LA TRAMPA DE LA ANFIBOLOGÍA EN LA REDACCIÓN DE TEXTOS

De expresarse con claridad ya hablamos en otro lugar (https://adalbertoservicioseditoriales.wordpress.com/2015/10/01/el-hombre-que-susurraba-a-los-autores/). Allí dijimos que la sencillez es sinónimo de claridad, y que la complejidad no lo debería ser de complicación. Es cierto que nos expresamos en un idioma con una riqueza tal que la enorme variedad de matices y significados que otorgamos a palabras y expresiones puede tener el efecto perverso de adulterar los mensajes si los sacamos de contexto, o si el interlocutor no está en nuestra misma onda sino en un canal diferente. Cuando encontramos un caso de significado dudoso hablamos de anfibología. Según expone la Real Academia, dentro de anfibología cabe doble sentido tanto por error como por voluntad.


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USO CORRECTO DE TÍTULOS Y SUBTÍTULOS PARA CAER BIEN A LOS RESPONSABLES DE UNA EDICIÓN (II: SINTAXIS Y COMPOSICIÓN)

Tras haber dado en un post pasado algunas claves que deberían considerarse sobre la creación y la estructura de los títulos y subtítulos de una obra retomamos el tema ahora para ver cómo llevar lo antes dicho a la práctica. Dicho de otra manera: ya hemos visto cómo hacer que quede aparente la página del índice; ahora vamos a centrarnos en cómo hacer atractivo lo que en él se recoge a lo largo de la obra. Sin ningún tipo de cortapisa, pero con avisos de malas praxis que conviene tener en cuenta.

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NECESIDAD O INNECESARIEDAD DE UNA PALABRA

Ya desde el título este post tiene trampa. Vamos a hablar de una palabra, eso sí es cierto. Pero no estrictamente de si es necesaria o innecesaria, porque las palabras existen porque tienen un significado, quizá con la gloriosa excepción (trampa de redacción: no falta nada; la gloriosa excepción es, por supuesto, Dios, Yahvé, Alá o aquel que tantos nombres ostenta, sin saber lo que es ni siquiera si es). Vamos a hablar de un curioso neologismo, y de la posición de la Real Academia sobre él. Por supuesto, la palabra es necesariedad. Sigue leyendo

TEORÍA BÁSICA DE LA REDACCIÓN DE TEXTOS: EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LOS AUTORES

Esta entrada no es, por así decirlo, doctrinal, en el sentido de que no pretende transmitir información de utilidad a los escritores, como es lo habitual. Con ese atrevimiento del crítico que tiene los redaños de ponerle pegas a obras maestras del cine, este post es una recomendación para quien escribe libros de alguien que no lo hace. Mi excusa es, como siempre, leerlos como si no hubiera un mañana, devorando uno tras otro, sin asimilar, eso sí, y para mi desdicha, ni esto de lo leído.

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DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (II: LA MEMORIA COMO INSTRUMENTO DE LA CORRECCIÓN)

En el post pasado hablamos del proceso de lectura. Del entrenamiento y la disciplina que le requiere a un corrector leer para corregir. De los tipos de lectura que cada lector practica y que el profesional debe tener en cuenta, usar y también superar. Hoy vamos a hablar de qué busca el corrector al leer. Dónde centra su atención.

Para decirlo con muy pocas palabras, en cada texto el corrector debe hallar aquello que no debería estar ahí, pues eso al fin y al cabo es el error. Para lograrlo emplea determinadas herramientas. De todas ellas, hoy nos centraremos en la principal de todas: la memoria.

