USTED USA EPÓNIMOS. AUNQUE NO LO SEPA (I: QUÉ SON Y CÓMO SE CREAN)

Se dice que los oradores tenían la obligación de comenzar las disertaciones con un chiste. Ahí va uno. El médico le dice al paciente: “Hemos llegado a la conclusión de que padece usted la enfermedad de Brandell-Schulz”. “¿Hay tratamiento?”, inquiere el paciente. Y el médico responde: “Aún no lo sabemos, señor Brandell-Schulz”. Es muy malo, pero nos sirve para empezar a hablar de epónimos, porque un epónimo es ni más ni menos que un sustantivo creado a partir de un nombre propio, o un término compuesto en que uno de sus elementos es un nombre propio, como es el caso del pobre señor Brandell-Schulz.

Usar los nombres propios como comunes es una tendencia al parecer irrefrenable. Hace unos días, el representante del grupo parlamentario Podemos en Castilla y León decía que intentaría que en este territorio hubiese un vistalegre como el de Madrid. Se refería a su pretensión de que hubiese un congreso federal que siguiera el modelo del nacional, celebrado en Madrid en el palacio de Vistalegre. Parece un impulso natural, derivado seguramente de la necesidad de encontrar la fórmula más sencilla posible de crear términos nuevos inmediatamente reconocibles por los hablantes.

Pocos y afortunados han sido los inventores de palabras de los que se conoce la autoría, porque el lenguaje es por definición social y el grupo asimila las novedades según su buen saber y entender, como suele decirse. Conozco modernamente el caso de ‘bocata’, invención del gran Forges, aunque es una humilde abreviación del término bocadillo, pero el ejemplo perfecto del fiasco del oficio de inventor de palabras es el que aparece en la novela La colmena, de Camilo José Cela, que regala el curioso término ‘vizcotur’, que por supuesto ningún diccionario recoge.

Un epónimo sin embargo tiene una gran ventaja de inicio: su gran poder evocador. En su inicio, al menos, el referente estaba muy claro, pero a veces se usó un nombre propio con un claro sesgo impersonal, como pasó con ‘marisabidilla’ o con ‘juanete’, pues María era el nombre más común entre las mujeres y Juan el más común entre, por lo que parece, los campesinos, lo que les hacía propensos a esas deformidades en los dedos (así lo cuenta José Calles Vales en su Origen de las palabras estrafalarias. Fue ese el origen de Juan Perro, un don nadie bautizado por Jaime Urrutia que pasó a nombrar una canción y un disco de Radio Futura y que acabó constituyéndose en el apodo de Santiago Auserón cuando comenzó a grabar en solitario. Podríamos llamar a estos pseudoepónimos, porque el nombre propio de origen, en realidad, no tiene ningún valor personal.

Hay que aclarar también que el resultado del proceso debe ser un nombre común, y no otro nombre propio, así que no pueden considerarse epónimos América (que proviene del cartógrafo Américo Vespucio), Rhodesia (de Cecil Rhodes), Colombia (en honor del descubridor Cristóbal Colón), Alejandría (fundada por Alejandro Magno), Carolina (en honor de Carlos I de Inglaterra), y tampoco La Carolina (población española  fundada por iniciativa de Carlos III de España en territorios poco poblados del sur de España y ocupada por colonos alemanes), Louisiana (de Luis XIV), las Marianas (que toman el nombre de la esposa de Felipe IV) o Filipinas (o islas de Felipe II). Muchos lugares han tomado su nombre de un personaje ilustre, pero no es de eso de lo que vamos a hablar aquí.

Podríamos decir que resulta bastante lógico que los nombres propios sirvan para crear sustantivos comunes porque es tan común tener nombre propio que cada persona tiene uno, pero eso no deja de ser sino un simple juego de palabras, y ha sido en las etapas de la Historia en que se ha rendido culto a la persona cuando muchas ilustres han generado epónimos. En otros momentos los epónimos han podido provenir de personajes inventados o de lugares, así que queda claro que el recurso no proviene solo del reconocimiento o la devoción, sino de la simple necesidad.

Este proceso es tan natural que a veces se ha inducido a la confusión de generar falsos epónimos, como sucedió con el término “cesárea”, que se atribuyó a César de forma errónea. En efecto, ya desde la Antigüedad se realizaba esta operación para salvar el feto cuando el parto se complicaba, aunque ello condenaba a la madre a una muerte segura, pero el nombre proviene de la expresión latina “a caeso matris utero dictus” (“llamado así por el corte del útero de la madre”), que pudo calificar a los sobrevivientes de esa rudimentaria técnica, y que es seguro que no se aplicó a Julio César, pues su madre llegó a cumplir los cincuenta, muchos después del nacimiento del político y general insigne. La confusión pudo ser coetánea al propio César, pues parece ser que promovió una “ley Cesaria” para practicar cesáreas a las mujeres en avanzado estado de gestación en riesgo de perder a sus hijos, lo que quizá indujo a pensar que el propio promotor había nacido por este método. Como el segundo nombre correspondía en Roma a la familia, está por comprobarse que la estirpe de los César deba su nombre a un ancestro superviviente de una cesárea, lo que habría dado pie a esa creencia popular, o que el término, como dice otra teoría, haga referencia a la cabellera de los ancestros. Pongo este ejemplo para mostrar que muchas veces el de formación de epónimos ha sido un camino azaroso, y hasta confuso.

Veamos a continuación cómo se crean epónimos, y dejaremos algunos ejemplos significativos para otro post.

