DECIR TONTERÍAS AL BOTE PRONTO: NOTICIAS PERIODÍSTICAS SIN DIGERIR

Ya he confesado alguna vez que para mantener la sintaxis acostumbrada a esa jerga soy fiel a las secciones de economía de los diarios más importantes. Sin haber recibido más que una somera enseñanza de esta materia que, cual oráculo de Delfos, dice lo que le viene en gana cuando le apetece (e interprete usted lo que considere), pero a quien todos creemos a pies juntillas, sumo a mi desazón por la prima de riesgo y el Grexit la curiosidad por desentrañar las expresiones y la terminología de una disciplina al parecer metafísica, pues se maneja hace tiempo fuera del mundo conocido por ignotos derroteros.

¿Es enmendable un informe económico? Al parecer todos lo son, por quienes sostienen una distinta visión de los acontecimientos, pero no me refiero a que se le pueda poner enmiendas, sino, sencillamente, a que se le pueda corregir. De errores de bulto, según explica Paul Krugman, han devenido teorías económicas republicanas y conservadoras sobre el endeudamiento, la capacidad de crecimiento y el riesgo de default. Si lo pensamos bien, qué mejor demostración de la vigencia platónica del Mito de la Caverna, y por pirueta argumentativa de la divinización de la disciplina económica, tan ajena al parecer a la realidad como la música celestial, la oquedad de la Tierra y otros curiosos mitos que la Humanidad se tomó en algún momento por verdades incuestionables.

Nos tomamos como cierto lo que dicen los economistas porque resulta trascendente y dogmático, porque por su misma forma de argumentar invita a la convicción. Sería raro leer de un reputado economista que las cosas se van a desarrollar de una manera, pero que esa idea subjetiva suya ignora tantos detalles que el devenir real será seguramente muy distinto y puede que contrario a lo previsto. Tiene su lógica que aquellos en quienes confiamos la salud del funcionamiento de la economía nos inspiren confianza, pues la confianza misma es un factor más de la ecuación de la estabilidad y el crecimiento, como la dichosa prima de riesgo se ha encargado de demostrarnos.

Por todo lo dicho, la forma de expresarse de los economistas se somete a unas exigencias de seriedad, justificación y previsión que marcan indeleblemente el estilo económico. A los políticos les toca imitarlo, aunque muchas veces sus conocimientos de la materia resulten más bien pobres y sean simples transmisores de ideas de terceros. Y a los periodistas también les cabe su uso, porque el público (lo que ahora, un tanto castizamente, se llama “el gran público”) sabe de los otros por lo que los periodistas cuentan.

El periodismo actual, sin embargo, está empachado de urgencia. Parece una broma imaginarse ahora las redacciones de antaño, adonde llegaban los periodistas tras una jornada de llamadas, visitas y encuentros para sacar de todo las palabras de su columna, viendo como vemos la inmediatez del periodismo digital, que a veces es solo el pie de una foto impactante que solo requiere el contexto de unas coordenadas y una hora exacta, y que muchas más arrastra un texto confuso tras un titular impactante.

El pasado día 24 Manuel V. Gómez publicó en El País, edición digital, una noticia que tituló “El sueldo más habitual en España asciende a 15.500 euros brutos al año”. Puede consultarse en la dirección http://economia.elpais.com/economia/2015/06/24/actualidad/1435137971_730270.html. En ella ofrecía una serie de datos sobre sueldo medio, sueldo mediano y otros datos que hablan de devaluación, crisis y depauperación. Lo curioso es que se ofrece como responsable de los datos al Instituto Nacional de Estadística, y que los datos corresponden al ejercicio ¡2013! Eso sí, recién salidos de un informe. Y a partir de ellos se han extraído las conclusiones oportunas, como si pudiésemos obviar ese año y medio transcurrido desde el periodo de estudio y tomar como verdad manifiesta y evidencia periodística la lectura de un informe pretérito sin corroborar los datos por otros medios o cotejarlos con los de otras instituciones dedicadas a estos asuntos. Que siendo de 2013 seguro que los hay.

