USO CORRECTO DE TÍTULOS Y SUBTÍTULOS PARA CAER BIEN A LOS RESPONSABLES DE UNA EDICIÓN (II: SINTAXIS Y COMPOSICIÓN)

Tras haber dado en un post pasado algunas claves que deberían considerarse sobre la creación y la estructura de los títulos y subtítulos de una obra retomamos el tema ahora para ver cómo llevar lo antes dicho a la práctica. Dicho de otra manera: ya hemos visto cómo hacer que quede aparente la página del índice; ahora vamos a centrarnos en cómo hacer atractivo lo que en él se recoge a lo largo de la obra. Sin ningún tipo de cortapisa, pero con avisos de malas praxis que conviene tener en cuenta.

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DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? ( Y V: LA CORRECCIÓN DE COMPAGINADAS Y TODAS ESAS OTRAS COSAS QUE LOS CORRECTORES TAMBIÉN SUELEN HACER)

Por lo general, a los correctores se les encargan muchas más cosas aparte de corregir: revisar bibliografías, hacer resúmenes, extractar sumarios, sugerir títulos, extraer palabras clave. Son labores que no considero en sí mismas corrección, y que bien hechas implican conocimientos ajenos a la lengua, el uso de códigos diferentes, pero a veces se entremezclan con la tarea de la corrección. Sea por rentabilizar el trabajo del corrector sumándole tareas paralelas a la propia corrección, sea porque el corrector experimentado es un técnico editorial con una concepción global del proceso editor y puede abordar estas tareas con más seguridad que quien no está acostumbrado al “tratamiento del texto”, lo cierto es que muchas veces el profesional invade competencias de otros (léase traductores, diseñadores, documentalistas o maquetadores) porque no siempre se dispone de una plantilla completa o de la posibilidad de subcontratar todas y cada una de las tareas que exige la edición. Vamos a extender un poco este comentario.

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DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (IV: NIVEL IDIOMÁTICO Y ORTOTIPOGRAFÍA)

No hay corrección inocua. Cualquier modificación cambia más que aparentemente el texto que toca. Sólo un par de palabras aquí o allá, una oración con el orden alterado, un sinónimo apropiado o una eliminación o sustitución oportuna ofrecen del mismo texto una imagen general muy diferente. ¡Parece más grande!, solemos decir cuando vemos una habitación recién pintada, aunque el único elemento distinto sea tres kilos de pintura. La percepción de los textos varía enormemente con una corrección profunda, y la tarea encomendada al corrector debe haber ido en la dirección correcta para que el cambio sea a mejor.

Si, como expusimos como premisa, el corrector cambia lo que no debería estar ahí, la completud de la corrección debe pasar por que sea evidente para el lector lo que sí debería estar. Ello implica dos procesos ineludibles: de un lado, el ajuste de los textos al nivel idiomático que les corresponde. De otro, el cuidado de su ortotipografía. Explicaremos de seguido qué queremos decir con ello.

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¿AÑO NUEVO, ORTOGRAFÍA VIEJA? NOVEDADES DEL 2010 QUE NOS EMPEÑAMOS EN NO APLICAR

La Real Academia editó en 2010 una nueva versión de la Ortografía de la lengua española. Hemos entrado ya en el 2015 y aún hay muchas costumbres que se aferran a nuestro estilo y contravienen las normas que allí se recogen. Y aunque se diga que la alta institución del idioma es comprensiva y de natural bonachona, y que admite excepciones en el uso de las normas que propugna, en realidad en el informe que publicó dejó no ya claro, sino prístino, que las contravenciones no eran admisibles, y en consecuencia no seguir al pie de la letra estas reglas provoca en nuestros textos auténticas faltas de ortografía. Faltas que, evidentemente, yo no podría dejar sin corregir en los textos donde me las encontrara, por mucho que su autor invocara el derecho inalienable a un estilo personal.

