DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (IV: NIVEL IDIOMÁTICO Y ORTOTIPOGRAFÍA)

No hay corrección inocua. Cualquier modificación cambia más que aparentemente el texto que toca. Sólo un par de palabras aquí o allá, una oración con el orden alterado, un sinónimo apropiado o una eliminación o sustitución oportuna ofrecen del mismo texto una imagen general muy diferente. ¡Parece más grande!, solemos decir cuando vemos una habitación recién pintada, aunque el único elemento distinto sea tres kilos de pintura. La percepción de los textos varía enormemente con una corrección profunda, y la tarea encomendada al corrector debe haber ido en la dirección correcta para que el cambio sea a mejor.

Si, como expusimos como premisa, el corrector cambia lo que no debería estar ahí, la completud de la corrección debe pasar por que sea evidente para el lector lo que sí debería estar. Ello implica dos procesos ineludibles: de un lado, el ajuste de los textos al nivel idiomático que les corresponde. De otro, el cuidado de su ortotipografía. Explicaremos de seguido qué queremos decir con ello.

LOS NIVELES IDIOMÁTICOS

Como dijimos los días pasados, los textos corregidos pueden ser muy diversos, y los niveles del idioma requeridos también. Puede que, en un extremo, en textos literarios sean admisibles incisos con una alta carga de lenguaje técnico, y siguiendo la estela de los escritores que abrieron el camino de la ciencia ficción, como Jules Verne o Herbert George Wells, muchos más trufaron sus obras de informaciones técnicas o científicas que constituían el soporte de sus argumentos. No entenderíamos una parte de la novela policíaca actual sin estos ingredientes. En el sentido contrario, sin embargo, sería extraño y poco asumible que una obra técnica o científica divagara con figuras literarias o empleara un lenguaje evocador, más que técnico, por muy humanística que sea la materia que trate, y menos aún que rebajara el nivel de su expresión hasta la vulgaridad o incluso la zafiedad para mostrar argumentos o rebatir ideas ajenas. Por ejemplo, yo jamás aceptaría que lo que un autor citado dice es una gilipollez, por mucho que esta palabra esté en el Diccionario.

Así, los niveles idiomáticos también son importantes, y la corrección debe tenerlos interiorizados: hemorroide para una publicación divulgativa o científica, almorrana para mostrar el lenguaje coloquial dentro de una obra literaria (este ejemplo me gusta, porque aquí la palabra culta suena casi peor que la vulgar, lo que quiere decir que no estamos hablando de palabras malsonantes, sino de palabras inapropiadas).

No nos referimos solo a palabras cuando marcamos el nivel idiomático. La propia construcción de las oraciones, las expresiones utilizadas, el trasfondo entero de la comunicación lo determina también, y aquí sí hay que estar ojo avizor. Ardían mis retinas como vidrios soplados cuando me tocó leer obras supuestamente literarias donde los personajes se expresaban de formas tan antinaturales que resultaban absurdamente cómicos, y no me importa ahora reconocer que ninguna de aquellas obras alcanzó notoriedad, lo cual encierra una lógica inmisericorde. También, hay que decirlo, algunas obras divulgativas rebasan la línea de lo admisible intentando hacer comprensibles al común de los mortales su mensaje, quizá en la idea errónea de que una persona de nivel cultural bajo no es capaz de entender palabras o expresiones que no utiliza de forma habitual. Definir el público lector y la intención debe ser principio para el escritor, y el corrector que aborde esos textos debe encontrarse completamente en sintonía con él.

EL CONOCIMIENTO A TRAVÉS DE LA EXPRESIÓN: LA ORTOTIPOGRAFÍA

Algunos definen la ortotipografía como la ortografía de la tipografía. Según apuntaba Martínez de Sousa en su Diccionario de ortografía técnica, ortotipografía es “la disposición y valoración de los textos y de cada una de sus partes”. Este autor insigne llamaba a la ortotipografía “ortografía tipográfica”, y centraba su labor en una concreta parcela de un todo que él mismo denominaba “ortografía técnica” que se dedicaba a la estética y la grafía adecuada de elementos como bibliografías, índices, poesías, notas, cuadros… Pero en realidad muchas de sus normas vienen especificadas ya en la propia ortografía, donde se dice cómo y dónde usar punto y coma, dos puntos, las interrogaciones, si tras un signo hay mayúsculas o no… Por ello, ¿cómo centrar el campo de la ortotipografía?