En el mismo periódico, en el mismo día, otra noticia relataba que “La pensión media de los autónomos se sitúa en los 635 euros” (http://economia.elpais.com/economia/2015/06/23/actualidad/1435057071_937255.html). En este  caso la noticia es actual, y pormenoriza la precariedad económica en la que vivimos los trabajadores por cuenta propia, ofreciendo más que datos porcentajes de este colectivo que temen por su futuro, en general. Sin embargo, no es propio del periodista el estudio que aporta los datos, y cuando debe citar la fuente lo hace en este párrafo que transcribo completo:

“Lo que sucede, según el Emprende tu jubilación, de la Universidad de Barcelona y VidaCaixa, es que el 65% de los autónomos no se puede permitir pagar por una base de cotización más alta, lo que daría derecho a una prestación final mayor. Más bajo es el porcentaje de quienes justifican que pagan menos por que no se fían del sistema público de pensiones, un 25%”.

Según este texto no deberíamos deducir que toda la noticia parte de la información del Emprende tu jubilación, sino solo la parte que recoge ese párrafo, porque esa cosa que se cita solo se cita así, y en el segundo párrafo. Pero tampoco sabríamos a quién atribuir el resto, porque la noticia no viene firmada, así que extendemos la responsabilidad a la única autoridad visible, porque sencillamente no hay más.

Como suponemos que lo dicho no está simplemente inventado, otorgamos una presunción de verosimilitud a lo que se cuenta porque eso de Emprende la jubilación tiene toda la pinta de ser un estudio promovido por la aseguradora y la universidad citadas para comprobar cómo andan las cosas antes de diseñar el oportuno producto financiero que suplirá a la agotada maquinaria de la Seguridad Social. Eso sí, de quiénes son sus autores, y del método de elaboración, las cohortes de población usadas, el número de encuestas realizadas, el método, la ventana temporal de recopilación informativa y otros detalles técnicos nada sabemos. Solo que un periodista anónimo se ha hecho eco de ello para que nos lo vayamos pensando, porque al verlo en su correo electrónico le pareció chulo y actual.

¿Qué tipo de periodismo económico es este? Bueno, en realidad ¿es esto periodismo económico? Veamos cómo se habla de la importancia de los autónomos en el segundo artículo referido, para contextualizar su importancia real:

“Hay que tener en cuenta que el porcentaje de autónomos, el colectivo que primero creció a recuperar empleo, es superior en Europa respecto del conjunto de la Unión Europea, el 16,7% frente al 14,3%”.

¿Qué ha querido decir con que “creció a recuperar empleo”? Cuando habla de Europa ¿no querrá decir España? ¿Qué manera de informar es esta?

Esperen a leer este párrafo de la primera noticia. En ella habla de la diferencia de sueldos por sectores. Atentos que no tiene desperdicio (todos los errores son ciertos, la transcripción es exacta):

“En lo referente a sectores, asimismo, se aprecia otra de las cuestiones más habituales en el mercado laboral español, que los trabajadores del sector energético, 52.827,86 euros, una cantidad que más que multiplica por dos las ganancias medias media. Por contra, quienes están en lo má sbajo de la tabla son quienes trabajan en la hostelería, una media de 13.851,08 euros”.

Ni el fondo, ni siquiera la forma. Me encanta Joaquín Reyes en el monólogo en que explica que dice inconveniencias porque no las piensa, “porque no hay nadie a los mandos”. Cuando hemos empezado el post hemos justificado una suerte de sacralización de la materia económica. ¿Debemos empezar a pensar que cuando leemos estas desquiciantes noticias debemos leer entre líneas, buscando un esotérico mensaje que escapa a los no iniciados sobre la economía, el futuro y la suerte?

Anuncios

EL DERECHO DE HUELGA EN ESPAÑA: EL PELIGRO SOCIAL DEL LENGUAJE JURÍDICO INDETERMINADO

Quizá en todo el ordenamiento jurídico español el caso de la regulación del derecho de huelga sea peculiar. En efecto, algo de tan necesaria reglamentación en una democracia, fuera de su proclama genérica en el texto constitucional, sigue siendo en España fruto (quizá el último genuino) de aquello que vino a denominarse “la transición”, que comenzó con la muerte del general Franco el 20 de noviembre y terminó… bueno, en eso tampoco hay consenso. El texto, revisado, cercenado e interpretado, del vetusto Real Decreto-ley 17/1977, de 4 de marzo, sobre relaciones de trabajo, es la única referencia legal actual para la regulación del derecho de huelga. Su anómala supervivencia ha hecho correr ríos de tinta a los especialistas en derecho del trabajo, pero año tras año, desde hace ya casi cuarenta, se nos muestra en su caduca expresión, como una ruina venerable que ningún arquitecto se atreviera a tocar por si se derrumba. ¿Por qué?

