USO CORRECTO DE TÍTULOS Y SUBTÍTULOS PARA CAER BIEN A LOS RESPONSABLES DE UNA EDICIÓN (II: SINTAXIS Y COMPOSICIÓN)

Tras haber dado en un post pasado algunas claves que deberían considerarse sobre la creación y la estructura de los títulos y subtítulos de una obra retomamos el tema ahora para ver cómo llevar lo antes dicho a la práctica. Dicho de otra manera: ya hemos visto cómo hacer que quede aparente la página del índice; ahora vamos a centrarnos en cómo hacer atractivo lo que en él se recoge a lo largo de la obra. Sin ningún tipo de cortapisa, pero con avisos de malas praxis que conviene tener en cuenta.

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¿PAPEL O ARCHIVO? REFLEXIONES SOBRE EL SOPORTE DE LA CORRECCIÓN DE PRUEBAS

Prácticamente hasta la entrada del siglo ningún manual de producción editorial aludía siquiera a la corrección directa sobre archivos electrónicos. Los mejores manuales especificaban formas y normas para la corrección, e incluso podían considerarse invocables como obligatorias las venerables normas UNE 1083:1962, sobre marcación de errores en mecanografía, 54-18-76, sobre técnicas de reproducción, y sobre todo la 54-0051-74, sobre corrección de imprenta. Sin embargo, hay que remarcar el hecho de que estas normas se consideraban como de uso profesional, o sea, interno del sector de la edición y las artes gráficas, y que buscaban la estandarización para evitar errores por ambigüedad o desconocimiento  por los profesionales implicados en el tratamiento de los textos editables. Resultaban sin embargo desconocidas por el público en general, y solo autores muy expertos o implicados se movían con soltura en su uso y, sobre todo, en su interpretación, así que cuando los cambios tecnológicos arrumbaron por obsoleta la marcación de las pruebas en papel entre profesionales ello supuso la marginación o directamente la condena al olvido de la estandarización de la marcación.

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AUTOEDICIÓN Y ALFABETIZACIÓN VISUAL (II): EL LIBRO

En el pasado post hablábamos genéricamente del “espacio en blanco” que se genera en un documento nuevo generado por un PM, o un conjunto de ellos, si es que los vamos a agrupar para formar un solo volumen. Vamos a ver ahora qué normas rigen la presentación de la información en forma de libro, que debemos respetar si esperamos que tenga una apreciación positiva por parte del lector.

Todas estas normas son por supuesto convenciones, pero como ya he comentado en otras ocasiones no debemos menospreciar el valor ni la oportunidad de las convenciones: nunca olvidemos que la arquitectura griega de Fidias, el referente clásico por excelencia, se sujetaba a unas adaptaciones muy precisas que buscaban que el ojo humano percibiera la construcción como estéticamente perfecta, no matemáticamente perfecta, deformando el fuste de algunas columnas para que al apreciar el peristilo la luz no las hiciera aparecer más delgadas a una altura media que junto a basas y capiteles. Si puede que incluso genéticamente estemos determinados para evolucionar a partir de conceptos “aprendidos” o impresos en nuestro cerebro, la originalidad debe comenzar donde termine el conocimiento, ergo este primero se hace imprescindible. Sigue leyendo

LEGIBILIDAD Y LECTURABILIDAD

A veces la Academia nos sorprende con sus limitaciones. Ya sabemos que en un mundo de hombres de letras (y muy concretamente de letras, por cuanto a cada uno le corresponde una) hay disciplinas que no han tenido la suficiente atención. No digamos ya la informática, la ingeniería genética o la mecánica, sino cosas tan de nuestro acervo como la arquitectura. Muchos términos que los arquitectos usan a diario no han entrado “en los marcados grandes de la palabra”, como cantara Silvio Rodríguez, y no por extranjeros, sino por puro desentendimiento. Esta lejanía puede tener cierta coherencia con el funcionamiento de la propia institución: para que una palabra ingrese en el Diccionario debe postularlo uno de sus miembros, que se convierte en su “promotor” (vox ex Academico), y no imagino a muchos académicos a pie de obra para determinar el balasto del relleno entre dos crujías. Sin embargo, sorprende más el desentendimiento en cosas tan de letras como la propia tipografía, como si escribir pudiera ser algo telepático que no requiriera un soporte físico. Este desentendimiento pudiera aquí parecer casi “desprecio”. Ya he hablado en alguna ocasión de la pobre producción tipográfica española y en general hispana, y de que hemos estado al albur de la ampliación de los signos recogidos en familias extranjeras para asegurarnos de poder acentuar, poner diéresis o usar la eñe. Las direcciones de la world wide web han sido el último y sangrante efecto de este retraso, y ni siquiera el nombre de nuestro propio país podemos escribir en la línea de direcciones de un navegador. En el tema de hoy no podemos acudir al Diccionario para que nos aclare qué diferencia hay entre “legible” y “lecturable”. De lo primero nos dice que es “lo que se puede leer” (lo bueno si breve…, debieron pensar); de lo segundo, nada. Pero ambos términos encierran matices que no deberíamos obviar. ¿Cuáles? Sigue leyendo

CÓMO GESTIONAR LAS “PRUEBAS” EN EL PROCESO EDITORIAL

Hablemos hoy de las pruebas. Pruebas editoriales, se entiende. ¿Debería hacer aquí el chiste fácil y decir que para saber si un original es bueno debemos remitirnos  a las pruebas? Puede parecer tópico, pero suele ser muy cierto. Según la norma que regula estos aspectos, la Ley de propiedad intelectual, cuyo texto refundido fue aprobado por Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril (dice su título “regularizando, aclarando y armonizando las disposiciones legales vigentes sobre la materia”), y que derogó la vetusta Ley 22/1987, de 11 de noviembre, de Propiedad Intelectual, son Obligaciones del autor (artículo 65):

“1.º Entregar al editor en debida forma para su reproducción y dentro del plazo convenido la obra objeto de la edición.

2.º Responder ante el editor de la autoría y originalidad de la obra y del ejercicio pacífico de los derechos que le hubiese cedido.

3.º Corregir las pruebas de la tirada, salvo pacto en contrario”.

Por su parte, en el artículo siguiente, el 66 (Modificaciones en el contenido de la obra)especifica:

“El autor, durante el período de corrección de pruebas, podrá introducir en la obra las modificaciones que estime imprescindibles, siempre que no alteren su carácter o finalidad, ni se eleve sustancialmente el coste de la edición. En cualquier caso, el contrato de edición podrá prever un porcentaje máximo de correcciones sobre la totalidad de la obra”.

Vemos pues que la posibilidad de corregir las pruebas se constituye así en una especie de “derecho-deber”. Como derecho, por ejemplo, lo ejercerá quien hubiera entregado un capítulo un poco “cojo”, que después de haber entregado el original se decidiera completar. Como deber, podrá invocarlo el editor si hubiera, por ejemplo, una “obsolescencia sobrevenida” por una actualización legal que obligará a revisar el texto a partir de nuevas premisas.

¿Cuál es el momento de abordar esos cambios? Si el original ya se entregó, muy posiblemente deba ser a la recepción de las pruebas.

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