HABLAR CON PROPIEDAD: CUESTIÓN DE VOCABULARIO

La Etimología es una disciplina apasionante. Desentrañar el origen de las palabras puede darnos lejanas y poéticas pistas de nuestros ancestros, de realidades ya olvidadas que constituyen las raíces profundas de nuestro árbol genealógico. Me impactó siempre que en su origen las palabras “mar” y “sal” eran lo mismo en la Grecia clásica, porque los dorios y los aqueos transitaron por la vieja Europa hasta que llegaron al mar, una frontera de agua que desconocían, y tuvieron que improvisar para el proceloso Mar Egeo, como lo llamaba Mrs. Caldwell cuando hablaba con su hijo fallecido, ese nombre por asimilación.

Es fácil suponer que la naturaleza haya sido la fuente de inspiración de nuestro acervo a lo largo de este breve paso del hombre por este planeta ya viejo. Que llamamos naranja al color por el fruto y podemos recrear muchas formas de denominar al color blanco si, como los inuit, vivimos entre nieves perpetuas. También, que proliferaron antes los sustantivos que los verbos, y estos que los adjetivos, y estos que los adverbios; que las preposiciones no existen donde hay desinencias, y que son modernos los signos gramaticales como los interrogantes, las admiraciones y las comillas, que van ofreciendo matices que acercan la expresividad de lo hablado a lo escrito.

Ahora nos topamos con nuevas formas de abreviación, con acrónimos de uso común, con el uso de las mayúsculas con una intención no lingüística sino intencional… Todas ellas constituyen herramientas del hablante, que se crean para comunicar y que sobrevivirán si lo consiguen, o serán arrumbadas y sustituidas por otras si no.

El objetivo último de la comunicación depende de la propiedad y de la exactitud. Son dos matices con territorio común, imbricado el uno en el otro, porque no se es exacto si no se habla con propiedad y no se habla apropiadamente si no se es exacto. Por ello quizá nunca es suficiente el elogio de escritores como Gabriel García Márquez, dolorosa pérdida para el idioma, que podía dibujar con pocos trazos una realidad contada, y así, con pocos mimbres, hacerla vívida y precisa a nuestra mente. Decir, por ejemplo, que Bolívar sale de una bañera y deja una senda de huellas de agua, como hizo en El general en su laberinto, excede en la modestia de palabras sencillas la poética de expresiones más trabajadas y barrocas.

Vivimos, y cada vez más, de referentes reconocibles. Utilizamos figuras literarias con el desparpajo de los culteranos del siglo XVII, y lo hacemos sin pensar, muchas veces. Ya hablé en algún otro post de cómo algunos periodistas utilizan esta poderosa herramienta para marcar, como los perros con orina, el territorio de su sapiencia. Es común desarrollar jergas extrañas a los ajenos al grupo, y en realidad esas jergas sólo debieran ser justificadas por la exactitud terminológica, en un idioma que es un código semántico inmenso donde las palabras se agolpan en el diccionario esperando, como soldaditos de plomo, que alguien se acerque a jugar con ellas. Si un determinado grupo utiliza un código propio por la materia que considera central en su atención en realidad le cabe la responsabilidad de hacerlo preciso y exacto, porque afortunadamente la sabiduría y la ilustración ya no albergan sospecha de disidencia, como los masones pensaban, y no es necesario crear nombres alternativos para, como dijo Góngora, “hacerse oscuro a los ignorantes”. Desviarse de esa norma sin una sólida justificación es sólo pretencioso y huero.