Sigue leyendo

UNA PROPUESTA DE REFORMA DEL DICCIONARIO ELECTRÓNICO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

El Diccionario de la Real Academia Española va ya por su vigésima tercera edición. Esta última apareció en octubre de 2010, y recoge ciertas novedades metodológicas que el propio organismo explica aquí. Como siempre sucede, tras la publicación aparecen un montón de opiniones encontradas que en resumen nos dan la impresión de que damos a la lengua, y por derivación a su más alta institución, más importancia de la que en principio cabría pensar. En este país cainita de telebasura y campechanía hay, al parecer, tiempo también para entretenerse en despotricar contra tal o cual inclusión o exclusión, contra la explicación concedida a una entrada o a una acepción nueva de una entrada previa y contra la pervivencia de términos o acepciones que quieren arrumbarse por corrección educativa, que no lingüística. Nada puedo criticar por todo ello, y en el fondo me regocija pensar en este entusiasmo que se emplea en una materia tan intelectual —quizá exagero y debiera decir intelectiva— y que mueve a la ardorosa crítica y a la enconada réplica.

Son las novedades las que más motivan el comentario, a veces asombrado, a veces sardónico y otras feroz. Por mi parte, como corrector, este proceso exige cierta cuidadosa lectura, no tanto para atender a esa difícil medición de la promoción que supone pasar de estar excluido a estar recogido como “término vulgar”, “coloquial” o, directamente, “coloquial y malsonante” (como sucede con el tan celebrado “cagaprisas”, y que en mi tierra vallisoletana es de uso habitual, por otra parte) como por la tendencia que sigue a estas inclusiones de extender su uso entre quienes antes no se habrían atrevido a usarlas por escrito. Curiosamente, y por mucho que desde la RAE se explique que la inclusión en el compendio no supone más que la aceptación de un uso continuado, sin juicio de oportunidad alguno, muchos consideran este el momento del pistoletazo de salida para poder acoger tal o cual palabra que les hace mucha gracia y soltarla a diestro y siniestro. Quizá tienen la intención de escandalizar, como Quevedo en la corte remilgada del siglo XVII, pero evidentemente es muy complicado llegar a ese nivel, por cuanto el maestro era tan bueno en ese como en todos los demás registros, y soltar una perla, podríamos decir negra, no empece adornarla oportunamente con una gramática depurada y una sintaxis exquisita.

No dudo de que esa especie de “consagración” de términos pretéritamente ignorados puede tener cierta importancia por la “autoridad” que la Academia ostenta, y ya hablamos hace tiempo del papel social e incluso jurídico que de esta manera se confería al Diccionario. No es baladí presumir que escapará de la calificación de difamación quien demuestre que el insulto proferido contra un contrario responde exactamente a lo que el aludido hizo o dijo, y como argumentó el gran Forrest Gump “es tonto el que hace tonterías”, por ejemplo, como también es un pelele quien se deja manejar, o idiota quien sea “engreído sin fundamento para ello”, tal y como recoge la segunda acepción del término. Para abundar en el matiz normativo del Diccionario me remito a la entrega algo ya lejana ya, pues no quiero aburrir con reincidencias.

Por contra a lo que debiera parecer, quienes trabajamos con la lengua española no atendemos estas novedades con el ansia de introducir vocablos nuevos que vengan por fin a solventar las dudas de usos equívocos, a aceptar barbarismos o a materializar conceptos u objetos hasta ahora anónimos. No, en realidad las palabras han ido por delante, y el uso de material publicado de diversa índole nos ha ahorrado la novedad; asistimos de ellos quizá a su consagración, solo. Lo que de verdad nos remueve en la silla es la barahúnda de términos coloquiales que vienen a sentarse en la misma mesa que sinónimos más “académicos” y de uso habitual, y que por el análisis y escrutinio periodístico de cada edición vienen de nuevo a la palestra. Azanoria, toballa, cocreta… todos ellos existen, como desde hace siglos, pues muchos provienen ya del Diccionario de Autoridades, pero de todos ellos se reconoce su desuso y “marginalidad”. Esta “atención mediática” provoca su invocación y uso, y de esta curiosa manera se perpetúan, mientras otros desaparecen porque nadie se acuerda de ellos. Y quien quiera llamar la atención podrá usarlas, soltándolas con ese desafío implícito de ver quién se atreviera a enmendarlos para recibir la oportuna charla explicativa. Reconozco no haber tenido problemas en ese sentido, pero parece algo muy apropiado para incluirlo en exámenes de oposición, en pruebas de “cultura general” o en concursos televisivos donde supongo trabajan guionistas con poco tiempo, escasa remuneración y un puntito de mala leche.

