquí mi símil quiebra, y pido perdón a los miembros de las religiones del libro que no reconocen el Nuevo como Testamento sagrado).

Puede que, en fácil paralelismo, hayamos llegado ahora al fin de la Historia y estemos, sin saberlo, entrando en una etapa nueva. Quién sabe; nadie acierta a interpretar las señales cuando los cambios importantes se producen. Es lógico reflexionar que el conocimiento escrito permitió crear los cimientos de las civilizaciones para que sobre ellos, como los corales, esta pudiera expandirse sin necesidad de reiniciarse cada generación, y que sería necio, ahora que hay los conocimientos suficientes, pensar que el hombre de 2016 es más inteligente que el del 2016 antes de Cristo, aunque la diferencia en la forma de vida pudiera, si aquellos ancestros nos vieran un momento, hacer pasar a los de hogaño por extraterrestres.

A pesar de ello ¿cuánto hemos olvidado? Superando el estupor del pensamiento de cuántas cosas no se han escrito, de cuántas experiencias se consumieron en el esfuerzo, de cuántos logros no quedaron afirmados en un testimonio indeleble, ¿cuántos libros se han perdido, cuántas obras han desaparecido para siempre? Muchas más de las que permanecen, sin duda. Podría especularse incluso que nos hemos basado en remedos de cultura para edificar la actual, y no es solo novelesca la reflexión que la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa afronta con la pervivencia del saber a partir de la obra incompleta de Aristóteles. Además, a ese inmisericorde proceso de senectud y muerte de los libros ¿a cuántas obras más tocará antes de que lleguen la salvación y la gloria? Bien lo sabían los antiguos: la memoria es la vida eterna, y llegaba a la vida eterna quien conseguía fama. La etimología de esta palabra es muy esclarecedora. Transcribo aquí la que recoge el Wikcionario (https://es.wiktionary.org/wiki/fama):

Del castellano antiguo fama (“fama”), y este del latín fāmam (“reputación“) y el griego antiguo φήμη; a su vez de φημί (fēmí, “hablar“).

O sea, tiene fama quien está en boca de la gente. Por eso era infame la persona que, por sus hechos deshonrosos, era condenado públicamente al olvido. A la muerte en vida.

¡Cuánta infamia arrastra nuestro mundo! Cuando en la novela de Vargas Llosa sobre el escribidor perdidamente enamorado de la tía Julia se habla de los folletines de las radionovelas se relata la ingente cantidad de papel que se transportaba de Cuba al Perú para tal menester, y las calamidades del viaje y las escenas y capítulos enteros devorados por el salitre y las ratas. En cualquier derribo, ruina o reforma aparecen siempre ejemplares desvencijados, muñones ininteligibles de obras pretéritas que quizá algún librero se empeñó en publicar con riesgo para su hacienda, su libertad o su vida.

LA ENORME DISTANCIA ENTRE LA CULTURA ESCRITA Y LA CULTURA EXTENSA

En nuestra existencia tienen los libros pues una importancia enorme, rotunda, más que crucial podríamos decir basal. Y sin embargo su época de gloria es apenas un chispazo en la historia de la Humanidad. Podemos considerar que todo lo publicado antes de la imprenta ocuparía apenas el espacio de cualquier biblioteca municipal medianamente dotada. Ahora que la arqueología nos desvela el tamaño aproximado de la gran Biblioteca de Alejandría, la mejor de la Antigüedad, podemos intuir su capacidad: apenas unos pocos miles de papiros y pergaminos, traducibles a apenas unas pocas decenas de miles de páginas. Perdidos, irremisiblemente, por un incendio insaciable. La imprenta no solo consiguió aumentar las tiradas, logrando con ello la pervivencia de las obras: consiguió hacer más fácil editar, y reeditar.

Antes de que una ilustración fuera un dibujo fue una cualidad, antaño accesible a muy pocos, y era a esa minoría a la que se reservaba el escondido idioma de leer y escribir, en un código indescifrable para el común de los mortales. En ellos recayó la tarea de pensar, liberados tras la imprenta de la tediosa tarea del amanuense, y fue la Ilustración el feliz hallazgo de la cultura para su divulgación. Sí, por fin se tomaba conciencia de que el saber era útil a los pueblos, y que si podía extenderse la sabiduría adquirida ello traería prosperidad. De allá acá han transcurrido apenas quinientos años.

EL LIBRO COMO INSTRUMENTO CULTURAL

La evolución del libro como ente físico ha supuesto tanto cuestiones de forma como de fondo. El libro, nunca debe olvidarse, es un soporte, y ofrece unas posibilidades y, también, unas limitaciones. Ha recogido la escritura, agilizándola con tipografías en las que predominan las minúsculas, enriqueciéndola con abundantes signos de puntuación que pretenden transmitir con exactitud las cualidades metalingüísticas del discurso que transmiten y perfeccionando su apariencia física con normas bibliológicas progresivamente asentadas. Asimismo, ha recogido imágenes, en principio evocadoras o imitativas, y cada vez más instructivas y exactas que se denominaron “reproducciones”. Modernamente, se ha abarrotado con referencias cruzadas, con remisiones, con anexos… Se ha llenado cada vez más, en fin, de contenido.

LA APARICIÓN DE LA CULTURA DIGITAL

Y entonces apareció Internet, y con ella la posibilidad de transmitir la información instantáneamente en formato digital. Y todo de repente pareció digitalizable: las tiendas, las administraciones, el cine, la radio y la televisión, la música… Los libros, parecía inevitable, siguieron el mismo camino.

