EL PODER NORMATIVO DE LA REAL ACADEMIA (Y II): SENTIDO E INTERPRETACIÓN DEL TEXTO LEGAL

En la exegética es bastante habitual reprochar al legislador no usar una terminología libre de interpretaciones. Bien por el uso de términos poco concretos, bien por usar términos diferentes a los que, sobre la misma materia, aparecen en otras normas. Es un recurso habitual definir el sentido que en una norma se le quiere dar a un término o expresión, porque la enorme variedad y amplitud de nuestro idioma obliga a veces a delimitar en una sola acepción la palabra que, de otra manera, podría invocarse con varias más. Quizá, como vimos en el anterior post, en fraude de ley. Reflexionemos un momento: resulta más fácil interpretar un texto antiguo por las normas de la Gramática y la Ortografía que conseguir comprender el significado de términos desusados o directamente desaparecidos, o de comprender los cambios evolutivos que se han producido en otros a veces de uso muy común. Todos recordamos que Don Quijote quería bien a Sancho por ser “discreto”, pero aquella cualidad en el siglo XVI no era precisamente la del que no era chismoso y sabía guardar secretos. Del mismo modo, podemos entender el sentido de las contrucciones sintácticas de cada una de las Partidas de que hablábamos el día pasado, pero no sabremos cuantificar ni ponderar ninguna de las medidas de longitud, peso o capacidad que allí se citan. Los términos tienen un nacimiento y una evolución, y contextualizarlos en su momento preciso es crucial para comprenderlos: ¿qué tiene que ver una “sesión” cuando se cita en el cartel de un teatro que otra que se anuncia en un chat de Internet?

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EL PODER NORMATIVO DE LA REAL ACADEMIA (I): LENGUA Y NORMATIVA

Recientemente, José Manuel Blecua ha manifestado que es preciso “desacralizar” el Diccionario de la Real Academia. Y ello a propósito de la desazón de ciertos colectivos por la inclusión de determinadas entradas o acepciones que parecieron ofensivas. La defensa de la alta institución del idioma ha sido siempre que el Diccionario es un reflejo de lo que la sociedad hace, del idioma que construye, y que la Real Academia vigila para incluir o excluir términos o acepciones que triunfan o fracasan en esta aventura de la comunicación semántica. No es éste momento de hablar de la capacidad de asimilación o de adaptación de la institución, ni de su velocidad (que suele ser lo más polémico), sino del valor que ese compendio terminológico posee para la sociedad a la que se ofrece. Y más concretamente del valor legal que podemos esperar de él, si es que de verdad lo tiene. Un tiempo hubo en que las normas emanadas del Parlamento nacional recibían la supervisión de una comisión lingüística, que informaba sobre la adecuación entre el mensaje y su expresión. Hoy sólo puntualmente se acude en solicitud de esta ayuda, y a veces los resultados no han sido los esperados. ¿Es la Real Academia Española garante del idioma? ¿Es sólo mero espectador? ¿Cuando se decía aquello de “limpia, fija y da esplendor” se le confería una misión que hoy se le escapa?

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¿ENTIENDE EL ADMINISTRADO EL LENGUAJE PROCESAL?

Hace unos días sostuve una interesante diatriba con una bloguera que criticaba abiertamente la “indefinición” y la escasa “resolución” de mi anterior post, Publicaciones jurídicas, ¿por dónde empezar? Me decía que mezclaba cosas, que no diferenciaba suficientemente entre la comunicación dirigida a colegas de profesión o al público en general. Curiosamente, a la vez estaba trabajando en una monografía sobre Derecho procesal en la que su autor dice lo siguiente:

“… consciente de que nuestro ordenamiento jurídico pone al alcance de personas no particularmente versadas en el mundo del derecho, en determinadas circunstancias, la posibilidad de dirigirse en primera persona a los tribunales sin servirse de la representación de procurador y de la defensa de abogado, pretende este libro «rebajar» el tono excesivamente técnico de un lenguaje con el que los profesionales del derecho tendemos en ocasiones —es necesario reconocerlo— a «encastillarnos», creando barreras de comprensión difícilmente superables para el lego en la materia”.

Curiosa confesión ¿no es cierto? Pues bien, a partir de ambas premisas he escrito este post, que trata sobre el lenguaje que se usa en ese lugar amplio y venerando que una sociedad dedica al equilibrio de su propia existencia: la administración de justicia. Sigue leyendo