Sufrimos una “dolencia idiomática”: los creadores del idioma ya no son los escritores, sino los comunicadores. Ello no debiera ser negativo, y tiene toda la lógica que la Real Academia abandonara el criterio de confiar el diccionario sólo a “autoridades” para embarcarse en otro más democrático de uso habitual. Sucede sin embargo que de los términos que se postulan para convertirse en nuevas entradas no hay ninguno del que se presuma la preeminencia por el prestigio de sus usuarios. Dicho de este modo queda muy elitista y antidemocrático, pero cabe hacer la reflexión de que las novedades que precisamos son las que nos ayuden en la tarea de la comunicación, y no resulta tan importante reconocer la moda o tendencia de un neologismo que sustituye a otra palabra preexistente porque, reconozcámoslo, mucho de ello huele a esa orina de perro de que antes hablaba. Hace unos meses hablé en un post de este mismo tema, a colación de los términos ‘legibilidad’ y ‘lecturabilidad’, y de que este mismo mal sucede en muchas disciplinas, que precisan de terminología muy específica que, sin embargo, es ignorada por la Academia a pesar de su evidente importancia unificadora. Hace algo menos hablé en dos post consecutivos de la responsabilidad que a la Academia le cabe (si es que le cabe) por la edición del Diccionario. A ello me remito.

Hace un par de años, o por ahí, el laboratorio de partículas CERN sufrió un accidente devastador. Alguien equivocó la denominación de una medida, donde decía pulgadas se puso centímetros y aquello devino en desastre. ¿Alguien imagina que pudiera no haber unidad en la terminología de materias como la náutica, la arquitectura, la ingeniería o la medicina y ello pudiera devenir en accidentes terribles? No, pensamos, son especialistas y conocen la materia en la que trabajan. Bien, pero lo hacen por sí mismos, de manera autónoma, porque no tienen ni el apoyo ni el amparo siquiera de la Real Academia para corroborarlo. Es cierto también que el periodismo en España exige unos estudios específicos para su ejercicio y que la figura del periodista científico como se conoce en otros países no existe. No existe por ello tampoco el vaso comunicante que facilite el trasvase de la información científica a la comunidad de hablantes a través de los mass media, como se los conoce ahora, y sólo los interesados que acuden a publicaciones divulgativas tienen a su alcance el código usado y pueden asimilarlo al propio.

¿Nos estamos desviando del tema? Espero que no, y creo que el lector que haya llegado hasta aquí puede vislumbrar aquello que pretendo expresar. En un mundo tan complejo como el nuestro la sabiduría aristotélica es sencillamente imposible, y deberíamos confiar en que los especialistas nos guíen cuando nos adentramos en una materia ignota. Sencillo experimento: lleve usted el coche al taller y dígale con sus palabras al mecánico lo que le pasa al motor cuando arranca y usted se inquieta (la avería acecha). Su contestación suele ser una breve disertación a la que asistimos entre embobados e impotentes (porque sospechamos que cada nombre de la retahíla tiene una equivalencia en euros que nos escuece). Otro: necesita hacer una pequeña reparación en casa y va a una ferretería; usted gasta en gesticular, explicar y justificar lo que el comerciante tarda apenas unos segundos en definir. Quédese usted con lo que le han dicho, o apúntelo en un papel para otra vez, porque no encontrará en el diccionario apenas ninguno de los sustantivos que ha oído. Y reflexione: de todos los componentes del automóvil que dolorosamente le toque cambiar, o de cada pieza de ferretería que precise, ya sólo unos pocos nombres son reconocibles en castellano, aunque cada profesional le explique con un deje de orgullo patrio que son todas —o muchas— piezas de fabricación nacional. ¿Cambia usted de perspectiva cuando se demoniza alegremente el uso de extranjerismos? Al menos es para pensárselo, ¿no cree?