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DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (I: EL PROCESO DE LA LECTURA)

Va para veinticuatro largos años ya en que he dedicado mucho tiempo a corregir textos. Al principio uno sabe menos pero confía más en sí mismo, poco a poco se toma conciencia de la enorme extensión de su ignorancia, y por fin, poco a poco también —es sin duda la paciencia la principal de las características del corrector, ya lo adelanto—, se van adquiriendo destrezas y manejando herramientas que permiten valorizar esa labor modesta y oscura, que limpia los canales de comunicación entre el emisor y el receptor del mensaje escrito, mejorándola con la evitación de lo que en Lingüística se denomina ruido. Quizá por eso podríamos catalogarla de labor callada (esto es una broma tan pequeña que no hay más remedio que confesar que lo es para que se sepa).

Pero, en realidad ¿qué hace un corrector? O, expresado de otra manera, puesto que no es muy difícil colegir que un corrector corrige, ¿cómo hace un corrector para corregir un texto?; ¿qué cosas cambia?; ¿qué licencias se toma? Intentaré desentrañar  seguidamente los detalles de eso que algunos consideran algo superfluo y prescindible y que para otros constituye un arcano guardado en un universo paralelo donde es imposible asomarse.

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HABLAR CON PROPIEDAD: CUESTIÓN DE VOCABULARIO

La Etimología es una disciplina apasionante. Desentrañar el origen de las palabras puede darnos lejanas y poéticas pistas de nuestros ancestros, de realidades ya olvidadas que constituyen las raíces profundas de nuestro árbol genealógico. Me impactó siempre que en su origen las palabras “mar” y “sal” eran lo mismo en la Grecia clásica, porque los dorios y los aqueos transitaron por la vieja Europa hasta que llegaron al mar, una frontera de agua que desconocían, y tuvieron que improvisar para el proceloso Mar Egeo, como lo llamaba Mrs. Caldwell cuando hablaba con su hijo fallecido, ese nombre por asimilación.

Es fácil suponer que la naturaleza haya sido la fuente de inspiración de nuestro acervo a lo largo de este breve paso del hombre por este planeta ya viejo. Que llamamos naranja al color por el fruto y podemos recrear muchas formas de denominar al color blanco si, como los inuit, vivimos entre nieves perpetuas. También, que proliferaron antes los sustantivos que los verbos, y estos que los adjetivos, y estos que los adverbios; que las preposiciones no existen donde hay desinencias, y que son modernos los signos gramaticales como los interrogantes, las admiraciones y las comillas, que van ofreciendo matices que acercan la expresividad de lo hablado a lo escrito.

Ahora nos topamos con nuevas formas de abreviación, con acrónimos de uso común, con el uso de las mayúsculas con una intención no lingüística sino intencional… Todas ellas constituyen herramientas del hablante, que se crean para comunicar y que sobrevivirán si lo consiguen, o serán arrumbadas y sustituidas por otras si no.

El objetivo último de la comunicación depende de la propiedad y de la exactitud. Son dos matices con territorio común, imbricado el uno en el otro, porque no se es exacto si no se habla con propiedad y no se habla apropiadamente si no se es exacto. Por ello quizá nunca es suficiente el elogio de escritores como Gabriel García Márquez, dolorosa pérdida para el idioma, que podía dibujar con pocos trazos una realidad contada, y así, con pocos mimbres, hacerla vívida y precisa a nuestra mente. Decir, por ejemplo, que Bolívar sale de una bañera y deja una senda de huellas de agua, como hizo en El general en su laberinto, excede en la modestia de palabras sencillas la poética de expresiones más trabajadas y barrocas.

Vivimos, y cada vez más, de referentes reconocibles. Utilizamos figuras literarias con el desparpajo de los culteranos del siglo XVII, y lo hacemos sin pensar, muchas veces. Ya hablé en algún otro post de cómo algunos periodistas utilizan esta poderosa herramienta para marcar, como los perros con orina, el territorio de su sapiencia. Es común desarrollar jergas extrañas a los ajenos al grupo, y en realidad esas jergas sólo debieran ser justificadas por la exactitud terminológica, en un idioma que es un código semántico inmenso donde las palabras se agolpan en el diccionario esperando, como soldaditos de plomo, que alguien se acerque a jugar con ellas. Si un determinado grupo utiliza un código propio por la materia que considera central en su atención en realidad le cabe la responsabilidad de hacerlo preciso y exacto, porque afortunadamente la sabiduría y la ilustración ya no albergan sospecha de disidencia, como los masones pensaban, y no es necesario crear nombres alternativos para, como dijo Góngora, “hacerse oscuro a los ignorantes”. Desviarse de esa norma sin una sólida justificación es sólo pretencioso y huero.

