COSAS DE FAMILIA. VARIEDAD Y CONFUSIÓN EN LA NOMENCLATURA FAMILIAR (Y III: LA FAMILIA EXTENSA)

La definición exacta de las situaciones de pareja que veíamos la semana pasada es necesaria, como dijimos, por las obligaciones y compromisos económicos adquiridos y por las implicaciones hereditarias derivadas, no tanto en la línea descendente como en la ascendente y en las colaterales, donde pueden surgir los conflictos.

Pues bien, a pesar de haber dejado demostrado que las comunidades de concubinato y de barraganía podrían implicar derechos y obligaciones para la familia extensa, ningún término existe que defina al ascendiente del concubino o del barragán, y tampoco hay equivalentes a cuñados, nueras o yernos; ni siquiera hay forma de nombrar al hermano del concubino. ¿Será el tiempo y la necesidad quienes los creen? En ello debemos confiar, pues el idioma, enfrentado a una parcela ignota, no nos auxilia en nada en estos casos. Sí en cambio en la descendencia, sin duda porque las situaciones posibles son tan antiguas como las propias instituciones. Veámoslo, nos vamos a sorprender. Sigue leyendo

COSAS DE FAMILIA. VARIEDAD Y CONFUSIÓN EN LA NOMENCLATURA FAMILIAR (II: LA SITUACIÓN ACTUAL Y LA VARIEDAD DE LAS RELACIONES FAMILIARES)

Hablamos la semana pasada de la evolución de la idea de familia a lo largo de la Historia, desde que tenemos constancia de las instituciones en que se soportaba. Y vimos que era el núcleo lo que definía a la propia familia, y que se estaba dentro o fuera en función de los vínculos que unían a las parejas y a los descendientes. Apuntamos también que el advenimiento de la democracia había alterado este esquema, dando cabida legal a lo que la realidad social ya mostraba, arrojando luz y atención pública a muchas más formas de entender las relaciones familiares y de pareja. Veamos en qué se ha traducido esto, cómo la nomenclatura va muy por detrás de lo que la sociedad muestra y el desafío que supone lograr encerrar en un término apropiado cada situación.

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COSAS DE FAMILIA. VARIEDAD Y CONFUSIÓN EN LA NOMENCLATURA FAMILIAR (I: LA TERMINOLOGÍA HEREDADA)

Alguna vez hemos hablado de la complejidad que supone introducir nuevos términos en una lengua. Del consenso mínimo que requiere que alguna palabra adquiera un significado, y que ese lazo entre significante y significado, la justificación última, en fin, de la comunicación, pueda hacerse perceptible a los comunicadores y les resulte útil. Pero todos sabemos que el suelo de la comunicación, el territorio de la lengua, es una corteza terrestre de movimiento acelerado, donde la orogénesis encumbra en pocos años palabras que de repente se hacen de uso común mientras otras sufren de subducción y desaparecen para disolverse en el magma de las ideas sin nombre, como fantasmas a la espera de hacerse de nuevo con un cuerpo visible. En este suelo en movimiento todas las palabras pueden sufrir mutaciones, y adquirir matices insospechados tiempo atrás (sólo piense un momento en qué contexto hablaba de tableta hace diez años y cómo lo hace ahora). Esta natural evolución habla del curso del tiempo y no debería llevarnos a la desazón, pero cuando intentamos fijar el idioma por una pura cuestión práctica nos damos cuenta de que esa fotografía sale movida porque no hay un consenso. Es lo que está sucediendo en los últimos tiempos con los términos familiares, y a ello vamos a referirnos en las entradas de este blog de esta semana y de la semana próxima.

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