Por raro que pudiera parecer, leer traducciones es una buena forma de vivificar el idioma. Ahí la ardua tarea de los traductores es traer al nuestro un texto creado en otro idioma causando en el lector el menor impacto de extrañeza posible. Que parezca, o casi, que la obra se escribió en el nuestro. Surgen así múltiples conflictos en los que el especialista se detiene, sobre los que reflexiona y a los que, por fin, da solución (a veces de forma más afortunada que otras, lo que supongo que es inevitable). No es sin embargo en los giros y las expresiones donde quiero fijarme ahora, sino en el puro vocabulario. Reconocido que asistimos a un reduccionismo acomodaticio de nuestro vocabulario que acaba por emplear expresiones manidas que se convierten poco menos que en muletillas, el desembarco de términos extraños puede devenir en neologismo, pero las más de las veces lo hace en la recuperación de una palabra que sonríe satisfecha de ser usada como el soldadito de plomo cojo del cuento infantil. ¿Y esto qué es?, nos preguntamos, y vamos al diccionario para descubrir, asombrados, que ese término ahí aparece, como uno más, como ‘mesa’ o ‘árbol’. Imagino el pudoroso atrevimiento del traductor que lo incluyó, pensando “es que es eso, no se puede decir de otra manera”, que tras la duda inicial se convierte en pundonoroso acto, un acto de servicio al idioma, una vindicación necesaria. Las palabras languidecen sin usarse, pero son plantas esteparias y soportan grandes estiajes de desatención.

Como una disciplina perdida, dentro de la Lexicografía (la ciencia que estudia el compendio de palabras en forma de diccionarios) hubo una orientación hacia los diccionarios visuales. Tuve el atrevimiento de centrar en esa disciplina mi trabajo de fin de posgrado, hace ya muchos años, sólo para averiguar, con un escandallo detenido, si resultaría económico abordarlo. Su funcionamiento es simple: los términos no se recogen alfabéticamente, sino temáticamente. Sin duda muchos recordarán esos esquemas en diccionarios escolares, como el famoso Iter de la editorial Sopena, sin duda el best seller de su época, y también en diccionarios de idiomas como el venerable Robertson. Las herramientas informáticas actuales hacen bastante sencilla su creación, y no comprendo cómo no se han popularizado más. Inventos como la realidad aumentada son su equivalente, y a su través nos enseña el mundo con la información que requerimos. Imaginen unas gafas de realidad aumentada que nos ofrecieran los nombres de las cosas que nos rodean; imaginemos, y no es tan remoto hacerlo, que ello es una aplicación para enfermos de Alzheimer. ¿Permitiremos que un portero de fútbol sea por siempre un cancerbero, aunque carezca de genes caninos y sólo una cabeza corone sus hombros? ¿Seguiremos llamando palos a los postes y el larguero que protege? ¿Diremos lavanda, tan moderno, de un francés tan aromático, o espliego, tal y como se decía hasta hace sólo unos años, y aunque la misma Academia haya roto el enlace entre ambos términos?

El idioma es un código, y como tal una convención. Hay que plegarse a ella tal y como evoluciona, aunque no estemos de acuerdo. Sin embargo, como un simple ejemplo de esos dislates de los que nadie se quiere hacer luego responsable, parece que hemos perdido para siempre la acepción carbunco sustituida por ántrax, haciendo de esta forma que esa palabra preexistente tenga dos acepciones distintas porque nadie reivindicó la forma correcta. Ántrax era una dolencia molesta pero leve y carbunco es grave y a veces mortal. Su origen y etiología son diferentes. ¿Quién ha sido?

FELICITACIÓN NAVIDEÑA GRAMATICAL, SEMÁNTICA Y ETIMOLÓGICA

Ya están aquí las señaladas fechas en que todos nos sentimos generosos y bondadosos; ya no pitamos a los infractores circulando ni nos sulfuramos con las cosas que tiene nuestro cuñado, que nunca sabemos de dónde las saca. Nos hacemos personas de palabra, y de obra: procuramos portarnos bien, y además queremos expresarlo. Durante mucho tiempo, aplicando la mejor caligrafía, los deseos se mostraban en tarjetas que volaban a todos aquellos que sentíamos cercanos. Entonces el público se concentraba y esmeraba el mensaje, o bien, como se dice siempre que es la mejor demostración de admiración, se copiaban los mejores, convirtiéndolos al final en socorridas muletillas. En este mundo impío que hoy vivimos seguimos deseando cristianamente, y a nadie se le caen los anillos por hacerlo.

