PLANEAMIENTO Y PREPARACIÓN DE ORIGINALES PARA SU EDICIÓN. CUESTIONES BÁSICAS

En un post anterior hablábamos del concepto general de “espacio en blanco” o “espacio visual” en los PM. Vimos también que la mancha se ocupaba por elementos de dos tipos básicos: texto y no-texto. El funcionamiento de los tratamientos de texto es sin embargo lineal, y como apuntábamos cuando hablamos de los contragrafismos el espacio en una hoja es un continuo de elementos consecutivos, y no una ordenada agrupación de uno o varios elementos textuales o gráficos. Ahí está la gran diferencia, y por eso, y antes de rematar la serie sobre alfabetización visual en la autoedición, me ha parecido conveniente intercalar este post sobre preparación de originales.

DIVISIÓN INTERNA DE UNA OBRA

El libro que hemos escrito, nuestra obra, tendrá por fuerza una estructura interna. Su propia concepción habrá partido de un plan de obra que, a modo de esquema, planteaba el esqueleto de la obra, y donde, de mayor a menor, se especificaban las partes que constituirían el contenido, descendiendo los escalones necesarios para llegar al nivel de detalle último. Lo aconsejable es realizar esta esquematización sucesivamente desarrollada de una manera abierta, no preasignando a los epígrafes ningún rango de relevancia, y anotando la dependencia numéricamente. Si actuamos así, y numeramos 1, 1.1, 1.1.1, 1.1.2, 1.2, 1.3, 2, 2.1, 2.2, etc., la obra adquirirá por sí misma una coherencia interna, a veces alejada de nuestra primera intención, pero coherente y comprensible por el lector. Porque pensemos que al desarrollar la segunda de las divisiones que nos hemos planteado (pongamos por caso, “La producción artística de entreguerras”), las ideas que debemos desarrollar se acumulan extraordinariamente, y contemplamos un algo profuso que se desparrama sobre el papel llegando a cinco, o seis, niveles de división. Debemos plantearnos entonces si no es conveniente dividir el nivel que antes consideramos único, y que creímos que constituiría un solo capítulo, por ejemplo, o abrir con él una parte o tomo diferenciado del resto. Cuanto más extensa sea nuestra obra más susceptible será de tener una estructura interna prolija.

Otra cosa es cómo se manifieste después esa estructura. Porque el nivel 1 puede acabar convirtiéndose en Introducción más tres partes, el dos puede acabar como capítulos numerados con romanos, del tres al seis pueden aparecer como 1, 1.1 y 1.1.1, sucesivamente, y el séptimo prefiramos no numerarlo porque supone la profundización en algunos aspectos del tema, pero no en todos.

Si la obra es de un solo autor la coherencia buscada formará parte naturalmente del desarrollo de la tesis de trabajo que este haya planteado. Si la obra es de encargo la estructura habrá sido ideada por un director o un equipo que habrán delimitado los puntos que habrá que desarrollar. Seguir el esquema prefijado puede ayudar a perfilar en detalle la aportación individual, pero como la descompensación nunca es recomendable no podemos, amparados en la pericia, hacer de un capítulo una monografía. Ello va al hilo de lo que expusimos en su momento al hablar de la coordinación editorial.

TIPOGRAFÍA Y ORTOTIPOGRAFÍA DE LA OBRA

Según la definió Martínez de Sousa en 1999, ortotipografía es “el conjunto de reglas de estética y grafía tipográfica que se aplica a la presentación de los elementos gráficos”, especificando él mismo como ejemplos: “presentación de bibliografías; disposición de cuadros, índices, poesías, notas, etc.; valoración del texto y cada una de sus partes; empleo de las distintas clases de letra, etc.”.

Como vemos, el campo es dual: de un lado juegan la sensibilidad estética y el conocimiento de sus normas, y de otro lo que denomina las “reglas de grafía tipográfica”. La diferencia entre estas últimas y lo que tradicionalmente se denominó “ortografía técnica” ha ido diluyéndose, quizá porque muchas de esas reglas de grafía tipográfica forman ya parte de las prescripciones impuestas por organismos internacionales u otras entidades de suficiente relevancia, y debemos considerar entre dos aguas lo referente, por ejemplo, a las bibliografías, las referencias internas o los glosarios, a los que pueden afectar a su vez normas lexicográficas.

