COSAS DE FAMILIA. VARIEDAD Y CONFUSIÓN EN LA NOMENCLATURA FAMILIAR (I: LA TERMINOLOGÍA HEREDADA)

Alguna vez hemos hablado de la complejidad que supone introducir nuevos términos en una lengua. Del consenso mínimo que requiere que alguna palabra adquiera un significado, y que ese lazo entre significante y significado, la justificación última, en fin, de la comunicación, pueda hacerse perceptible a los comunicadores y les resulte útil. Pero todos sabemos que el suelo de la comunicación, el territorio de la lengua, es una corteza terrestre de movimiento acelerado, donde la orogénesis encumbra en pocos años palabras que de repente se hacen de uso común mientras otras sufren de subducción y desaparecen para disolverse en el magma de las ideas sin nombre, como fantasmas a la espera de hacerse de nuevo con un cuerpo visible. En este suelo en movimiento todas las palabras pueden sufrir mutaciones, y adquirir matices insospechados tiempo atrás (sólo piense un momento en qué contexto hablaba de tableta hace diez años y cómo lo hace ahora). Esta natural evolución habla del curso del tiempo y no debería llevarnos a la desazón, pero cuando intentamos fijar el idioma por una pura cuestión práctica nos damos cuenta de que esa fotografía sale movida porque no hay un consenso. Es lo que está sucediendo en los últimos tiempos con los términos familiares, y a ello vamos a referirnos en las entradas de este blog de esta semana y de la semana próxima.

LA IDEA QUE TENEMOS DE FAMILIA

Cuando pensamos en la familia en abstracto todos tenemos en mente más o menos lo mismo: la cercana, compuesta de padres e hijos, y la extensa, que incluye abuelos, tíos, primos, cuñados, nueras, yernos y suegros. Es una familia heredada de la familia tradicional cristiana, unívoca y consanguínea, impuesta por la Iglesia católica en las últimas centurias. Sus elementos individuales son perfectamente reconocibles, pues la consanguineidad les ofrece su status de manera personal. Sin embargo, tenía el inconveniente de justificarse por el grupo, de tal manera que alguien formaba parte de la familia si cumplía con esos lazos en el conjunto, pero no si lo hacía parcialmente: un hijo bastardo era hijo, es claro, pero no formaba parte de la familia de su padre. El mecanismo funcionaba en los dos sentidos: alguien integrado en la familia pero sin vínculos de sangre carecía de los mismos derechos que los que sí los tenían.

Para comprender que este modelo no es el único posible podemos observar las peculiaridades que se dan en otras culturas, pero también debemos echar la vista atrás para repasar la evolución histórica de la familia en el occidente europeo desde los tiempos del dominio de Roma.

LOS ANTECEDENTES: LA FAMILIA EN ROMA

En la Roma antes de Cristo, en la época republicana, las uniones conyugales podían darse entre iguales y entre desiguales, y su significado era diferente en uno y en otro caso. La nuptia (el matrimonio) se celebraba entre los patricios mediante la ceremonia de la confarreatio, mediante la cual la mujer abandonaba su familia e ingresaba en la familia de su marido. Esta unión se rompía mediante la difarreatio. Pero si el patricio deseaba unirse a una plebeya o a una extranjera lo hacía a través del stuprum, mediante el cual salvaguardaba a la clase senatorial de la “contaminación” de miembros ajenos. Esta posibilidad se les daba asimismo a gobernadores y soldados que vivían en las provincias. En época imperial se recurría al concubinato, en el que la concubina tenía menos derechos que la esposa, para salvaguardar los derechos de los hijos del previo matrimonio. Por su parte, la plebe podía unirse “de derecho” a través de la coemptio, una compra ficticia de la mujer realizada ante testigos, o del usus, el simple uso de la convivencia.

En realidad, el matrimonio tenía dos facetas: el amor conyugal (la affectio maritalis) y la apariencia de matrimonio (el honor mariti). El divorcio era fácil y frecuente, bien mediante la separación de la pareja (el divortium) o bien mediante una ceremonia de divorcio (el repudium). La familia se definía por el linaje, que se transmitía a los hijos varones. La adopción era común entre las clases pudientes, y con ella se lograba lo mismo que con el matrimonio: el adoptado dejaba su familia anterior para integrarse en la del adoptante, con todos los derechos (o sea, en igualdad de condiciones con los hijos consanguíneos, y con preeminencia sobre las mujeres por su condición de varón).