Sufrimos una “dolencia idiomática”: los creadores del idioma ya no son los escritores, sino los comunicadores. Ello no debiera ser negativo, y tiene toda la lógica que la Real Academia abandonara el criterio de confiar el diccionario sólo a “autoridades” para embarcarse en otro más democrático de uso habitual. Sucede sin embargo que de los términos que se postulan para convertirse en nuevas entradas no hay ninguno del que se presuma la preeminencia por el prestigio de sus usuarios. Dicho de este modo queda muy elitista y antidemocrático, pero cabe hacer la reflexión de que las novedades que precisamos son las que nos ayuden en la tarea de la comunicación, y no resulta tan importante reconocer la moda o tendencia de un neologismo que sustituye a otra palabra preexistente porque, reconozcámoslo, mucho de ello huele a esa orina de perro de que antes hablaba. Hace unos meses hablé en un post de este mismo tema, a colación de los términos ‘legibilidad’ y ‘lecturabilidad’, y de que este mismo mal sucede en muchas disciplinas, que precisan de terminología muy específica que, sin embargo, es ignorada por la Academia a pesar de su evidente importancia unificadora. Hace algo menos hablé en dos post consecutivos de la responsabilidad que a la Academia le cabe (si es que le cabe) por la edición del Diccionario. A ello me remito.

Hace un par de años, o por ahí, el laboratorio de partículas CERN sufrió un accidente devastador. Alguien equivocó la denominación de una medida, donde decía pulgadas se puso centímetros y aquello devino en desastre. ¿Alguien imagina que pudiera no haber unidad en la terminología de materias como la náutica, la arquitectura, la ingeniería o la medicina y ello pudiera devenir en accidentes terribles? No, pensamos, son especialistas y conocen la materia en la que trabajan. Bien, pero lo hacen por sí mismos, de manera autónoma, porque no tienen ni el apoyo ni el amparo siquiera de la Real Academia para corroborarlo. Es cierto también que el periodismo en España exige unos estudios específicos para su ejercicio y que la figura del periodista científico como se conoce en otros países no existe. No existe por ello tampoco el vaso comunicante que facilite el trasvase de la información científica a la comunidad de hablantes a través de los mass media, como se los conoce ahora, y sólo los interesados que acuden a publicaciones divulgativas tienen a su alcance el código usado y pueden asimilarlo al propio.

¿Nos estamos desviando del tema? Espero que no, y creo que el lector que haya llegado hasta aquí puede vislumbrar aquello que pretendo expresar. En un mundo tan complejo como el nuestro la sabiduría aristotélica es sencillamente imposible, y deberíamos confiar en que los especialistas nos guíen cuando nos adentramos en una materia ignota. Sencillo experimento: lleve usted el coche al taller y dígale con sus palabras al mecánico lo que le pasa al motor cuando arranca y usted se inquieta (la avería acecha). Su contestación suele ser una breve disertación a la que asistimos entre embobados e impotentes (porque sospechamos que cada nombre de la retahíla tiene una equivalencia en euros que nos escuece). Otro: necesita hacer una pequeña reparación en casa y va a una ferretería; usted gasta en gesticular, explicar y justificar lo que el comerciante tarda apenas unos segundos en definir. Quédese usted con lo que le han dicho, o apúntelo en un papel para otra vez, porque no encontrará en el diccionario apenas ninguno de los sustantivos que ha oído. Y reflexione: de todos los componentes del automóvil que dolorosamente le toque cambiar, o de cada pieza de ferretería que precise, ya sólo unos pocos nombres son reconocibles en castellano, aunque cada profesional le explique con un deje de orgullo patrio que son todas —o muchas— piezas de fabricación nacional. ¿Cambia usted de perspectiva cuando se demoniza alegremente el uso de extranjerismos? Al menos es para pensárselo, ¿no cree?