Sobre la estética recomiendo releer lo que se dijo en su momento sobre el espacio en blanco y sobre el libro. Evidentemente, un amplio conocimiento de bibliología nos permitirá crear documentos estéticamente más bellos, pero también insisto en lo que dije allí: las normas fundamentales están suficientemente impresas en nuestro acervo cultural, con una variedad suficiente también. Escapa quizá de esquemas históricos el uso del tamaño del papel bajo el protocolo DIN A, pero la extensión de las impresoras personales nos ha permitido tomar como normal un tamaño de hoja algo grande para lo que era costumbre, pero donde caben elementos gráficos bien visibles y cuadros y esquemas de notable amplitud.

En lo que a tipografía se refiere, sería bueno que atendiéramos a los criterios que apuntábamos cuando hablábamos de lecturabilidad: una correcta relación entre el largo de la línea y el cuerpo de texto usado, y unos criterios ajustados de separación entre párrafos u otros elementos.

Como norma general, debe limitarse a dos o tres las familias tipográficas utilizadas en un libro (quedan fuera de este cómputo las de uso “extraordinario”, por ejemplo la griega o la de signos matemáticos no albergados en una ya usada). Si hay partes del texto obligadamente diferenciadas es muy conveniente usar una familia diferente, o al menos una variante razonable en una familia amplia, como una book, una estrecha o “semi”, siempre de las aptas para texto corrido, y usar también los márgenes para una visualización diferenciada. Es evidente que si el original se destina directamente al público la elección es definitiva, pero si se envía para su edición puede variar. Ello no obstante, el filtrado es importante, y cuanto más pueda aprovecharse de un original bien preparado menos trabajo dará ese proceso, y más seguridad tendrá el autor de que se respetan sus pretensiones de “visualización”.

Si esto es así para el texto lo es con al menos la misma importancia para los títulos y subtítulos. Es sencillo evitar la tentación de utilizar las mayúsculas, y quizá con cierto tono jocoso ya hablamos en su momento de lo inútil de usar herramientas no exportables cuando no depende de nosotros el diseño editorial. Pero sí son perfectamente parangonables los títulos definidos en un tratamiento de texto cuando se exportan a un programa de autoedición, y aunque cambie la presentación respecto de la original en el sentido que antes decíamos (que cambie la identificación de cada uno de los rangos existentes) ello también es automatizable, y no debe preocuparnos.

Son errores muy comunes ignorar el guionado del texto y no hacer control de viudas y huérfanas. Los tratamientos de texto son programas amplios, y cuando necesitemos algo sólo es cuestión de buscarlo para saber cómo se hace; de cualquier manera, fisgando por los menús nos encontraremos utilidades que podemos aplicar en nuestros documentos cuando venga al caso.

LO QUE NO ES TEXTO

Aparte del texto, nuestros documentos pueden albergar otros elementos. Consideraremos texto a los cuadros y tablas porque se ven asimismo afectados por las características del texto, aunque no tenemos por qué imprimirles las del texto corrido y podemos generar un “estilo” para ellos. Aunque no difieran en apariencia, si creamos los títulos de estos elementos con la herramienta ad hoc podremos al terminar el documento elaborar una “tabla de ilustraciones”, que asimismo puede ser de cuadros, gráficos, etc.

Los elementos no-texto pueden ser creados en el propio tratamiento de texto o en un programa diferente. En general, el tamaño del texto que puedan incluir nos guiará a la hora de definir el tamaño del propio gráfico, y así debe ser, pues si creamos un gráfico vectorial (a base de líneas o vectores) en un programa de diseño este será escalable, pero también el texto que hayamos incluido en él; no deberíamos pues aumentarlo nunca, y si queremos reducirlo tengamos en cuenta que el cuerpo del texto por debajo de 5 puntos pierde legibilidad.

Es bastante habitual crear gráficos en programas que acompañan al tratamiento de texto en el paquete de ofimática que tenemos en nuestro ordenador, como los gráficos de Excel para Word o los diagramas de Draw para Open Office. Si verán la luz a partir de nuestra maquetación no hay mayor problema, podemos diseñarlas a nuestro antojo. Si no es así debemos cuidar el formato, porque normalmente se exportarán como PNG (portable network graphic), pero podemos cambiarlo por otro, como el equivalente PCT para Macintosh o el GIF (graphics interchange format) de uso general. Incluso, si estamos preparando un original para su envío a maquetación, podemos elaborar cada elemento por separado y almacenarlos en archivos individuales para acompañar al bloque de texto, donde habremos situado las referencias para colocar cada uno.

 

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2 Comentarios

  1. Pingback: BUSCAR/REEMPLAZAR EN WORD (II: PRECAUCIONES NECESARIAS Y LIMITACIONES DEL PROGRAMA) | EL BLOG DE ADALBERTO

  2. Pingback: ALFABETIZACIÓN VISUAL (III): EL TEXTO | EL BLOG DE ADALBERTO

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