LA VERDAD SOBRE EL TRABAJO DE FIN DE GRADO POR ENCARGO: EL NEGOCIO DE LAS TRAMPAS

Cuando estaba definiendo la estrategia comercial para informar a los estudiantes que culminan sus grados de la oferta de servicios editoriales que ofrezco tuve, obligadamente, que consultar en la web por dónde va la competencia.

Dar forma a trabajos terminados es sencillo, generando “estilos” de títulos y subtítulos, realizando índices y elaborando bibliografías, y la corrección ortotipográfica o exhaustiva lima por lo general las asperezas que impiden que la exposición avance a trompicones y provoque ceños fruncidos o cejas enarcadas entre los miembros de un tribunal. El alumno dice “esto es lo que hay” y se trabaja sobre ello.

Sin embargo, cada vez es más común trabajar en paralelo con el propio investigador, en lo que es común en el mundo anglosajón pero que resulta aún extraño en la universidad española: la dirección literaria. Sin embargo, cerrar presupuestos para este tipo de trabajos a veces es complicado, y hay que hacer ver al cliente que el precio de partida puede verse alterado si parte del trabajo ha sido rehecho varias veces, por mucho que con el sistema de discriminación por colores que uso solo se facturan las inclusiones, y nunca se cobra dos veces por lo mismo. En fin, quería saber básicamente cómo solucionan otros lo que a mí me parece el gran problema de trabajar sobre material científico durante su elaboración, que es la verdadera utilidad de la dirección literaria. ¿Qué me he encontrado? Pues una muy desagradable sorpresa.

DIME DE QUÉ PRESUMES…

El despiadado Google da como resultados en los primeros lugares de la búsqueda “trabajo de fin de grado” portales y empresas que ofrecen bastante descaradamente realizar estos trabajos por encargo sin que el estudiante aporte nada. Para el estudiante que haya llegado hasta aquí y desee eso no tengo inconveniente en ofrecerle los lugares para ahorrarle buscarlos:

www.apruebatodo.com ofrece realizar cualquier trabajo universitario, no solo el de fin de grado. Bajo el gancho de ayudar en cualquier tarea que para el estudiante resulte “penosa” o “tediosa”, ofrece al interesado muy tentadoramente que se tome “el día libre” y lo deje en sus manos. Eso sí, su eslógan no tiene desperdicio: ¿Hay alguna manera mejor de invertir el dinero que en formación? Ergo: si tienes pasta no te preocupes de aprender, eso es de pringados.

www.nohagasnada.com es tan explícito como su propio título. 100 % confidencial y sin plagio. Ya consiguen ellos a alguien que apruebe por ti.

https://academicsupportconsulting.com/ ofrece también 100 % de confidencialidad a la hora de encontrarte la “tutorización” adecuada, si es que tienes que realizar alguna de estas labores y no tienes ayuda de nadie… (hágase aquí un silencio incómodo…). Estados Unidos, Reino Unido y ahora, por fin, España. Ese es el campo inmenso de que se nutre esta soberbia empresa.

Habrá más, sin duda. Toda una tentación para quien tenga los 500 o 600 euros que se cobran por este tipo de “servicios”.

PERO, EN REALIDAD ¿DE QUÉ SIRVE COMPRAR UN TRABAJO?

En teoría la respuesta es muy simple: tener resuelto el trabajo final da un respiro y evita esa sensación de premura y de inminencia que provoca la cercanía de la fecha de entrega. Sin embargo, hay que pararse un poco a reflexionar en lo que el trabajo supone dentro del proyecto educativo o formativo global.

Dentro de un sistema moderno la posición del alumno es cada vez más activa y menos pasiva. El alumno debe comprobar que está aprendiendo, y para ello pone a prueba durante todo el ciclo las habilidades que va adquiriendo porque sabe que en el futuro serán esas habilidades lo que pueda aportar en su trabajo. Es más, esta etapa inevitable va forjando la capacidad de emprendimiento y resolución que después necesitará para liderar proyectos o para abordar tareas más complejas, como sucede en el doctorado cuando busque a un director para hacer una tesis.

