EL NACIMIENTO DE LAS PALABRAS. EL NACIMIENTO DE LA HUMANIDAD

Es más o menos claro que la comunicación humana es un proceso que corre en paralelo con la propia evolución de la especie. Sin caer en tópicos, podemos asegurar que todos los seres vivos se comunican. No hay gran diferencia entre la comunicación eléctrica que se establece entre las conexiones sinápticas de nuestro cerebro y la que se produce entre algunos organismos unicelulares, que de este modo transmiten sencillos mensajes en código parecido al binario, del mismo modo que debemos admitir la complejidad de sistemas de transmisión de ideas como el que usan las abejas con sus bailes. Sigue leyendo

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JURICIDAD POR JURIDICIDAD: UNA HAPLOLOGÍA NO ADMITIDA

He encontrado bastantes veces ya un término incorrecto en textos jurídicos que tiene visos, a lo que parece, de arraigar. Me refiero a juricidad, como cualidad de jurídico. Quizá por su uso continuado, muchos autores optan por la reducción del término comúnmente aceptado, juridicidad. La razón de este curioso caso de poda lingüística, aparte la pura economía, seguramente será la (supuesta) cacofonía que se produce por la yuxtaposición de dos sílabas muy similares (-dici-) que además vienen pospuestas a otra i más, con lo que pronunciamos tres seguidas. Sin embargo es poco común que en el lenguaje escrito se produzca este fenómeno, y me he propuesto desentrañar un poco qué hay detrás de ello. Sigue leyendo

DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (II: LA MEMORIA COMO INSTRUMENTO DE LA CORRECCIÓN)

En el post pasado hablamos del proceso de lectura. Del entrenamiento y la disciplina que le requiere a un corrector leer para corregir. De los tipos de lectura que cada lector practica y que el profesional debe tener en cuenta, usar y también superar. Hoy vamos a hablar de qué busca el corrector al leer. Dónde centra su atención.

Para decirlo con muy pocas palabras, en cada texto el corrector debe hallar aquello que no debería estar ahí, pues eso al fin y al cabo es el error. Para lograrlo emplea determinadas herramientas. De todas ellas, hoy nos centraremos en la principal de todas: la memoria.

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DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (I: EL PROCESO DE LA LECTURA)

Va para veinticuatro largos años ya en que he dedicado mucho tiempo a corregir textos. Al principio uno sabe menos pero confía más en sí mismo, poco a poco se toma conciencia de la enorme extensión de su ignorancia, y por fin, poco a poco también —es sin duda la paciencia la principal de las características del corrector, ya lo adelanto—, se van adquiriendo destrezas y manejando herramientas que permiten valorizar esa labor modesta y oscura, que limpia los canales de comunicación entre el emisor y el receptor del mensaje escrito, mejorándola con la evitación de lo que en Lingüística se denomina ruido. Quizá por eso podríamos catalogarla de labor callada (esto es una broma tan pequeña que no hay más remedio que confesar que lo es para que se sepa).

Pero, en realidad ¿qué hace un corrector? O, expresado de otra manera, puesto que no es muy difícil colegir que un corrector corrige, ¿cómo hace un corrector para corregir un texto?; ¿qué cosas cambia?; ¿qué licencias se toma? Intentaré desentrañar  seguidamente los detalles de eso que algunos consideran algo superfluo y prescindible y que para otros constituye un arcano guardado en un universo paralelo donde es imposible asomarse.

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HABLAR CON PROPIEDAD: CUESTIÓN DE VOCABULARIO

La Etimología es una disciplina apasionante. Desentrañar el origen de las palabras puede darnos lejanas y poéticas pistas de nuestros ancestros, de realidades ya olvidadas que constituyen las raíces profundas de nuestro árbol genealógico. Me impactó siempre que en su origen las palabras “mar” y “sal” eran lo mismo en la Grecia clásica, porque los dorios y los aqueos transitaron por la vieja Europa hasta que llegaron al mar, una frontera de agua que desconocían, y tuvieron que improvisar para el proceloso Mar Egeo, como lo llamaba Mrs. Caldwell cuando hablaba con su hijo fallecido, ese nombre por asimilación.