A la vez que se publican nuevas ediciones en papel del Diccionario se actualizan también el Corpus y el Diccionario electrónico, pero a veces no a idéntica velocidad, y hay casos de divergencia entre el Diccionario electrónico y las normas de acentuación de la Ortografía, por cuanto las ediciones en papel de ambas no coinciden.

Todos hemos aprendido a usar el Diccionario en nuestra infancia. Conocemos los códigos por los que la obra se mueve, las normas de la lexicografía que rigen su estructura y su motivación. Todas ellas se han trasladado al Diccionario electrónico. Pero las herramientas de búsqueda puestas al servicio del usuario parecen pocas y poco flexibles. Acostumbrados también a programas informáticos de uso común, como los procesadores de textos, donde las posibilidades de búsqueda se abren en un amplio abanico de opciones, el campo simple del buscador del Diccionario se nos antoja ya reducido. Este medio, que debiera estar al servicio del hablante, se constituye solo en el oráculo que desgrana su retahíla explicativa cuando pronunciamos ante él un término reconocible. Permanece mudo cuando no entendió lo que le dijimos, y como mucho nos ofrece palabras “con una escritura cercana”, las más de las veces con cambios en una o como mucho dos letras y una raíz común.

Quizá el concepto debiera cambiar. El hablante no es solo lector de lo que no comprende, y que le obliga a la consulta. Es ahora, ante todo, usuario del lenguaje, artesano del idioma. Poco sentido tiene para él que la Academia haya sucumbido al uso de la palabra “backstage” y que la incluya así, sin ánimo de adaptarla. Como ya referí en otro lugar, los creadores de palabras habitan en periódicos, radios y televisiones, que acaparan la comunicación a la que la alta institución presta oídos. Pero esos medios son altavoces de otras personas, y no autoridades por sí mismas. Si la Real Academia tuviera a bien convertir su lugar electrónico en un buscador por donde el usuario pudiera fisgar, a lo mejor se crearían convincentes neologismos, o adaptaciones consecuentes de extranjerismos. Pero para ello habría que plantear el trabajo al revés, y permitir que un usuario buscara “vegetal de tronco leñoso” para encontrar “árbol”, y también “bambú”, y también “arbusto”, y concretar, y ofrecer variantes para la navegación, para la inmersión, para la investigación; como por ejemplo “palabras con la misma raíz que árbol”, o palabras que terminen en “-bol”. ¿Es absurdo pedir un listado de todos los colores recogidos en el Diccionario para que las empresas lo incluyan en sus catálogos? ¿Y el conjunto de instrumentos que pueden formar una orquesta sinfónica? ¿Y los diferentes nombres que se pueden dar a los peces, según sus variantes regionales?

No es demasiado complicado incluir información del tipo “las personas que buscaron … rellenaron además los siguientes campos: …”, ni tampoco la contextualización de cada término, más importante sin duda que la explicación de su origen, por mucho que ello sea importante para lingüistas y filólogos.

Evidentemente, esto supone una transformación radical del propio concepto de Diccionario. Es más, la obra en sí constituiría solo una de tantas formas de presentar la información disponible. A la oportunidad de apostar por diccionarios ideográficos podrían vincularse aplicaciones de realidad aumentada que podrían comercializarse incluso, aportando a la institución fondos sin duda necesarios para sus exangües arcas.

PRESENTACIÓN DE TABLAS DENTRO DE LOS ESCRITOS

Cuando se aporta información relevante o explicativa en obras científicas o de divulgación es bastante habitual recurrir al uso de tablas y esquemas que den el apoyo necesario a los argumentos esgrimidos o muestren con un impacto visual inmediato aquello que el texto cuenta.

Siempre marco la diferencia entre la obra escrita en un programa de tratamiento de textos en su forma final y aquella que va a ser transmitida a un editor para que a su través se haga llegar al público. Podría argumentarse que de la primera forma nos vemos obligados a exprimir las posibilidades de maquetación del programa, mientras de la segunda no, porque esos aspectos quedarán de cuenta de quien realice la preimpresión. Pero no es solo por esto, y vamos a desgranar los argumentos y a marcar las diferencias para que cada autor sepa exactamente con qué premisas le conviene trabajar.

Sigue leyendo