Por raro que pudiera parecer, leer traducciones es una buena forma de vivificar el idioma. Ahí la ardua tarea de los traductores es traer al nuestro un texto creado en otro idioma causando en el lector el menor impacto de extrañeza posible. Que parezca, o casi, que la obra se escribió en el nuestro. Surgen así múltiples conflictos en los que el especialista se detiene, sobre los que reflexiona y a los que, por fin, da solución (a veces de forma más afortunada que otras, lo que supongo que es inevitable). No es sin embargo en los giros y las expresiones donde quiero fijarme ahora, sino en el puro vocabulario. Reconocido que asistimos a un reduccionismo acomodaticio de nuestro vocabulario que acaba por emplear expresiones manidas que se convierten poco menos que en muletillas, el desembarco de términos extraños puede devenir en neologismo, pero las más de las veces lo hace en la recuperación de una palabra que sonríe satisfecha de ser usada como el soldadito de plomo cojo del cuento infantil. ¿Y esto qué es?, nos preguntamos, y vamos al diccionario para descubrir, asombrados, que ese término ahí aparece, como uno más, como ‘mesa’ o ‘árbol’. Imagino el pudoroso atrevimiento del traductor que lo incluyó, pensando “es que es eso, no se puede decir de otra manera”, que tras la duda inicial se convierte en pundonoroso acto, un acto de servicio al idioma, una vindicación necesaria. Las palabras languidecen sin usarse, pero son plantas esteparias y soportan grandes estiajes de desatención.

Como una disciplina perdida, dentro de la Lexicografía (la ciencia que estudia el compendio de palabras en forma de diccionarios) hubo una orientación hacia los diccionarios visuales. Tuve el atrevimiento de centrar en esa disciplina mi trabajo de fin de posgrado, hace ya muchos años, sólo para averiguar, con un escandallo detenido, si resultaría económico abordarlo. Su funcionamiento es simple: los términos no se recogen alfabéticamente, sino temáticamente. Sin duda muchos recordarán esos esquemas en diccionarios escolares, como el famoso Iter de la editorial Sopena, sin duda el best seller de su época, y también en diccionarios de idiomas como el venerable Robertson. Las herramientas informáticas actuales hacen bastante sencilla su creación, y no comprendo cómo no se han popularizado más. Inventos como la realidad aumentada son su equivalente, y a su través nos enseña el mundo con la información que requerimos. Imaginen unas gafas de realidad aumentada que nos ofrecieran los nombres de las cosas que nos rodean; imaginemos, y no es tan remoto hacerlo, que ello es una aplicación para enfermos de Alzheimer. ¿Permitiremos que un portero de fútbol sea por siempre un cancerbero, aunque carezca de genes caninos y sólo una cabeza corone sus hombros? ¿Seguiremos llamando palos a los postes y el larguero que protege? ¿Diremos lavanda, tan moderno, de un francés tan aromático, o espliego, tal y como se decía hasta hace sólo unos años, y aunque la misma Academia haya roto el enlace entre ambos términos?

El idioma es un código, y como tal una convención. Hay que plegarse a ella tal y como evoluciona, aunque no estemos de acuerdo. Sin embargo, como un simple ejemplo de esos dislates de los que nadie se quiere hacer luego responsable, parece que hemos perdido para siempre la acepción carbunco sustituida por ántrax, haciendo de esta forma que esa palabra preexistente tenga dos acepciones distintas porque nadie reivindicó la forma correcta. Ántrax era una dolencia molesta pero leve y carbunco es grave y a veces mortal. Su origen y etiología son diferentes. ¿Quién ha sido?