DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (III: EL PROCESO DE LA CORRECCIÓN)

Los días pasados hablamos de cómo leer y de qué buscar en la lectura. Llegados hasta aquí, recapitulemos: ¿corregir es sólo cuestión de memoria? No, evidentemente. ¿Dónde hemos llegado, pues? ¿Tanta vuelta para decir que corregir supone dominar la Gramática y la Ortografía? En realidad, lo que he hecho hasta ahora ha sido solo mostrar una explicación general del hecho de corregir, pero aún no he contestado ninguna de las preguntas que había planteado: ¿cómo hace un corrector para corregir un texto?; ¿qué cosas cambia?; ¿qué licencias se toma?

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¿CÓMO HACE UN CORRECTOR PARA CORREGIR UN TEXTO?

Los textos que se transmiten a un corrector son la versión en principio definitiva que un autor tiene de ellos. Corregirlos supone, en mayor o menor medida, modificarlos, y el cliente (sea el propio autor, sea el editor) determina la discrecionalidad que nos otorga para hacerlo. El nivel más básico de la corrección, el de los errores de bulto, es el de partida. El que implica criterios de oportunidad, conveniencia o prestigio es el último. Entre medias, y en función de la costumbre, de las normas generales de la publicación o la colección o de la existencia de un libro de estilo, se trabaja con un estándar. Los autores suelen ser comprensivos con estos criterios, aunque a veces solicitan explicaciones que deben ofrecérseles con argumentos plausibles. De menos a más complejidad y exigencia, de cualquier modo, es usual que el porcentaje de cambios baje a la vez que sube el de sugerencias.

La sugerencia quizá se debe a que el sentido último del mensaje puede no resultar claro (o no se lo parece al corrector, al menos), o quizá a que el nivel idiomático no parece el apropiado. O a cualquier otra cosa que el corrector no se ve capacitado para resolver por sí mismo. Un compañero tuve que lucía como lema: “el original es malo hasta que no demuestre lo contrario”. Lo mostraba en su mesa, quizá como aviso de intransigencia. Yo soy de la opinión contraria: nadie sabe más de una obra que su autor. Por muchos errores que contenga, la obra nunca dejará de ser suya. Incluso con un estilo poco depurado, el autor querrá reconocerse en la obra que escribió. Si su inexperiencia o su escaso nivel cultural le obligan a tomar decisiones que cambien el original, siempre debe saber que dirige el proceso. La inmodestia de un autor que se empecina en errores detectados por un corrector profesional debe tener como justo castigo la publicación de una obra deficiente. Quizá en algunos casos resultara mejor la otra estrategia: modificar a las espaldas del autor, mejorar la obra a su pesar. Pero si el resultado no es satisfactorio también cabría responsabilidad al corrector, y si lo fuera correría por el mundo un borriquito que diría: “Y dirán que es mala la música asnal”.

A pesar de lo dicho, en general las dudas que se le plantean al corrector sobre el contenido son por su desconocimiento en profundidad del tema del texto que trabaja, algo a lo que ya nos referimos el pasado post y que constituye frontera de su cometido, sin mácula de incompetencia. La duda es ahí un importante arma defensiva, y también una potente herramienta de corrección: cambiar algo correcto es el pecado imperdonable, y antes de eso es mejor la inacción, pero es meritorio levantar una liebre que fácilmente pudo quedar oculta.

¿QUÉ COSAS CAMBIA?

Por lo común, a la hora de realizar modificaciones del texto que subsanen errores de escritura u ortográficos el corrector tiene plena libertad. No es necesario justificar que la Real Academia ha decidido que el adverbio ‘solo’ va siempre sin acento, por mucho riesgo de confusión que en la oración en concreto arrastre. Pero en cuanto nos metemos con el estilo la cosa se complica mucho, y preguntarse qué cosas cambia el corrector no es una pregunta baladí, porque la lectura de un texto tiene tantos intérpretes como lectores y la subjetividad, por lo general, no se permite a la hora de corregir. Diríamos que se busca que el mensaje quede lo más claro y exacto, inteligible por cualquiera que conozca el código en que está escrito, pero a la vez respetando en lo posible el estilo y las preferencias del escritor. No se debe dudar de una expresión porque la desconocemos, ni por supuesto cambiar una palabra por otra porque nos parece más correcta. El territorio del idioma es enorme, y en él habitan muchas cosas que desconocemos: palabras desusadas, localismos, constructos gramaticales arcaicos, novedosos o simplemente locales, neologismos propios de una materia muy concreta, jergas profesionales. Todos estos ciudadanos merecen su segundo de gloria al aparecer en un texto, y al corrector no le cabe la misión de uniformar un idioma con la riqueza del nuestro.

