¿PAPEL O ARCHIVO? REFLEXIONES SOBRE EL SOPORTE DE LA CORRECCIÓN DE PRUEBAS

Prácticamente hasta la entrada del siglo ningún manual de producción editorial aludía siquiera a la corrección directa sobre archivos electrónicos. Los mejores manuales especificaban formas y normas para la corrección, e incluso podían considerarse invocables como obligatorias las venerables normas UNE 1083:1962, sobre marcación de errores en mecanografía, 54-18-76, sobre técnicas de reproducción, y sobre todo la 54-0051-74, sobre corrección de imprenta. Sin embargo, hay que remarcar el hecho de que estas normas se consideraban como de uso profesional, o sea, interno del sector de la edición y las artes gráficas, y que buscaban la estandarización para evitar errores por ambigüedad o desconocimiento  por los profesionales implicados en el tratamiento de los textos editables. Resultaban sin embargo desconocidas por el público en general, y solo autores muy expertos o implicados se movían con soltura en su uso y, sobre todo, en su interpretación, así que cuando los cambios tecnológicos arrumbaron por obsoleta la marcación de las pruebas en papel entre profesionales ello supuso la marginación o directamente la condena al olvido de la estandarización de la marcación.

LO QUE HUBO Y LO QUE HAY, Y LO QUE PERDIMOS POR EL CAMINO

Recuerdo ahora con una sonrisa de nostalgia la forma de trabajar del siglo pasado. Cualquier manual de producción editorial recogía en sus esquemas una ida y venida continua de pruebas para su corrección, que respondía evidentemente a un criterio de calidad, pero también, no hay que negarlo, a las limitaciones y condicionantes que los originales planteaban a imprentas y editoriales. La popularización de los ordenadores personales (los personal computers, o PC) se produjo durante los años 90 en España, unos años más tarde (aunque no muchos) que en los países más avanzados, como Estados Unidos o Reino Unido. Antes los originales eran mecanografiados, y a veces ni eso, y yo he trabajado con muchos más manuscritos de lo que debiera confesar.

Por eso, el primer paso era siempre obtener un archivo electrónico (salto aquí aquella labor pseudoeditorial de libros cutres y fanzines que ciclostilaban o fotocopiaban cuartillas mecanografiadas, no por el valor de su contenido, por supuesto, sino porque no podía considerarse que participasen de una industria en sí). Y esa labor, tan cercana a la del copista amanuense medieval, era germen de muchos de los errores que típicamente se marcaban, y que no eran en sí del manuscrito, sino del “componedor” de textos, abrumado siempre por un trabajo agotador que le dejaba las horas y los días atado a un puesto de trabajo que incluía una pantalla y un atril. Una vez obtenido el archivo era imprescindible una primera labor de corrección que cotejase ambos textos, y en esa etapa era muy común que el trabajo se hiciera por un corrector a quien un atendedor le leía en voz alta el original. Poquito más adelante los ordenadores empezaron a montar tarjetas de sonido que incluían rudimentarios programas de lectura que permitían que el corrector leyera el original mientras oía la versión electrónica, pero eso fue tan efímero como el gran éxito de las máquinas de escribir eléctricas (y si no que se lo digan a Olivetti, la empresa que murió tras crear las mejores máquinas de escribir que uno podía desear… cuando ya todo el mundo lo que deseaba era no tener máquina de escribir).

Cuando el archivo electrónico estaba corregido se puede decir que empezaba realmente la producción editorial, que para no aburrir antaño diferenciaba la composición de textos de su maquetación, lo que suponía pasos consecutivos de una senda que había que caminar sin atajos para alumbrar un libro de calidad.

Hogaño todo se ha fusionado en un solo paso. La ventaja es evidente y no admite discusión. El original electrónico es apto para su producción editorial provenga del programa que provenga, por la estandarización del software disponible para los autores y porque los filtros del software editorial son por lo común bastante fiables. Quitando algunas instrucciones que pueden perderse por el camino (como los guionados o las sangrías), el maquetador puede volcarse en dar forma a los textos recibidos conforme a plantillas y hojas de estilo prediseñadas sin temor a que errores del proceso de importación den al traste con su trabajo. Sobra así una supervisión de esos archivos como la que antes decíamos, y la corrección empieza así más tarde, o bien en el archivo que el propio autor envía para editar (lo que permite que las modificaciones no alteren la maquetación), o bien sobre el archivo ya maquetado (lo que resume en un solo paso la corrección en todas sus variantes).

