DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (II: LA MEMORIA COMO INSTRUMENTO DE LA CORRECCIÓN)

En el post pasado hablamos del proceso de lectura. Del entrenamiento y la disciplina que le requiere a un corrector leer para corregir. De los tipos de lectura que cada lector practica y que el profesional debe tener en cuenta, usar y también superar. Hoy vamos a hablar de qué busca el corrector al leer. Dónde centra su atención.

Para decirlo con muy pocas palabras, en cada texto el corrector debe hallar aquello que no debería estar ahí, pues eso al fin y al cabo es el error. Para lograrlo emplea determinadas herramientas. De todas ellas, hoy nos centraremos en la principal de todas: la memoria.

LA MEMORIA DE LAS PALABRAS

El primer nivel de la memoria es el de las propias palabras. Las palabras se constituyen por signos unidos en conjuntos reconocibles. De alguna forma, la impresión mental que estos conjuntos de grafemas dejan permiten al corrector manejarse en un nivel básico de atención, un nivel formal o, si se quiere, superficial, porque la palabra memorizada es como uno de esos dibujos de “encuentre las siete diferencias”. Podría desplegarse un sesudo argumentario sobre la importancia básica de conocimientos de etimología para manejarse con soltura durante la corrección, o por ejemplo de lo que se necesita interiorizar las reglas de la Ortografía para detectar las agresiones, pero vamos a ser sinceros: los correctores pescan errores de cualquier tipo, y muchos de ellos no son errores ortográficos, sino simples erratas. La errata es la trampa hábil del lenguaje escrito, porque el escritor no quiso introducirla y el lector no se espera encontrársela. Hay grandes correctores que se centran tanto en el mensaje que no detectan algunas erratas, y el texto más feo es el que conserva erratas que debieron ser eliminadas.

La primera errata de la que se tiene noticia se encuentra en el colofón de una edición del Libro de los Salmos, el más reproducido de la Biblia. En él, en lugar de escribir ‘psalmos’, como se escribía en el latín medieval, se escribió ‘spalmos’. Obviamente, este error se produjo porque el libro en cuestión estaba impreso, según las técnicas de Gutenberg, y no escrito por un copista o amanuense. En la mente de nadie —salvo quizá alguien afectado por algún tipo de dislexia— cabía esa reproducción del vocablo, pero desde que la reproducción de la lengua se hace por medios no manuales este tipo de errores se ha hecho un hueco, y no pequeño, en los libros.

Cuando los textos se componían en tipos móviles los errores podían ir más allá de su orden, y las letras que se veían mal, quizá porque el tipo usado estaba dañado, se llamaban empasteladas y recogían inapropiadamente la tinta. Hoy en día hemos superado esos riesgos, y la revisión de pruebas de imprenta, que aún se llaman capillas, ya no recae en correctores por lo común, sino en técnicos impresores con ojo de lince que supervisan con gran maestría el fruto de las máquinas impresoras. Buscan ellos en los textos impresos los defectos de forma, que resultan de desajustes en las máquinas: rodillos mínimamente desequilibrados darán un entintado irregular, un caucho envejecido o no alisado correctamente tras el “golpe” de plancha dará en ofset textos dobles o sombras, igual que planchas secas mancharán el papel de tinta (no entro en los defectos del color, que son los peores).

Centrémonos en la corrección actual: para detectar las erratas las palabras deben haber sido memorizadas, de tal forma que cualquier mínima variación en ellas debe provocar la vista atrás y la comprobación. Esta memorización es casi fotográfica, y funciona como los diccionarios electrónicos: debe aparecer cada forma personal de cada modo de cada verbo, cada plural de cada singular, cada derivación de cada palabra, cada mayúscula donde sea imprescindible y las grafías exactas de topónimos, antropónimos, siglas, abreviaciones… Esa memoria acumula un enorme tesauro de grafismos, en principio desconectados de su significado. La memoria entrena la colocación correcta del artículo singular con el sustantivo singular, de la forma verbal en el mismo número y persona que su referente, etcétera. Es un automatismo, un circuito eléctrico que se corta automáticamente impidiendo la prolongación de la lectura cuando se detecta la incongruencia. Está mucho más interiorizado que la comprensión lectora, que es el mecanismo sucesivo que se desata cuando la incongruencia ha sido detectada. La automatización requiere suficiente atención, pero permite que estén activados otros mecanismos de la lectura simultáneamente, como por ejemplo la alerta de apertura o cierre de comillas o la búsqueda de la coherencia gramatical, así que podríamos, con el entrenamiento apropiado, considerarla un instinto. Como la neuropsicología ha demostrado, llamamos instinto al conocimiento interiorizado, a la identificación de un consecuente desconocido cuando los antecedentes coinciden con procesos conocidos. La destreza adquirida con el uso continuo de la lengua se convierte de este modo en un valor por sí mismo.