Decir que la Navidad es una fiesta cristiana es una boutade, claro, pero no está de más escarbar un poco en los orígenes de la felicitación navideña para ser propios y claros. En primer lugar, descubriremos que no es correcto felicitar las Navidades, porque no hay más Navidades que una al año, porque Navidad viene de natividad, que es nacimiento, y lo que se conmemora es el nacimiento de Jesucristo (que la fecha fuera el 24 de diciembre, con lo voluble que se ha mostrado el calendario desde que los antiguos griegos le dieran el nombre es otro cantar, en este caso quizá otro villancico). Según Antonio Burgos dice en ABC, la variación proviene de la contaminación del inglés Christmas, que acaba en ‘s’. Yo no soy quién para discutirlo. Como festividad cristiana, la Navidad abarca desde el día 24 hasta el día de Reyes. Sin embargo, también podemos usar la alternativa más desusada, ¡felices Pascuas!, ya que la pascua hace referencia a cada evento relacionado con la vida de Jesucristo, y durante la Navidad acaecen varios. Por eso en este caso es correcto el plural.

Si queremos ignorar que hoy en día esta celebración es eminentemente cultural y no estrictamente religiosa, o nos parece que en otras religiones se podrían sentir ofendidos por esa invocación al líder del Cristianismo (ese anglicismo queda un poco chocante, pero es etimológicamente muy apropiado, porque el Cristianismo es la religión de los seguidores de Cristo) podemos optar por el socorrido ¡felices fiestas!, políticamente mucho más correcto. Quizá podríamos pensar que así dicho no concreta mucho, pero como dije al principio el espíritu navideño nos posee y transforma, y sólo asimilamos felicitar a alguien las fiestas cuando son estas, y no cualesquiera otras, así que la acepción es también suficientemente exacta.

Desde un punto de vista gramatical observemos que expresamos ese deseo con un imperativo: ¡(Ten/tened) feliz Navidad! Un deseo de que la felicidad que le suponemos a estas festividades o conmemoraciones sea extensiva y contagiosa. También decimos ¡feliz año nuevo!, y ahí se lo pueden tomar ustedes como la fecha exacta, el día 1 de enero, día de Año Nuevo en el calendario católico, o por extensión a todo el ejercicio. Si vamos por lo estricto podemos pecar un poco de escasos, porque el día del Año Nuevo suele ser breve en experiencias porque se inauguró en vigilias más o menos divertidas y justificadas, y siendo de los días con menos horas de sol transitamos por él un tanto sonámbulos y desvencijados. Si pretendemos abarcar hasta el siguiente San Silvestre la felicidad es la mejor de las recomendaciones, ello es cierto, pero por vintage que quede, y a la vista de esta situación de penurias económicas que nos ha tocado vivir, no me resisto a reivindicar el manido ¡próspero año nuevo!, ya que así deseamos que el año sea “favorable, propicio, venturoso”, como dice el Diccionario de la Real Academia. Fíjense ustedes que tanto favorable como propicio se vinculan a la inclinación de los acontecimientos, y que sólo venturoso se relaciona directamente con la mejora y el progreso. Quizá debiéramos entender que es próspero el que tiene prosperidad, definición que recogemos a continuación:

prosperidad.

(Del lat. prosperĭtas, -ātis).

  1. f.Curso favorable de las cosas.
  2. f.Buena suerte o éxito en lo que se emprende, sucede u ocurre.

Ello querría decir que estamos, simplemente, deseando buena suerte. Pero observemos lo que el Diccionario entiende por ventura:

(Del lat. ventūra, pl. de ventūrum, lo por venir).