Es fácil suponer que la naturaleza haya sido la fuente de inspiración de nuestro acervo a lo largo de este breve paso del hombre por este planeta ya viejo. Que llamamos naranja al color por el fruto y podemos recrear muchas formas de denominar al color blanco si, como los inuit, vivimos entre nieves perpetuas. También, que proliferaron antes los sustantivos que los verbos, y estos que los adjetivos, y estos que los adverbios; que las preposiciones no existen donde hay desinencias, y que son modernos los signos gramaticales como los interrogantes, las admiraciones y las comillas, que van ofreciendo matices que acercan la expresividad de lo hablado a lo escrito.

Ahora nos topamos con nuevas formas de abreviación, con acrónimos de uso común, con el uso de las mayúsculas con una intención no lingüística sino intencional… Todas ellas constituyen herramientas del hablante, que se crean para comunicar y que sobrevivirán si lo consiguen, o serán arrumbadas y sustituidas por otras si no.

El objetivo último de la comunicación depende de la propiedad y de la exactitud. Son dos matices con territorio común, imbricado el uno en el otro, porque no se es exacto si no se habla con propiedad y no se habla apropiadamente si no se es exacto. Por ello quizá nunca es suficiente el elogio de escritores como Gabriel García Márquez, dolorosa pérdida para el idioma, que podía dibujar con pocos trazos una realidad contada, y así, con pocos mimbres, hacerla vívida y precisa a nuestra mente. Decir, por ejemplo, que Bolívar sale de una bañera y deja una senda de huellas de agua, como hizo en El general en su laberinto, excede en la modestia de palabras sencillas la poética de expresiones más trabajadas y barrocas.

Vivimos, y cada vez más, de referentes reconocibles. Utilizamos figuras literarias con el desparpajo de los culteranos del siglo XVII, y lo hacemos sin pensar, muchas veces. Ya hablé en algún otro post de cómo algunos periodistas utilizan esta poderosa herramienta para marcar, como los perros con orina, el territorio de su sapiencia. Es común desarrollar jergas extrañas a los ajenos al grupo, y en realidad esas jergas sólo debieran ser justificadas por la exactitud terminológica, en un idioma que es un código semántico inmenso donde las palabras se agolpan en el diccionario esperando, como soldaditos de plomo, que alguien se acerque a jugar con ellas. Si un determinado grupo utiliza un código propio por la materia que considera central en su atención en realidad le cabe la responsabilidad de hacerlo preciso y exacto, porque afortunadamente la sabiduría y la ilustración ya no albergan sospecha de disidencia, como los masones pensaban, y no es necesario crear nombres alternativos para, como dijo Góngora, “hacerse oscuro a los ignorantes”. Desviarse de esa norma sin una sólida justificación es sólo pretencioso y huero.

Sufrimos una “dolencia idiomática”: los creadores del idioma ya no son los escritores, sino los comunicadores. Ello no debiera ser negativo, y tiene toda la lógica que la Real Academia abandonara el criterio de confiar el diccionario sólo a “autoridades” para embarcarse en otro más democrático de uso habitual. Sucede sin embargo que de los términos que se postulan para convertirse en nuevas entradas no hay ninguno del que se presuma la preeminencia por el prestigio de sus usuarios. Dicho de este modo queda muy elitista y antidemocrático, pero cabe hacer la reflexión de que las novedades que precisamos son las que nos ayuden en la tarea de la comunicación, y no resulta tan importante reconocer la moda o tendencia de un neologismo que sustituye a otra palabra preexistente porque, reconozcámoslo, mucho de ello huele a esa orina de perro de que antes hablaba. Hace unos meses hablé en un post de este mismo tema, a colación de los términos ‘legibilidad’ y ‘lecturabilidad’, y de que este mismo mal sucede en muchas disciplinas, que precisan de terminología muy específica que, sin embargo, es ignorada por la Academia a pesar de su evidente importancia unificadora. Hace algo menos hablé en dos post consecutivos de la responsabilidad que a la Academia le cabe (si es que le cabe) por la edición del Diccionario. A ello me remito.