La costumbre es la clave de la lectura: cuanto más se lee mejor se lee, más rápido se va, menos errores se escapan y menos se agota uno. Por eso un corrector se gana la vida con ello. Casi cualquiera puede leer un texto y detectar todos los errores que esconde, pero hay que hacerlo muy rápido y con seguridad, pues ningún editor le pagaría más a un corrector que a un escritor, y créanme, a los autores ya se les paga bastante mal. La lectura de este modo no deja de ser el dominio de una técnica (la comprobación) realizada sobre un código (el texto escrito). Es tan sencillo como eso, y tiene una demostración que los profesionales conocemos bien: los errores de bulto se cuelan en los lugares más visibles. En muchas ocasiones, porque forman parte de textos adyacentes y están compuestos en variantes del texto como la cursiva o la negrita; en otras, porque van en mayúsculas y destacados. Cuanto más aislado está un texto, más difícil de corregir resulta. Si alguien usara la tipografía oficial, con todos los elementos de diseño correspondientes (rasgos, colores, etc.) para hacer un anuncio a toda página de Coca Cala muchos pasarían por encima sin detectar el error. Muchos titulares, títulos y subtítulos albergan errores por este motivo. Para la teoría de la lectura de Richaudeau un buen lector es el que consigue velocidad y aprehensión del mensaje, y estima que estas aptitudes no dependen tanto de la capacidad visual como de la capacidad de interpretación, de la agilidad mental del lector. Desafortunadamente, ese modelo de legibilidad no es suficiente para la labor de corrección.

LA MEMORIA DE LOS SIGNIFICADOS

La memoria tiene por supuesto muchos más niveles, y un tipo de lectura crítica va mucho más allá de la detección de errores en las palabras escritas. Hace unos días, el diario El País se hacía eco de una noticia recogida por la Agencia EFE el 21 del pasado mes de diciembre, y que titulaba un tanto estrambóticamente “El niño que devora diccionarios y corrigió a Larousse”. Contaba en ella la historia del niño Diego Gutiérrez Moreno, de 13 años, quien tiene la afición de leer diccionarios. Este estudiante de ESO, miembro de un hogar de nivel cultural más bien bajo y que no destaca en los estudios, descubrió un día un error en el Diccionario Vox, de Larousse, que se usa en su instituto. En la definición de la letra zeta decía: “vigégima novena letra del alfabeto español”. Bien por el chico. Pero… ¡oh!, tuvo que preguntar a su profesor qué significaba “vigégima”, así que nuestro corrector en ciernes, aclamado por crítica y público, no sabía que había visto un error, sino simplemente algo que no conocía. Si el chico es aplicado con su afición, deducimos que como el error lo detectó en la z ya se había leído la v, así que leyó vigésima, pero no se percató de que vigégima podía sencillamente contener un error tipográfico. Y digo bien: un error mecanográfico, o transcriptográfico, no es propiamente un error ortográfico, porque no se contraviene la Ortografía. O sea, el muchacho no tiene (como es lo normal, por otra parte) memorizados tantos términos como para sentirse con la capacidad de detectar errores básicos. El desconocimiento de palabras lo arrastramos toda la vida, porque es materialmente imposible que nadie conozca todas las palabras que existen. El conocimiento de un amplio número de palabras agiliza la corrección, incluso aunque el significado de algunas de ellas se nos escape, si el contexto es lo suficientemente claro. Detenerse cada cierto tiempo para consultar un diccionario puede ser normal, pero el exceso en la duda es —no se dude sobre ello— antieconómico. Por eso es común que los correctores se especialicen. Para mantener la mente fresca es bueno, sin embargo, embarcarse en lecturas de características muy diferentes, pues los distintos vocabularios vivifican el nuestro. Incluso para incorporar acepciones diferentes a las palabras que usamos habitualmente.

