COSAS DE FAMILIA. VARIEDAD Y CONFUSIÓN EN LA NOMENCLATURA FAMILIAR (I: LA TERMINOLOGÍA HEREDADA)

Alguna vez hemos hablado de la complejidad que supone introducir nuevos términos en una lengua. Del consenso mínimo que requiere que alguna palabra adquiera un significado, y que ese lazo entre significante y significado, la justificación última, en fin, de la comunicación, pueda hacerse perceptible a los comunicadores y les resulte útil. Pero todos sabemos que el suelo de la comunicación, el territorio de la lengua, es una corteza terrestre de movimiento acelerado, donde la orogénesis encumbra en pocos años palabras que de repente se hacen de uso común mientras otras sufren de subducción y desaparecen para disolverse en el magma de las ideas sin nombre, como fantasmas a la espera de hacerse de nuevo con un cuerpo visible. En este suelo en movimiento todas las palabras pueden sufrir mutaciones, y adquirir matices insospechados tiempo atrás (sólo piense un momento en qué contexto hablaba de tableta hace diez años y cómo lo hace ahora). Esta natural evolución habla del curso del tiempo y no debería llevarnos a la desazón, pero cuando intentamos fijar el idioma por una pura cuestión práctica nos damos cuenta de que esa fotografía sale movida porque no hay un consenso. Es lo que está sucediendo en los últimos tiempos con los términos familiares, y a ello vamos a referirnos en las entradas de este blog de esta semana y de la semana próxima.

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