Hace muchos años un profesor universitario de la materia Corrección de pruebas me confesó abiertamente que él, por su raíz cultural catalana, no admitía en los textos el presente histórico, pues el catalán no lo usa. Afirmación en verdad sorprendente, y bastante soberbia, por otro lado. El corrector no impone su estilo, sino que con una lima elimina solo las rebarbas de los textos forjados por el estilo del autor. Quizá, le avisa de repeticiones inadvertidas, o del abuso de frases hechas o muletillas, pero nunca hará algo por su preferencia. La prueba más difícil consiste en trabajar textos escritos en ámbitos geográficos muy distantes, porque tratar los de nuestro mismo entorno nos permite aceptar sin problemas el uso de localismos conocidos. Hay, es verdad, una suerte de “idioma neutro”, un castellano de nivel medio/alto donde se puede evitar cualquier término que delate un origen, y aunque puede que constituya el ideal de lingüistas que luchan por la cohesión del idioma no podemos defenderlo ante autores que depuraron su estilo como la decantación de una educación y una vivencia de la que se sienten orgullosos y de la que no querrían desprenderse. Debemos admitir ya que la cultura en el idioma consiste en la asimilación de formas y vocablos usados en otros lugares pero que nos ofrecen la exactitud o el matiz que buscamos. Jamás un corrector debiera ser tan necio que, sin la petición expresa de su cliente, “nacionalice” un texto, borrándole a manotazos los rasgos culturales con que venía decorado.

¿QUÉ LICENCIAS SE TOMA?

Por lo dicho hasta ahora es fácil deducir que defiendo la idea de que las licencias que un corrector debe tomarse son pocas. Si hay algo que debe hacer, debe hacerlo y punto. Si es algo que puede hacer, debe contar con el criterio de sus “jefes” antes de emprenderlo. Pero sin duda el corrector experimentado es el mejor consejero editorial, y puede ofrecer su criterio en interés de su cliente.

En la dirección del autor, podrá orientarle sobre la forma y el tratamiento del fondo mejor que nadie, sobre todo si está especializado en el tema tratado o tiene experiencia en él. No está de más recordar que si un autor ha escrito quince libros, un corrector puede haber trabajado sobre quinientos. Es una situación que guarda un cierto parangón con los actores y los directores, y puede que de esa forma se entienda mejor: nunca el actor compartirá los méritos del director, los premios y reconocimientos, pero la experiencia de un actor veterano hará mucho por el resultado final.

En la dirección del editor, y si no ha habido un análisis serio de la calidad del original antes de firmar el contrato de edición (lo que es común), será el corrector quien podrá dar la voz de alarma ante un estilo deficiente, y también ante una estructura inapropiada de la obra, unos materiales anexos inadecuados (gráficos, imágenes, cuadros…) y, quizá, hasta de la obsolescencia del material o la mendacidad de los argumentos defendidos. Todo ello irá, de llegar al público, en detrimento del prestigio del sello editor, y un corrector profesional, aunque haya sido contratado sólo para ese proyecto y no pertenezca a la plantilla,  debe sentirse responsable de la salvaguarda de ese prestigio y actuar en consecuencia. ¿Seremos tan sinceros con el autor? Es claro que durante el proceso de la corrección habremos señalado en el original todas aquellas cosas que consideramos equivocadas, pero si un autor pretende seguir con el proyecto de editar sin hacer caso de las recomendaciones, anotaciones o sugerencias lo lógico es que su libro no se publique, si bien es el autor quien debe estimar eso, y no el corrector.

También es cierto que, con la aquiescencia tácita del autor, el corrector aborda algunas veces una suerte de “lavado de cara” o “reforma integral” del texto que supone meterse en profundidades por las que habitualmente no navega. Tampoco sé si debería llamarse a esto “corrección”, pues su importancia va mucho más allá. No es sólo cambiar de arriba abajo las oraciones, sino partir párrafos, introducir títulos o subtítulos que sirvan de estructura, pedir más información para “redondear” una parte u otra… Todo lo que antes defendíamos como característica del corrector (la rapidez y la economía) naufraga aquí, y para romper los hielos de un texto inapto hay que lograr un consenso en la ruta y en el destino del viaje. En realidad, de ahí al encargo de la redacción va muy poco, aunque nunca el contratado figurará, es claro, en los créditos de la obra publicada. Sólo los allegados suelen saber cuánto de cierto hay en una autoría sorprendente.

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