MECANISMOS DE CREACIÓN DE EPÓNIMOS

EPÓNIMOS SIMPLES

El ficticio ejemplo que vimos al principio es lo que podríamos llamar un epónimo simple, porque el nombre común conserva la mayúscula del propio de origen, como en otros términos médicos que a todos nos vienen a la mente, como la enfermedad de Párkinson (de James Parkinson, que la identificó y definió) o la de Creutzfeld-Jacob (aunque en alemán era originalmente Jakob), tristemente conocida por destapar un fraude masivo en la alimentación animal que acabó condenando a muerte a muchos europeos.

En el campo de la salud (física y mental) nos encontramos un buen puñado de estos epónimos simples, muchos de ellos relacionados con la psicología y la psiquiatría, como los complejos de Edipo o de Electra (que denominan la atracción del hijo por la madre o de la hija por el padre) o los síndromes de Stendhal (viajero de cuando el turismo no existía, que se notó enfermar ante la visión de las maravillas del Arte que vio en Italia), de Peter Pan (que se aplica a quien se niega a adoptar el rol social de adulto a pesar de tener edad y condición para ello, como le pasó al personaje de la famosa obra de teatro de James Matthew Barrie estrenada en 1904), de Munchausen (en realidad de Münchhausen, que nombra la dolencia de quien inventa síntomas de una enfermedad inexistente), de Munchausen por poderes (más difícil de investigar, pues quien provoca esos síntomas es un tercero en el enfermo, a veces por envenenamiento, por un desviado impulso de protección) o de Asperger (que su descubridor calificó como “psicopatía autista”).

Todos estos ejemplos muestran una amplia variedad de fuentes de inspiración de los epónimos, y un protagonismo claro de la literatura, la Historia o la mitología.

A pesar de lo dicho, lo común en los epónimos es, sin embargo, que el uso continuado o la derivación borren poco a poco la huella de su origen, y que la mayúscula quede solo para cumplir con las sanas reglas de la Ortografía. A partir de ese momento, cuando el epónimo se incorpora al vocabulario, es más difícil de identificar, y quizá no somos conscientes de la abundancia de epónimos usados asiduamente en la actualidad.

EPÓNIMOS POR DERIVACIÓN

La derivación es el más común de los mecanismos de creación de epónimos. Con este proceso a partir de un término extraemos otro que entendemos por su origen, así que la creación de epónimos tiene su razón de ser en el consenso sobre la cualidad atribuida al neologismo. Recalco lo de la creación, porque la sorpresa que ahora nos causa el origen de un epónimo proviene de haber perdido la pista de su origen, y la etimología suele alumbrar una historia curiosa, a veces meritoria, y siempre ejemplificadora.

Llamamos epónimos de derivación propia a aquellos que manifiestan su origen en la propia raíz del término y que obtienen un significado definido y distinto, no equivalente a su origen, y llamamos epónimos de derivación impropia a aquellos en los que se manifiesta una metonimia, esto es, la atribución al término nuevo de una cualidad del original, en lo que se denomina una recategorización. Tenemos un caso excepcional en la denominación de quienes mantienen posturas extremosas que no admiten medias tintas y consideran las cosas buenas o malas sin matices, pues usamos tanto maniqueos como maniqueístas, lo que supone un ejemplo de derivación tanto impropia como propia de Manichaeus, el término latino que se dio al profeta persa del siglo III Mani o Manes, opuesto a los sacerdotes del mazdeísmo, la religión oficial de la época.

Pensemos como ejemplos de derivación propia en los de las órdenes religiosas, como los benedictinos, fundados por San Benito, los franciscanos de San Francisco de Asís y la segunda orden franciscana, las clarisas, de Santa Clara de Asís; también las teresianas de Santa Teresa de Ávila y los agustinos de San Agustín. En otros casos los epónimos no proceden de fundadores sino de inspiradores (como los jesuitas, que pretenden seguir el ejemplo de Jesús de Nazaret) o de lugares, como los carmelitas (que toman su nombre del monte Carmelo), pero también estos serían casos de derivación propia.

El caso de los mercedarios, epónimo que proviene del siglo XII, en plena Edad Media, podríamos decir que es inverso, porque la orden se creó para liberar cristianos cautivos en manos de musulmanes incluso sustituyéndolos por miembros de la orden (a esto se le llamaba una “merced”, o sea, hacer algo sin esperar nada a cambio), y tal fue el nombre que adoptó la Virgen que se apareció al fundador Pedro Nolasco para animarle en este cometido. Un caso peculiar, sin duda.

Derivaciones impropias, por otro lado, conocemos muchas, y muchos objetos de nuestro entorno llevan el nombre de su creador. Es el caso de tupper, ese envase de conservación tan extendido, que debemos al químico estadounidense Earl Silas Tupper, que lo patentó en 1944, o del jacuzzi, inventado por el italiano del mismo apellido para aliviar los dolores reumáticos de su hijo. Si se descuida uno hasta carga con un epónimo, pues el michelín, definido como “pliegue de gordura en alguna parte del cuerpo” en el Diccionario de la Real Academia, proviene del muñeco emblema de la conocida marca de neumáticos francesa.

Tenemos derivaciones, propias o impropias, en muchos campos, muy variados. En el próximo post pondremos ejemplos archiconocidos relacionados con la medida del tiempo, la moda, la ciencia, la cocina, la música…, y explicaremos someramente su origen, para dar una visión siquiera superficial de la importancia que esta forma de neologismo tiene en las lenguas romances.

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