La decisión de optar por un sistema o por otro suele depender de la fiabilidad de los originales o de la complejidad de alterar la prueba maquetada, y es fácil entender que no es lo mismo introducir modificaciones relevantes en un libro profusamente ilustrado, o bien cuajado de cuadros o tablas, que en otro de texto corrido sin alteraciones sustanciales en la mancha.

Sin embargo, no debemos obviar el hecho de que si se somete más de una vez una prueba a corrección es más posible detectar errores que cuando todo el proceso se reduce a un solo paso. ¿Alguien en su trabajo permanece las ocho horas al 100 % de su concentración, y además al 100 % de sus posibilidades? Pues un corrector tampoco. Así pues, se opte por el criterio que se opte, y sin desmerecer ni mucho menos la labor de los maquetadores, que afilan con la experiencia una importante función de “supervisión general” capaz de dar la voz de alarma ante errores, no está de más nunca emplear unas horas a la revisión final del producto antes de su producción o su edición en línea. Algo que también pueden hacer los directores de la edición, los coordinadores o compiladores, los responsables de área de las editoriales o, de nuevo, los correctores.

EL CORRECTOR, CASI COMO UN MEDIUM, HACE VISIBLE LO INVISIBLE

Salvo para las publicaciones periódicas (como ya expuse en ­­http://wp.me/p4yx1J-R), la LPI (actualmente su texto refundido) recoge la obligatoriedad de someter las pruebas a la aprobación del autor, y de incluir las modificaciones que el propio autor considere oportuno antes de dar el contenido por definitivo. La modificación de la materia prima durante el propio proceso editorial es algo, como vemos, taxativamente recogido, y quizá diferencie al editor de muchos otros sectores, donde esto mismo sería imposible. La justificación primitiva es el respeto inalienable de los derechos que al autor corresponden, pero su aplicación supone como utilidad más importante combatir el riesgo de obsolescencia, por cuanto la cultura es evolutiva y sus manifestaciones inevitablemente variables.

Aparte las modificaciones que motu proprio el autor introduce en los archivos, por lo general para conjurar ese riesgo de obsolescencia, todo el resto serán respuesta a requerimientos que el corrector le haga. Ese “servicio público” —personalizado cada vez, como los bomberos—, que el corrector realiza fue ya explicado en http://wp.me/p4yx1J-4l, y no voy a abundar en ello. No verá, sin embargo, las modificaciones que constituían el grueso de las anotaciones en el sistema antiguo, porque ese tipo de errores no incumben al autor, tanto sea responsable de ellos como si no. La ausencia de una letra, el error en la transcripción de un nombre propio o las faltas de ortografía no tienen por qué consultarse, porque resolverlo es innegociable.

Entra dentro de la prudencia de un corrector saber discernir lo que es un error común de lo que es una duda razonable, que, esa sí, se someterá al criterio del autor, y para ello se ayudará muchas veces de Internet, donde podrá consultar bibliografía, transcripciones, citas y muchas cosas de consulta posible (Google Books, por ejemplo, permite esta consulta en miles de obras editadas sin conculcación de los legítimos derechos de reproducción).

Eso sí: que la labor de limpieza no se vea no quiere decir que no exista. Si un autor recibe el archivo Word que envió a la editorial porque se han incluido algunas dudas que deben solucionarse antes de maquetar puede fácilmente realizar la tarea de comparar el documento con el archivo que él conserva en su ordenador. Quizá, desolado, compruebe que se han realizado cientos de modificaciones que nadie le ha consultado. Puede que muchas sean fruto de la aplicación de la hoja de estilo de la publicación o la colección a que se destinan. Pero otras muchas provocarán la perplejidad y hasta el sonrojo de un autor pundonoroso, aunque ciertamente sin motivo: en casi treinta años de experiencia jamás he visto un original sin errores de bulto. Un autor debe saber aceptar esa limpieza con deportividad, y debe ser comprensivo consigo mismo, pues la labor de creación es abstracta y la escritura es concreta, y entre la ideación y la plasmación puede a veces haber ligeros cortacircuitos; o,  muy sencillamente, la falta de concentración en un momento puntual, o las prisas, hacen diabluras como la del que escribió en una entrega de premios de la comunidad de Extremadura que el premio se entregaba al beneficiado “por su gran extremidad”, en lugar de “su gran extremeñidad” (esto es cierto, y tengo testigos); cosas del directo, podría decirse.