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EL PODER NORMATIVO DE LA REAL ACADEMIA (I): LENGUA Y NORMATIVA

Recientemente, José Manuel Blecua ha manifestado que es preciso “desacralizar” el Diccionario de la Real Academia. Y ello a propósito de la desazón de ciertos colectivos por la inclusión de determinadas entradas o acepciones que parecieron ofensivas. La defensa de la alta institución del idioma ha sido siempre que el Diccionario es un reflejo de lo que la sociedad hace, del idioma que construye, y que la Real Academia vigila para incluir o excluir términos o acepciones que triunfan o fracasan en esta aventura de la comunicación semántica. No es éste momento de hablar de la capacidad de asimilación o de adaptación de la institución, ni de su velocidad (que suele ser lo más polémico), sino del valor que ese compendio terminológico posee para la sociedad a la que se ofrece. Y más concretamente del valor legal que podemos esperar de él, si es que de verdad lo tiene. Un tiempo hubo en que las normas emanadas del Parlamento nacional recibían la supervisión de una comisión lingüística, que informaba sobre la adecuación entre el mensaje y su expresión. Hoy sólo puntualmente se acude en solicitud de esta ayuda, y a veces los resultados no han sido los esperados. ¿Es la Real Academia Española garante del idioma? ¿Es sólo mero espectador? ¿Cuando se decía aquello de “limpia, fija y da esplendor” se le confería una misión que hoy se le escapa?

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ESTILO DIRECTO Y ESTILO INDIRECTO (II)

El día pasado hablábamos del estilo indirecto, de cómo debe usarse con cierto cuidado y con moderación y del acierto de incluirlo en el discurso para reforzar nuestros argumentos. Hoy vamos a hablar del estilo directo, de la forma de recoger apropiadamente las palabras de otro para introducirlas en nuestro propio escrito y con qué sentido es apropiado hacerlo. Sin duda, transcribir un texto de otro evita malos entendidos, pero la primera precaución que debemos adoptar, y no por obvia debe ser ignorada, es que los textos transcritos deben responder al mismo sentido que el autor quiso darles. Naturalmente, si yo tomo cualquier novela y empiezo a subrayar palabras a mi conveniencia, resultará al final que el novelista escribió, dentro de su novela, un relato diferente donde a los personajes les pasan cosas diferentes y que acaba de distinta manera. Descontextualizar las citas es tergiversar el mensaje, y como evidentemente no podemos reproducir en nuestro texto el trabajo completo de aquellos a quienes hagamos referencia, lo primero que debemos sentarnos a reflexionar es qué introducir, y cómo. Sigue leyendo

ESTILO DIRECTO Y ESTILO INDIRECTO (I)

Traer la opinión o la autoridad de alguien a nuestros escritos es un recurso habitual en los textos científicos. Las hipótesis de trabajo se confrontan con las de otros estudiosos, y cada aspecto puede reforzarse colacionando lo que inspiró al resto, apoyándonos en ello o bien rebatiendo lo que lo contradiga. Evidentemente, es más exacto el recurso al estilo directo en estos casos, y de la literalidad de las palabras el lector podrá deducir cómo de divergentes o de coincidentes son los argumentos que lee. Teniendo en cuenta además las herramientas actuales de búsqueda y comparación de textos científicos, un uso indebido y desproporcionado del estilo indirecto puede afectar incluso a la reputación del autor, pues si la fuente no se especifica lo suficiente podríamos acabar acusados de plagio. Por el contrario, la medición del índice h se basa en las veces que otros nos citan, y en las que nosotros citamos a otros [recordemos, el índice h fue definido por Hirsch de esta manera: Un científico tiene índice h si el h de sus Np trabajos recibe al menos h citas cada uno, y los otros (Np – h) trabajos tienen como máximo h citas cada uno]. Desde ese punto de vista, nos interesa citar, y ser citados. Pero para hacerlo hay que cumplir determinadas convenciones gramaticales, ortográficas y ortotipográficas, y a ello vamos a dedicar los dos siguientes post. Sigue leyendo