  1. f.felicidad.
  2. f.suerte.
  3. f.Contingencia o casualidad.
  4. f.Riesgo, peligro.
  5. f.ant. Suceso o lance extraño, aventura.

Quedémonos, claro, con la primera acepción, y pasemos de puntillas sobre la cuarta, que parece una broma. Pero es que hay más. Otra acepción recogida es:

venturo, ra.

(Del lat. ventūrus, part. fut. act. de venīre, venir).

  1. adj.Que ha de venir o de suceder.

O sea, que desear un año próspero es desear un año con suerte, feliz y que ha de venir (entendamos esto también como un imperativo de deseo que conjure el final del ovillo de nuestra pobre existencia; o sea, que, como tituló su propia vida el genio García Márquez, vivamos para contarla).

Para transmitir estos deseos felicitamos a las personas, de la manera que se nos ocurra. El origen de felicitar es el verbo latino felicitare, que significa hacer feliz, forma que aún se conserva, si bien con el apelativo “desusado”, en el Diccionario actual. ¡Qué hermoso, ¿no es cierto?! Pero si en su origen era tan bello, al evolucionar se hizo todavía más bello, pues la primera acepción actual dice que felicitar es “Manifestar a alguien la satisfacción que se experimenta con motivo de algún suceso fausto para él”. Si no aprecian la mejora  pónganlo a prueba: ¿qué es más hermoso, que un hijo nos haga felices simplemente por existir o que crezca con un corazón tan puro que sea feliz viendo nuestra felicidad?

A riesgo de exceso de azúcar me atrevo a pedirles que feliciten sin postales (vale, aceptamos christmas como animal de compañía), que vivan y disfruten de todas las prosperidades que la fortuna ponga a su alcance, que sean ampliamente venturosos y que canten jubilosos todos los villancicos que recuerden sin atender demasiado al significado de sus letras, descansando su corazón en la blanda almohada de su simbólica poesía.

¡Ah! Y feliz Navidad.

¿CUÁNTAS VECES DEBO RESUMIR UN TRABAJO CIENTÍFICO ANTES DE ENVIARLO PARA SU PUBLICACIÓN?

Tengan la entidad que tengan, una vez que los trabajos científicos han sido culminados es preciso atender a una labor de revisión que nos permita cumplir algunos requerimientos comunes hoy en día. Ello siempre pasa por transmitir de una forma mucho más resumida el contenido, y por eso precisamente es útil realizarlo ahora, cuando el trabajo está ya terminado. Es en este momento, tras la oportuna recopilación de datos, tras el contraste con los estudios sobre la misma materia realizados previamente al nuestro, tras la redacción y la sistematización de los contenidos que hemos querido transmitir, cuando consideramos definitiva la información que queremos ofrecer. Y de ahí que sea entonces cuando podamos resumirla. Realizar esta labor sobre premisas, esquemas previos o simples bocetos puede resultar en olvidos de lo que en principio no previmos pero se hizo importante durante la investigación o, al revés, en la inclusión de algo que teníamos en mente al comenzar pero que desechamos por cualquier razón después.

Vamos a ver de qué maneras, y con qué objeto, deberíamos atender esta tarea de resumen de nuestros trabajos científicos.

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¿TITULARES IMPACTANTES O ENGAÑOSOS? ARTE O DESASTRE EN LA PRENSA ACTUAL

El pasado viernes vi algo sorprendente en un periódico. Y no, no por el motivo obvio, demasiado acostumbrados a que el ser humano se supere en su al parecer infinita capacidad para dañar, ofender, transgredir, alterar o destruir. Fue un chispazo cerebral, una de esas cosas que al leerlas no te cuadran. El País abría su edición digital con este titular: Bruselas dice que en 2015 España puede incumplir el déficit. Lo firmaban Claudi Pérez y Lucía Abellán. ¿Cómo? ¿Teníamos la venia de las instituciones europeas para saltarnos los límites férreos que esas mismas instancias habían (re)definido sólo meses atrás?

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