Así, quien falsee un trabajo debe ser porque todo esto no le importa. Porque, en fin, lo que pretende solo es lucir un título universitario en algún lugar destacado (sobre una chimenea, en un currículum que se valore al peso o en el despacho chiquitito junto al de un padre que ya le dio el puesto de trabajo antes siquiera de matricularse en primero). Como esto no es lo común, nadie en su sano juicio dejaría demostrar a otro lo que ha aprendido, por mucho esfuerzo y por muchos sinsabores que el proceso le haya supuesto.

¿DE VERDAD SE LA VOY A COLAR A MI DIRECTOR?

El director marcará las pautas generales del trabajo y orientará sobre la bibliografía que se debería consultar —y que habrá que transmitir al “amanuense”—; exigirá asimismo, por lo común, la presentación razonada del índice que se va a desarrollar, y la asistencia a tutorías o reuniones que justifiquen los avances en el trabajo… Durante todo ese proceso el pagano estará necesariamente vinculado al trabajo, pero es que además el contratado tendrá que ir justificando cada etapa del proceso. ¿Va a estar ahí en cada momento oportunamente?

Por otro lado, si vamos a acudir a reuniones para marcar pautas de elaboración, esbozar el índice, compendiar la bibliografía, concretar las fuentes, definir la hipótesis… ¿En serio vamos a hacer lo más tedioso, y dejaremos a otro las mieles de poder aprender a partir de ahí? ¿Sin siquiera leerlo?

PAGA COMO PROFESIONAL LO QUE NO SUPISTE DEFENDER COMO ESTUDIANTE…

Puede que a unos pocos en estos tiempos de encarecimiento de la educación superior no les escueza el bolsillo, y nunca hayan tenido que pasar por el amargo trago de abonar una segunda o una (¡glups!) tercera matrícula de una asignatura especialmente simpática, pero para muchos otros el desembolso que estas “corporaciones” piden va a ser un esfuerzo más que considerable, para algo que al fin y al cabo el alumno puede sin duda hacer por sí mismo. Hay que reflexionar seriamente sobre lo que el sistema de falseamiento supone en el fondo: alguien ha profesionalizado una tarea que es propia de estudiantes. ¡Por el amor de Dios! No hay que presentar un trabajo que cambie la orientación de la disciplina desde sus cimientos, solo se está pidiendo que el alumno sea capaz de mostrar que la enseñanza recibida le ha servido de algo, de forma práctica y no como los clásicos exámenes donde te la juegas durante las horas que la prueba dura.

Sin duda el gran escollo, la muralla infranqueable, es la del novelista recalcitrante: la hoja en blanco. ¿Por dónde empezar? Y aquí hay una ventaja relativa sobre el novelista, o es que quizá Julio Cortázar escribió su Rayuela con pretensiones de investigación, en este caso literaria (que podría ser): el investigador puede empezar a redactar por donde quiera, no se ve obligado a seguir la investigación linealmente, como si un argumento le impeliera a desarrollar una trama. Quizá le sea más apetecible entretenerse en un preámbulo que le sirva como guía de trabajo (que, casi seguro, retocará según avancen las cosas o según su director le exija), o quizá prefiera compendiar antes las fuentes, relacionando con obras y citas ajenas cada una de las entradas del boceto de índice que ya habrá desarrollado. Puede que haya alguna parte más madura porque las lecturas están más frescas, sin saber aún a qué epígrafe corresponderá, o si tendrá que dividirlo en dos o tres. No importa. El trabajo mismo irá marcando las necesidades, y dónde queda un apartado un poco hueco que hay que rellenar, o dónde hay un exceso de información que desequilibra el conjunto.

¿ENTONCES NO ES OBLIGATORIO EMPEZAR DESDE CERO?

Por supuesto que no es necesario, ni mucho menos, empezar desde cero, como si la materia que se vaya a abordar sea nueva en la historia de la Humanidad. Partimos del hecho de que las habilidades de que hablamos se ponen a prueba dentro del marco de un proyecto pedagógico, repetido curso tras curso, con lo que la originalidad no se va a exigir en la materia, ni siquiera en el tema, sino en la aplicación que el alumno sea capaz de hacer a partir de lo que ya tiene aprendido. Quiere ello decir que habrá mucha lectura previa, y mucha utilización de material ya existente.

¿Y EL RIESGO DE PLAGIO?

Vamos a dejar para una entrada futura que está en preparación la aclaración de qué es exactamente plagio (lo cual, aunque parezca increíble, no está regulado como debiera en la legislación española) y qué consecuencias tiene plagiar. Baste ahora decir que el plagio consiste en copiar la obra de otro, así que si no copiamos no plagiamos.