Pero volvamos a lo importante: el corrector pone ante el autor una serie de dudas que este debe resolver. Cuanto más avezado sea el corrector más finas serán las apreciaciones, y menos dudosas, porque habrá dado con fallos que deben ser enmendados, y además menos en cantidad, porque si domina la materia no considerará duda lo que ignora. También, es elegante someter a duda lo que admite más de una solución, sin imponer una entre varias, e incluso alertar de que durante el texto ha habido variaciones de cualquier tipo, aunque todas y cada una sean admisibles. Véase que de todo lo dicho tampoco se puede deducir que muchas dudas significan que un original sea descuidado, ni tampoco que un corrector sea más o menos exhaustivo, experimentado o puntilloso, pues hay cosas que suman y otras que restan, así que tampoco debe mover el ánimo del autor encontrar un original más o menos anotado: deténgase en cada cosa, deseche sin desprecio la duda que excedió la capacidad de comprensión de quien lo corrigió y compruebe despacio si el argumento expuesto en la duda tiene razón de ser o no antes de rechazarlo, porque a veces ese argumento levanta una liebre sin querer. De todo esto ya hablé en los post dedicados a desentrañar lo que un corrector podía hacer o no, en http://wp.me/p4yx1J-47, http://wp.me/p4yx1J-4d y http://wp.me/p4yx1J-4h, a los que me remito ahora.

Sin embargo no quiero desviarme mucho más del tema que planteé al titular el post: ¿de todo lo dicho se deduce que siempre debe corregirse sobre archivo electrónico, y ya nunca sobre papel?

LAS MUCHAS Y RELEVANTES VENTAJAS DEL ARCHIVO

¿Habrá ocasiones aún para corregir sobre papel? Quizá haya aún quien defienda la corrección sobre papel porque crea que los libros hay que leerlos en el soporte en que van a aparecer. Muchos libros aún, es cierto, son creados para ser leídos en formato papel, pero en realidad el archivo que sale del ordenador del autor tiene muy poco que ver con la apariencia física que tendrá el libro en que se muestre, porque habrán cambiado sus características principales (tipografía, medida de la página, márgenes y espaciado…). Si de lo que hablamos, entonces, es de una corrección de la maquetación podríamos remitirnos a lo antes dicho sobre la necesidad de esa revisión final que consideramos necesaria, y que sería un pasito más al proceso general, pero que no es preciso que sustituya a ningún otro, porque no vemos que aporte ninguna ventaja apreciable. Después de años de experiencia, además, podemos tomarnos la consideración de algunos que dicen que sobre el papel se ven más cosas un puro mito, fácilmente desmontable. Por ello, y después de todo lo dicho hasta aquí, conviene hacer algunas puntualizaciones:

La corrección sobre archivo permite sistematizar, y ello ofrece varias ventajas:

  1. Si un error se repite, bastará realizar una búsqueda para arreglarlo de golpe, sin riesgo de que alguna de las ocasiones se nos “escape”.
  2. Si se presenta una duda porque no hay un criterio homogéneo puede realizarse una búsqueda para comprobar cuál es lo mayoritario y optar por ello; esto es especialmente importante en las obras de varios autores, donde de no hacerse así suele optarse por respetar el primero de los criterios vistos, aunque a la postre sea minoritario.
  3. Permite “aligerar” mucho el archivo de marcas que se repiten muy abundantemente, como por ejemplo cuando hay que cambiar una abreviatura por otra o un criterio bibliográfico repetido doscientas veces a lo largo de una obra.

También, el archivo modificado permite versiones infinitas, lo que ofrece otras cuantas ventajas:

  1. Permite el intercambio inmediato de pruebas cuando un criterio ha cambiado o cuando se han realizado inclusiones o enmiendas por el autor, lo que en papel resultaría farragoso o exigiría resolver la prueba anterior antes de pasar a la siguiente, duplicando el esfuerzo.
  2. Permite dejar para un momento posterior añadidos o nuevas redacciones parciales fácilmente visibles para el corrector (con un nuevo color, por ejemplo), lo que en una prueba en papel exigiría realizar anotaciones a mano muy largas (con el riesgo que ello conlleva de que aparezcan errores que antes no había) o bien remitir pequeños archivos de texto, corregibles aparte, que deben ser incluidos en los lugares anotados (algo asimismo susceptible de error).

Asimismo, la anotación de dudas en lugares ajenos al propio texto (en cajas fuera de la mancha, o en globos de revisión) permite al autor usar ese texto adjunto para resolver la duda si es que está de acuerdo con ella, por el simple método de copiar y pegar, o le da la guía para realizar la redacción definitiva en el lugar donde el corrector lo posicionó antes de darlo por bueno y transcribirlo.