No pretendo aquí hacer una de esas delimitaciones disciplinares que en general son autojustificativas y arriman el ascua a una sardina que un grupo concreto quiere hacer suculenta. Me importa un bledo dónde acaba el territorio de la ortografía y dónde comienza el de la ortotipografía. Para mí son ambas generadoras de herramientas que ofrecen al lector un estándar en la comunicación escrita, lo que permite mejorar la información ofrecida y aumentar sus matices.

Voy a mostrar sólo a qué se dedica cada una, y ustedes deciden.

La ortografía determina la forma correcta de expresar el mensaje escrito, ofreciendo el detalle necesario de las palabras y de los signos usados durante la escritura para que los interlocutores se entiendan mediante el uso de una norma común.

La ortotipografía especifica los usos que la costumbre atribuye a determinados signos o letras para ofrecer matices no recogidos por la ortografía. Por este uso “costumbrista” o acostumbrado la ortotipografía no genera normas, sino formas o maneras más o menos extendidas de expresión.

No debe minusvalorarse la ortotipografía. La ortografía no entra en muchos aspectos de la comunicación visual que forman parte de los textos escritos, y que es preciso resolver en cada ocasión. Hay por ello una ortotipografía de uso general, que determina el uso apropiado de las versalitas y la presentación de diálogos en los escritos, por ejemplo, y también una ortotipografía particular definida por la hoja de estilo de la publicación concreta, o bien por el libro de estilo de una editorial en particular. Ajustarse a las normas ortotipográficas definidas por una publicación periódica suele ser muy importante en el proceso de decidir la inclusión de material en un número, y ello compete a los autores, y solo a los autores; la no adecuación de la bibliografía a la norma adoptada, o la ausencia de extractos, resaltados, palabras clave o cualquier otro elemento solicitado suele suponer descartar el trabajo sin más, o como mucho hasta que estos defectos no se subsanen. Sin valorar siquiera la calidad del texto.

En el balance entre ambas ortotipografías normalmente tiene más peso la ortotipografía general, pero como hemos dicho la ortotipografía no es normativa, así que suelen abrirse varias posibilidades ante cada decisión, y es ahí donde entra con fuerza el matiz definido, la preferencia marcada, por la ortotipografía particular.

El nivel último de la ortotipografía corresponde a la ortografía especializada, aquella que rige la expresión gráfica de la ciencia y de la técnica. Podríamos así hablar de muchas ortotipografías, como la ortotipografía de la paleografía, la de la musicología, la de la química o la de las matemáticas. En todas ellas las normas deben ser acatadas para ofrecer entre el escritor y el lector el adecuado canal de comunicación que maximice la información, sin riesgo de error.

La ortotipografía define, pues, el nivel de especialización de los textos en su expresión, en su forma externa y aparente, igual que el nivel idiomático define sus destinatarios potenciales. Ambos sistemas de baremación deben ir en concordancia con el mensaje ofrecido para mostrar coherencia compositiva, y a vigilar esa labor debe dedicar una parte de su atención el corrector profesional. Muchas entradas de este blog han ido dedicadas a estos temas, como las que hice sobre el uso correcto de las comillas o sobre el punto y las llamadas de nota, y habrá muchas más en el futuro, espero.

El próximo día daré una visión general de lo que supone, una vez que los originales han sido revisados, o como labor paralela como a veces se hace, la revisión de compaginadas, esto es, la revisión crítica de la página ya compuesta, con la apariencia que tendrá cuando salga de la imprenta. Con ese último post terminaré el repaso de las labores que le competen a un corrector profesional, en la idea de ofrecer una visión de conjunto que permita valorarlas por los demás intervinientes del proceso editor.

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