LA EVOLUCIÓN EN LA EDAD MEDIA

La familia desde entonces se definió más o menos de la misma forma, y aunque podríamos pensar lo contrario la Iglesia católica autorizó uniones diferentes a las matrimoniales sin tacha de inmoralidad ni pecado. De hecho, en la realidad medieval eran muy comunes las uniones “de hecho”, y la figura del “concubinato” era reconocida legalmente en las Partidas, el compendio legal castellano, y también en el código bizantino del emperador Justiniano, que las consideraba “uniones lícitas”. Se establecía diferencia entre la unión de dos personas solteras y dignas, que formaban una especie de matrimonio civil y generaban derechos de herencia tanto para la viuda como los hijos, de las uniones “de mancebía”, que se consideraban puramente sexuales y donde la mujer no estaba amparada por las leyes (sin embargo, a los clérigos se les permitía tener mancebas, y ellos no tenían sanción ni desdoro por ello). Entre medias, en su consideración, estaba la “barraganía”, una unión de hecho muy común que podríamos equivaler a las actuales uniones more uxorio o parejas de hecho; la definición más exacta de estas uniones es que estaban “ajenas a la legalidad”, por cuanto eran barraganas “las mujeres que no son de bendiciones”, o sea, que no habían cumplido un ritual o ceremonial para convertirse en pareja de un hombre. Esta figura desapareció muy avanzada la Edad Media, en las Leyes de Toro, a finales del siglo XIV, con el impulso que la Iglesia dio a la obligatoriedad de que todas las uniones fueran sagradas, o sea, que cumplieran con el sacramento del matrimonio, pero ello no dio fin al concubinato, que siguió dándose como una unión matrimonial “de segunda” donde el vínculo se agotaba en la propia pareja y en los hijos de esta.

LA EDAD CONTEMPORÁNEA Y LA SIMPLIFICACIÓN DE LA FAMILIA

Aunque hasta el Concilio de Trento no se prohibió el concubinato, a partir de entonces las familias ajenas a la realidad religiosa y legal siguieron, cómo no, existiendo. El Concilio simplificó las cosas estableciendo: que solo las uniones celebradas ante un párroco eran legales, ante Dios y ante los hombres; que cualquier unión entre solteros que tuviera descendencia era de peor condición que la consagrada, y asimismo sus frutos; que las uniones matrimoniales tenían presupuestas las dos características que antes vimos en Roma, la apariencia y el amor conyugal, de lo que se deducía, por ejemplo, que los frutos de un matrimonio eran del matrimonio a no ser que se demostrara lo contrario, figura que hoy persiste en el matrimonio civil actual (y que no existe en las uniones ajenas al matrimonio, donde la presunción no genera estado); que alguien unido en matrimonio no puede tener una nueva unión lícita, salvo que se conceda una disolución por causas tasadas, y que la familia persiste aunque la apariencia y la falta de convivencia demuestren su ruptura.

A pesar de esta apariencia monolítica del matrimonio había algunas variantes reconocidas, como el “matrimonio blanco”, mediante el cual se ofrecía a una mujer la protección de la institución sin convivencia ni cohabitación, por ejemplo en conflictos bélicos, o el matrimonio “a yuras”, o secreto, que no cumplía ninguna característica del matrimonio pero que era adverado por un clérigo que otorgaba a los contrayentes esa cualidad de esposos por circunstancias excepcionales, y que los poderes civiles debían respetar.

Respecto de los concubinos, se puede decir que “desaparecieron de la realidad legal” de los países. Es célebre la declaración del código napoleónico de que pues los concubinos ignoraban la legalidad, entonces la legalidad ignoraría a los concubinos. Ello quería decir que no podía invocarse derecho alguno que deviniera de una unión concubina, lo que supuso un paso atrás importante respecto de la consideración social y legal de la figura hasta ese momento. No solo la concubina perdía la protección que tenía, también los hijos perdían la posibilidad de la filiación con su padre, sencillamente porque no podía presumirse, y tampoco podía demostrarse, si no era circunstancialmente.

De esta evolución procede, básicamente, la situación a la que se llegó con la democracia, que impulsó una nueva forma de entender las relaciones familiares, no ya ligadas necesariamente a un núcleo, ni obligadamente sometidas a un contrato (que no de otra cosa podemos hablar, por más que algunos quieran darle un carácter sagrado que un Estado laico no puede compulsar). Esa apertura de miras ha generado abundantes situaciones interpersonales que es necesario reconocer, y que deben ser atendidas por los poderes públicos, pues a ellas se refiere la propia Constitución cuando habla de “vida social”, en toda su extensión, en el artículo 9.2, desbordando el más restringido espacio de la familia tradicional.


 

De esta nueva realidad, y de lo que ha supuesto, hablaremos la próxima semana, para cerrar estas reflexiones con una petición de claridad y concreción a los responsables para que tanto los involucrados como los que deben valorar los derechos y obligaciones que cada situación conlleva adquieran las herramientas terminológicas precisas.

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