Por fin, y aunque esto sea obvio no debe ignorarse, el archivo electrónico puede ser remitido a distancia sin coste y con plena seguridad de la entrega. Si es menor de una cierta cantidad de megabytes, cabrá adjunto a un simple mensaje de correo electrónico, y si es muy grande se puede recurrir a servicios de FTP o a aplicaciones que permiten esa transferencia de modo seguro (muchas de ellas gratuitas, como por ejemplo wetransfer).

ALGUNAS LIMITACIONES DE LOS ARCHIVOS QUE SE CONVIERTEN EN VENTAJAS DEL PAPEL

Por el contrario, los archivos electrónicos tienen ciertas limitaciones en los siguientes casos:

Puede suceder que se necesite anotar archivos donde el diseño editorial es muy relevante, o donde las imágenes tengan más peso que el texto. Obviando el hecho de que a veces la aplicación informática donde fueron creados no está disponible para el corrector (por ejemplo en el caso de los gráficos de programas de uso profesional como Autocad), hacerse con esos programas para revisar, pongamos por caso, los pies de ilustraciones o los títulos sería como matar moscas a cañonazos, y estas cosas suelen hacerse directamente sobre los archivos de formatos asumibles, sobre todo pdf, donde aunque pueden realizarse determinados cambios directamente (con las versiones más completas de los programas de uso profesional) esto no parece conveniente, al menos no tanto como transmitir las dudas o anotaciones por encima del soporte, y no sobre él. Siempre podría escanearse la prueba en papel anotada, y remitirse electrónicamente, pero ya no tenemos la ventaja de los archivos electrónicos de que hablábamos antes.

No es pequeña la apreciación de que no todo el software de creación es asumible por el profesional de la corrección o por la empresa editorial. Hay multitud de programas, y de cada programa versiones diferentes, con actualizaciones y complementos, y el software propietario es caro de adquirir, y caro de mantener. Las soluciones más modernas pretenden abaratarlo a través del acceso remoto (lo que se denomina cloud computing), pero siempre puede existir algo de lo que no se disponga, y donde el riesgo de que durante el proceso de filtrado o conversión ocurran cosas imprevistas e indeseables se dispara.

También, cuando lo que se corrige es una prueba ya maquetada pueden realizarse una serie de apreciaciones de diseño editorial que quedarán a la discreción del creador. Si hablamos, por ejemplo, de un autor-editor, y aunque el software sea compartido sin problemas, las anotaciones de ese tipo pueden tener tanto peso en el total que hagan preferible realizar la corrección sobre papel y remitir las pruebas.

DESVENTAJAS APARENTES Y CIERTAS DEL PAPEL

Como antes hemos mencionado, una vez la prueba ha sido corregida en papel puede digitalizarse muy sencillamente a través de herramientas que están cada vez más al alcance de los usuarios. De hecho, las máquinas multifunción que aúnan impresora, fotocopiadora y escáner incluyen muchas veces ya por un sobrecoste pequeño un alimentador de papel que permite la digitalización simultánea de documentos multipágina e eincluso la creación de archivos pdf que aúnan todas las páginas escaneadas, lo que elimina muchos de los inconvenientes de su transmisión telemática y asimismo el coste de su envío por correo o paquetería, lo que según donde vaya destinado puede aún ser relevante. Lo que parecía así una desventaja insalvable puede de esta forma no serlo.

Sin embargo, tras todas estas consideraciones a favor del papel, no olvidemos lo que dijimos al principio sobre el proceso de la corrección: cualquier autor que opte por una corrección sobre papel estará visibilizando ese cúmulo de anotaciones que sobre archivo forman la corrección invisible. Aparte de la enorme carga de trabajo que supondrá su transcripción y solución, las pruebas completamente anotadas a mano estarán mucho más sucias, y al autor corresponderá esa ingrata labor de los “componedores” de antaño: entender las anotaciones, realizadas con los estándares de las normas UNE que cité al principio, interpretar las instrucciones correctamente y revisar sus propios añadidos cuando los realice. Si quiere estar seguro de las inclusiones deberá remitir nuevamente la prueba al corrector para que haga el cotejo.

Si este, en el primer envío, conservó fotocopiada la prueba (por si el servicio de correos lo extraviara, haciéndole perder el tiempo empleado y el estipendio por ello acordado, lo que a mí en particular me provocaría sudores fríos), podrá ahora anotar las dos por igual, o volver a fotocopiar la nuevamente anotada antes del reenvío. Más gastos, más lentitud.


 

Hasta aquí estas consideraciones. Seguramente habrá aspectos que se me hayan escapado, y que quizá habrá otro momento para comentar.

 

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