Es lícito usar material ajeno en una obra diferente, y en el mundo científico está de más decir que cualquier aportación se sustenta sobre los trabajos previos que otros equipos o investigadores han realizado sobre la materia. El saber científico es cumulativo, y bebe siempre de sus fuentes.

En función de la disciplina científica concreta, los trabajos pueden tener muy diversas orientaciones. En el mundo del Derecho es común realizar una labor de exégesis porque la labor normativa es un constructo humano y su interpretación nos indica la dirección que pretende, y si hay suerte la que consigue. La Sociología, desde otro punto de vista, también hace exégesis, pero de comportamientos sociales, extrayendo consecuencias a partir del análisis. La Arquitectura, la Economía y la Historia se enfocan en una realidad pretérita para encontrar los invisibles hilos que han determinado la existencia y la evolución de la realidad humana que les toca. Cada una, en fin, como vemos, se alimenta del pasado, de un pasado testimoniado por otros que antes lo analizaron también. Así, es muy valioso en un trabajo mostrar correctamente las fuentes, y justificar su uso. Para ello se usan las citas o las referencias.

Lo fundamental para considerar que una obra ha sido plagiada es, como ha dicho el Tribunal Supremo, que se copie “lo sustancial”, o sea, que investigue sobre lo mismo y llegue a las mismas conclusiones; si bien está claro, también, que no es admisible un trabajo de investigación que sea apenas un refrito de otros. Y aquí ya hay ejemplos más abundantes…

Si las notas preliminares de un trabajo parten de dos o tres previamente conocidos, lo lógico es proceder a redactar nuevamente el material leído, y no abusar de la cita literal, para mostrar la interiorización de los conceptos. Como las fuentes quedan explícitas, el plagio no existe.

Igualmente, a lo largo de la exposición acudiremos a las fuentes como a peldaños que nos permitirán completar el ascenso a la cumbre que pretendemos culminar, que no es otra que la demostración de nuestra hipótesis de partida. No todas las fuentes son fiables, y desbrozar el material es básico para encauzar la investigación. Pero eso quiere decir que todo lo se ha sometido a un proceso de demostración forma parte del bagaje, no solo aquello que nos dé la razón, porque la comprobación es una vía imprescindible, sí, pero la refutación razonada es la mejor demostración de una  teoría. Piénsese solo en que los más grandes avances de la ciencia se han basado en la refutación, como la teoría heliocéntrica copernicana o la anatomía de Vesalio, que tumbó nada menos que mil cuatrocientos años después la expuesta por el incontestado Galeno en época romana.

LA IMPORTANCIA DE LA ORIGINALIDAD

Como la propia jurisprudencia sobre el tema ha repetido, el plagio solo puede darse en las conclusiones. Esto es, copiar los resultados que otro tuvo, atribuyéndonoslos.

Evitarlo es más fácil de lo que podríamos pensar, porque ir un paso más allá, por discreto que sea, o actualizar una línea de investigación abierta previamente conjura el riesgo. Todo lo demás es ruido y no ayuda. Esas herramientas que actualmente se usan para cazar a los plagiadores lo único que hacen es comparar documentos en una base de datos enorme (debería ser universal para tener una fiabilidad completa, algo de lo que dudo bastante), y detectan paralelismos, muchas veces groseros (copiar y pegar textos o párrafos completos, usar la misma estructura, desarrollar de igual forma un argumento…). Cosas que, con poco trabajo que se dedique a la presentación, es prácticamente imposible que ocurran.

En efecto, si el escritor —o quien le auxilie en la redacción, como es mi caso— dedica el tiempo suficiente a la composición del texto y a su estructura sortear estos mecanismos automáticos es realmente sencillo. Para ello solo hay que idear un índice y desarrollarlo, sujetarnos a la regla de la compensación entre epígrafes y redactar cada uno a partir de nuestras fuentes. Redactar. Simplemente.

Y así, con herramientas perfectamente legales, usadas comúnmente por muchos investigadores, resguardaremos nuestra reputación como investigadores y podremos presumir del aporte de una investigación que nos permitió aprender, de un lado, y aportar algo al campo de la ciencia la que nos dediquemos, de otro, y estaremos muy ufanos de nuestro título justamente ganado.

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