Hace un par de años, o por ahí, el laboratorio de partículas CERN sufrió un accidente devastador. Alguien equivocó la denominación de una medida, donde decía pulgadas se puso centímetros y aquello devino en desastre. ¿Alguien imagina que pudiera no haber unidad en la terminología de materias como la náutica, la arquitectura, la ingeniería o la medicina y ello pudiera devenir en accidentes terribles? No, pensamos, son especialistas y conocen la materia en la que trabajan. Bien, pero lo hacen por sí mismos, de manera autónoma, porque no tienen ni el apoyo ni el amparo siquiera de la Real Academia para corroborarlo. Es cierto también que el periodismo en España exige unos estudios específicos para su ejercicio y que la figura del periodista científico como se conoce en otros países no existe. No existe por ello tampoco el vaso comunicante que facilite el trasvase de la información científica a la comunidad de hablantes a través de los mass media, como se los conoce ahora, y sólo los interesados que acuden a publicaciones divulgativas tienen a su alcance el código usado y pueden asimilarlo al propio.

¿Nos estamos desviando del tema? Espero que no, y creo que el lector que haya llegado hasta aquí puede vislumbrar aquello que pretendo expresar. En un mundo tan complejo como el nuestro la sabiduría aristotélica es sencillamente imposible, y deberíamos confiar en que los especialistas nos guíen cuando nos adentramos en una materia ignota. Sencillo experimento: lleve usted el coche al taller y dígale con sus palabras al mecánico lo que le pasa al motor cuando arranca y usted se inquieta (la avería acecha). Su contestación suele ser una breve disertación a la que asistimos entre embobados e impotentes (porque sospechamos que cada nombre de la retahíla tiene una equivalencia en euros que nos escuece). Otro: necesita hacer una pequeña reparación en casa y va a una ferretería; usted gasta en gesticular, explicar y justificar lo que el comerciante tarda apenas unos segundos en definir. Quédese usted con lo que le han dicho, o apúntelo en un papel para otra vez, porque no encontrará en el diccionario apenas ninguno de los sustantivos que ha oído. Y reflexione: de todos los componentes del automóvil que dolorosamente le toque cambiar, o de cada pieza de ferretería que precise, ya sólo unos pocos nombres son reconocibles en castellano, aunque cada profesional le explique con un deje de orgullo patrio que son todas —o muchas— piezas de fabricación nacional. ¿Cambia usted de perspectiva cuando se demoniza alegremente el uso de extranjerismos? Al menos es para pensárselo, ¿no cree?

Por raro que pudiera parecer, leer traducciones es una buena forma de vivificar el idioma. Ahí la ardua tarea de los traductores es traer al nuestro un texto creado en otro idioma causando en el lector el menor impacto de extrañeza posible. Que parezca, o casi, que la obra se escribió en el nuestro. Surgen así múltiples conflictos en los que el especialista se detiene, sobre los que reflexiona y a los que, por fin, da solución (a veces de forma más afortunada que otras, lo que supongo que es inevitable). No es sin embargo en los giros y las expresiones donde quiero fijarme ahora, sino en el puro vocabulario. Reconocido que asistimos a un reduccionismo acomodaticio de nuestro vocabulario que acaba por emplear expresiones manidas que se convierten poco menos que en muletillas, el desembarco de términos extraños puede devenir en neologismo, pero las más de las veces lo hace en la recuperación de una palabra que sonríe satisfecha de ser usada como el soldadito de plomo cojo del cuento infantil. ¿Y esto qué es?, nos preguntamos, y vamos al diccionario para descubrir, asombrados, que ese término ahí aparece, como uno más, como ‘mesa’ o ‘árbol’. Imagino el pudoroso atrevimiento del traductor que lo incluyó, pensando “es que es eso, no se puede decir de otra manera”, que tras la duda inicial se convierte en pundonoroso acto, un acto de servicio al idioma, una vindicación necesaria. Las palabras languidecen sin usarse, pero son plantas esteparias y soportan grandes estiajes de desatención.