LA MEMORIA DE LOS CONOCIMIENTOS

La no comprensión de una oración puede deberse a que el código utilizado tiene aún zonas en las que el corrector nunca ha hollado, y esto no es (o no debería serlo) un demérito de su trabajo. El corrector tiene una preparación, la que haya podido conseguir, pero siempre debe ser consciente de sus limitaciones, y de la vasta extensión de su ignorancia, como dijimos al principio.

Si por definición la comunicación escrita implica novedad, abarcar no sólo lo ya existente, sino incluso lo que otros aportan como nuevo, resulta evidentemente imposible. Al nivel superior de la corrección se le ha denominado tradicionalmente “corrección de concepto”, pero en realidad sólo otro especialista podría poner peros al artículo de un científico o de un investigador, porque esa labor excede la que la corrección hecha por correctores aborda. No es exigible a ningún corrector que sea capaz de poner en solfa el contenido de un escrito más allá de lo razonable, ni siquiera aunque se le hubiera exigido una lectura profunda y exhaustiva. Si fuera así ¿por qué no publicarlo antes él mismo, en lugar de corregirlo, y acreditar sus méritos en lugar de quedar en un segundo plano? Suele ser motivo de crítica y frustración de algunos autores científicos que sus textos revisados conservan errores en conceptos o aseveraciones que los sonrojan porque les ponen en evidencia frente a sus colegas. Pero no se olvide de que suele haber otras instancias (por ejemplo, el recurso socorrido a un colega, el director de la tesis, el coordinador de la publicación, el comité de lectura de una editorial o el consejo de redacción de una revista) que están para eso, y que no se ocuparán de lo que el corrector sí, resultando así ambas labores complementarias.

Hace mucho tiempo un señor departió durante un par de horas sobre la corrección en una aburrida conferencia que la Universidad de Valladolid recogió en un congreso sobre el lenguaje y la comunicación. Podría decir sin exageración que aquel individuo, que nunca había trabajado de corrector, se metió en camisa de once varas, y a partir de textos ejemplificativos (evidentemente, de la materia de la que era especialista) aseveró muy serio qué debería detectar un corrector en ellos. Uno de los imperdonables errores que marcaban la linde entre la corrección bien hecha y la nefasta era la detección de que un cargo importante de la corte de Felipe III había sido equivocado con la persona equivalente en el reinado de Carlos IV. No sé si me levanté entonces, pero sí puedo decir que a partir de aquel momento mi mente se desconectó automáticamente de las enseñanzas del prócer.

Téngase también en cuenta que la base cultural de los correctores es, además, mayoritariamente de letras, y si fracasamos estrepitosamente ante una prueba de nuestra materia ¿qué no sucedería en otras en las que no estamos bregados? Debo aquí romper una lanza por los comunicadores del mundo de la ciencia, porque se toman mucho más en serio la revisión científica y técnica de sus textos que los de ámbitos más humanísticos, dejando al corrector centrarse estrictamente en su materia.

Para finalizar, me parece importante hablar del tratamiento de otros idiomas cuando los textos los incluyen como citas, títulos o aforismos (los famosos brocárdicos, el tema con que inauguré el pasado año este blog). Los conocimientos de latín a estas alturas ya no son como hace años, y no creo que pudiera repetirse de nuevo la escena de Enrique Tierno Galván y el papa departiendo en esa lengua muerta con sus equivalentes contemporáneos; pero está bien tener los suficientes como para detectar una terminación incorrecta porque no corresponde a ninguna desinencia, a ninguna forma verbal ni indica adverbio. También es valioso tener fresco el alfabeto griego, en mayúsculas y en minúsculas, y por supuesto poseer ciertos conocimientos de francés, inglés, italiano y, de ser posible, alemán, al menos para detectar una mayúscula mal puesta, un posible corte de texto o un error flagrante. Claramente, más conocimientos son más méritos, pero si alguien en el universo mundo poseyera todo el saber y además en todos los idiomas no creo que se dedicara a corregir. Bueno, si se quedara en España quizá sí.

El próximo día hablaremos del proceso de la corrección, de la corrección como proceso sistemático de revisión y modificación de los textos, estructurado en fases asincrónicas de desarrollo transversal, con una defensa encendida del idioma y del estilo.

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