Muy a pesar de quienes quisieron demonizar la digitalización de los libros, la técnica aportó buenas soluciones para favorecer este proceso inevitable: permitió la interacción de los contenidos con formatos hasta ese momento solo emulables, como vídeos o audios, la interrelación con otros lectores u otras obras o sitios digitales online, e incluso creó un “libro digital”, un ingenioso aparato que no gasta apenas energía, respeta las normas bibliológicas a que antes aludíamos, adapta la letra a cada lector y permite acumular en su memoria interna tantas páginas como las que antes decíamos de la Biblioteca de Alejandría. Sin arrumbar al libro tradicional, parecía la respuesta oportuna a la oportuna digitalización, en un bucle de retroalimentación de la cultura hacia la cultura.

Evidentemente, esta cumbre no puede ser sino uno más de los campamentos-base de una escalada eterna.

La digitalización supone, pues, un hito en la comunicación humana, un proceso que, como antes había sucedido con la invención de la escritura, determina un antes y un después. Como consecuencia, hay una cultura humana que existe antes de la digitalización y otra que se crea tras ella. Pararse a reflexionar un momento sobre ello nos da en seguida la magnitud que esto representa: aparte el medio de difusión, la propia forma de crear cambia en esencia, y recuperar lo creado previamente implica difundirlo digitalmente, y también “recrearlo” digitalmente.

Visto así, la digitalización es una oportunidad de perpetuar toda la cultura previa, volcándola en un entorno de más rápida y ubicua comunicación que puede revivificarla, asentándola como un bagaje extenso y comprobado de manifestaciones que merecieron, por una u otra circunstancia, pasar a la posteridad. De todo ese bagaje una parte es identificable y puede buscarse a través de sus autores o de sus títulos, pero ello no es así para la mayor parte, porque el prestigio del creador es difícil que se extienda por el universo mundo con más intensidad que la curiosidad de los potenciales usuarios de la información. Por eso es imprescindible que se digitalicen los contenidos completos, y por eso es insuficiente que la digitalización consista en la conversión de las obras pretéritas en paquetes de información vinculados a un título o a una autoridad.

CAMINOS Y FORMAS DE LA CULTURA DIGITAL

Los formatos en que suele aparecer la información en las redes son o bien los propios de la comunicación por Internet (los protocolos html y xml) o bien los estándares de la transmisión documental, el más importante de ellos el pdf (portable document file, por el desarrollo de su acrónimo inglés). Los libros electrónicos han adoptado protocolos que permiten conservar las características más importantes que se pretende que tengan las obras que en ellos se reproducen; el más importante de ellos es epub, pero hay muchos otros, sobradamente conocidos. Todos estos formatos se alimentan de programas informáticos que los crean, y aunque puede hacerse directamente lo normal es que se utilice el sistema intermedio de generar archivos intercambiables y editables por cualquiera que posea el programa que los creó —o uno compatible con él—, y que a partir de esos archivos se generen los archivos exportables en alguno de los protocolos dichos al principio.

LA PERPETUACIÓN DIGITAL DE LA CULTURA

En el caso de las obras pretéritas la conversión digital, si se quiere que todo el contenido sea volcado en la red, y no solamente una imagen de las páginas de una edición preexistente, exige la recuperación del texto.

Cuando la obra se editó en papel pero en su proceso de creación intervinieron archivos electrónicos la cosa es sencilla: si un manuscrito llegó a una editorial que se ocupó de reescribirlo en un sistema de composición de textos hay que usar ese archivo electrónico y adaptarlo a los nuevos formatos; si el autor lo produjo en un procesador de textos es más sencillo todavía: ese archivo es el archivo digital que servirá para la exportación al nuevo formato. Así dicho parece simple, pero de hecho se plantean a veces inconvenientes en el filtrado y la conversión que pueden hacer trabajosos estos procesos. Pero, en fin, hay una base sobre la que trabajar.

En cambio, cuando no hay archivo alguno, y lo único de lo que se puede tirar es de la propia edición en papel, entran en juego programas informáticos que interpretan la imagen que ven al revisar el original y la transforman en texto: son los OCR, o programas de reconocimiento óptico de caracteres (Optical Character Recognition en inglés). Una vez “interpretados”, los archivos generados pueden guardarse en cualquiera de los protocolos antedichos. Estos programas, cada vez más avanzados, poseen capacidades que consiguen discernir la familia tipográfica usada para afinar en la interpretación de cada signo, e interiorizan la lengua de creación para trabajar con variables ortográficas e incluso gramaticales que resuelvan inconcreciones puntuales o errores de imprenta. No pueden usarse como traductores automáticos, porque exigen revisión, pero trabajan cada vez mejor y más rápido.

Una vez incorporados a la red, estos libros regenerados quedan a disposición de nuevos lectores. Si se recogieron en repositorios abiertos serán accesibles a cualquiera, y la única limitación para el usuario será la definición que necesita a través del buscador informático para llegar a él. Lo convencional es que las obras sean encontradas porque se hayan etiquetado de alguna manera (novelas de Georges Simenon, artículos sobre grafeno…), seguramente con el sistema denominado de palabras clave, aunque también pueden encontrarse por su propio contenido (si quien ha de pintaros ha de veros…). Parece inevitable que tan amplio bagaje sea ordenado, sistematizado y encerrado en compartimentos de uso particular, denominados repositorios, a los que acudirán los interesados delimitando lo más afinadamente posible la información que pretenden recuperar, pero si todas las obras aparecen digitalizadas y su contenido es íntegramente volcado en abierto no habrá búsqueda más exacta que la que se produzca dentro del propio texto.

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