Como una disciplina perdida, dentro de la Lexicografía (la ciencia que estudia el compendio de palabras en forma de diccionarios) hubo una orientación hacia los diccionarios visuales. Tuve el atrevimiento de centrar en esa disciplina mi trabajo de fin de posgrado, hace ya muchos años, sólo para averiguar, con un escandallo detenido, si resultaría económico abordarlo. Su funcionamiento es simple: los términos no se recogen alfabéticamente, sino temáticamente. Sin duda muchos recordarán esos esquemas en diccionarios escolares, como el famoso Iter de la editorial Sopena, sin duda el best seller de su época, y también en diccionarios de idiomas como el venerable Robertson. Las herramientas informáticas actuales hacen bastante sencilla su creación, y no comprendo cómo no se han popularizado más. Inventos como la realidad aumentada son su equivalente, y a su través nos enseña el mundo con la información que requerimos. Imaginen unas gafas de realidad aumentada que nos ofrecieran los nombres de las cosas que nos rodean; imaginemos, y no es tan remoto hacerlo, que ello es una aplicación para enfermos de Alzheimer. ¿Permitiremos que un portero de fútbol sea por siempre un cancerbero, aunque carezca de genes caninos y sólo una cabeza corone sus hombros? ¿Seguiremos llamando palos a los postes y el larguero que protege? ¿Diremos lavanda, tan moderno, de un francés tan aromático, o espliego, tal y como se decía hasta hace sólo unos años, y aunque la misma Academia haya roto el enlace entre ambos términos?

El idioma es un código, y como tal una convención. Hay que plegarse a ella tal y como evoluciona, aunque no estemos de acuerdo. Sin embargo, como un simple ejemplo de esos dislates de los que nadie se quiere hacer luego responsable, parece que hemos perdido para siempre la acepción carbunco sustituida por ántrax, haciendo de esta forma que esa palabra preexistente tenga dos acepciones distintas porque nadie reivindicó la forma correcta. Ántrax era una dolencia molesta pero leve y carbunco es grave y a veces mortal. Su origen y etiología son diferentes. ¿Quién ha sido?

¿TITULARES IMPACTANTES O ENGAÑOSOS? ARTE O DESASTRE EN LA PRENSA ACTUAL

El pasado viernes vi algo sorprendente en un periódico. Y no, no por el motivo obvio, demasiado acostumbrados a que el ser humano se supere en su al parecer infinita capacidad para dañar, ofender, transgredir, alterar o destruir. Fue un chispazo cerebral, una de esas cosas que al leerlas no te cuadran. El País abría su edición digital con este titular: Bruselas dice que en 2015 España puede incumplir el déficit. Lo firmaban Claudi Pérez y Lucía Abellán. ¿Cómo? ¿Teníamos la venia de las instituciones europeas para saltarnos los límites férreos que esas mismas instancias habían (re)definido sólo meses atrás?

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¿ENTIENDE EL ADMINISTRADO EL LENGUAJE PROCESAL?

Hace unos días sostuve una interesante diatriba con una bloguera que criticaba abiertamente la “indefinición” y la escasa “resolución” de mi anterior post, Publicaciones jurídicas, ¿por dónde empezar? Me decía que mezclaba cosas, que no diferenciaba suficientemente entre la comunicación dirigida a colegas de profesión o al público en general. Curiosamente, a la vez estaba trabajando en una monografía sobre Derecho procesal en la que su autor dice lo siguiente:

“… consciente de que nuestro ordenamiento jurídico pone al alcance de personas no particularmente versadas en el mundo del derecho, en determinadas circunstancias, la posibilidad de dirigirse en primera persona a los tribunales sin servirse de la representación de procurador y de la defensa de abogado, pretende este libro «rebajar» el tono excesivamente técnico de un lenguaje con el que los profesionales del derecho tendemos en ocasiones —es necesario reconocerlo— a «encastillarnos», creando barreras de comprensión difícilmente superables para el lego en la materia”.

Curiosa confesión ¿no es cierto? Pues bien, a partir de ambas premisas he escrito este post, que trata sobre el lenguaje que se usa en ese lugar amplio y venerando que una sociedad dedica al equilibrio de su propia existencia: la administración de justicia. Sigue leyendo