TEORÍA BÁSICA DE LA REDACCIÓN DE TEXTOS: EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LOS AUTORES

Esta entrada no es, por así decirlo, doctrinal, en el sentido de que no pretende transmitir información de utilidad a los escritores, como es lo habitual. Con ese atrevimiento del crítico que tiene los redaños de ponerle pegas a obras maestras del cine, este post es una recomendación para quien escribe libros de alguien que no lo hace. Mi excusa es, como siempre, leerlos como si no hubiera un mañana, devorando uno tras otro, sin asimilar, eso sí, y para mi desdicha, ni esto de lo leído.

HABLAR Y ESCRIBIR

Escribir es una labor intelectual. Hablar, en principio, no, por chocante que pueda sonar, o no al menos si hablamos para mostrar necesidades o peticiones (quiero agua; deme un billete para las doce y media), porque hablar es una aptitud, hablamos porque podemos hablar. De los mecanismos más sencillos pasamos a la labor intelectiva de reflexionar, abstraer, y por eso el lenguaje que usamos para escribir no es el mismo que usamos para hablar. Muchas recomendaciones se hacen para acercar el léxico y la sintaxis de las obras escritas a la sencillez compositiva e ideal de la expresión oral, por muy culta que esta sea, pero el objetivo parece vano.

¿Por qué complicamos la estructura compositiva de los textos escritos? En principio, sería deseable hacer lo más inteligible posible el mensaje, como ya contamos cuando hablamos de la lecturabilidad. Sentados frente al ordenador o el papel en blanco, sin embargo, componemos los textos de una forma más “artística”, podríamos decir. Nos detenemos, lógicamente, en el planeamiento estructural del escrito, esquematizando y subdividiendo el mensaje para mejorar la transmisión de los conocimientos. De mayor a menor, y dependiendo de la extensión, vamos de lo general a lo particular, de volumen a tomo, de tomo a capítulo, de capítulo a epígrafe, de epígrafe a párrafo… Una buena estructura es imprescindible en una obra de comunicación científica, pero igualmente lo es en el desarrollo de una novela policíaca, donde la información está en la mente de un escritor, que la va concediendo graciosamente al ritmo y en la cantidad justa al objeto que pretende.

¿Choca esto con la pretensión de escribir de forma sencilla? No parece que una cosa condicione la otra, pero si hablamos de comunicación científica sí. Reduciendo el mensaje a expresiones simples ignoramos las excepciones, los matices y los consecuentes. Escribir sin estos condicionantes convertiría la expresión de un mensaje complejo en una inmensa retahíla de oraciones cortas y yuxtapuestas, lo que permitiría aprehender cada uno de los mensajes menores, pero haría más difícil la comprensión del mensaje global. Es obligado, si intentamos transmitir una idea complicada, complicar el mensaje.

TEORÍA BÁSICA DE ESCRITOR Y LECTOR

Entonces, si aceptamos la complejidad del mensaje como paralela a la complejidad de la idea y necesaria a ella, ¿dónde encontramos el error en una obra de la que, precisamente por su complejidad, nos cuesta asimilar el mensaje y comprenderlo? La respuesta es simple: por el canal de comunicación, esto es, por el lenguaje utilizado.

El lenguaje es una convención; se manifiesta en variedades idiomáticas, que a su vez se manifiestan en variantes dialectales, regionales, locales y hasta grupales. Su interrelación, a través de la traducción, no es pacífica, lo que demuestra que la expresión no es unívoca y parangonable en todas y cada una de las formas de expresión posibles.

El dominio del lenguaje depende de la aptitud de cada comunicador. Y esa aptitud no deviene sencillamente de su nivel cultural, sino de la capacidad de crear mensajes y hacer que los destinatarios los comprendan sin sombra de duda. Obvio es decir que el mensaje debe ser idóneo y los destinatarios los adecuados.

Hasta aquí todo es sencillo. Lamentablemente, hay un último nivel de creación del idioma y es eso lo que lo determina todo: el mensaje lo crea una persona. Hay un lenguaje personal, que cada cual crea de forma única y particular. Todos tenemos nuestro propio estilo. Ahí está la clave.

Entraríamos en campos donde la comunicación contacta con el propio funcionamiento del cerebro si pretendiésemos profundizar en esa idea. Un terreno apasionante que los neurólogos transitan para diagnosticar, a través de disfunciones del habla, problemas cerebrales. El mapeo del cerebro ha logrado que la afasia o la alalia tengan una localización física. Del mismo modo que la memoria se constituye en una potencia del cerebro, también la expresión lo es, y la estrecha conexión entre los centros de procesamiento del habla, de la memoria, de la capacidad de abstracción y de la generación de ideas nos otorga las características de eso tan casual e inaprehensible que hemos llamado humanidad.

A estas alturas no podemos negar que humanidad significa comunidad. Somos hombres porque somos un grupo. Comprobado está que algunas aptitudes se pierden creciendo fuera del grupo, aunque la pertenencia al grupo supone también una adaptación cerebral evolutiva y esa impronta se conserva en soledad. Pero cada uno se expresa como considera oportuno, usando las palabras que entran en su vocabulario y con las expresiones que corresponden a su entorno geográfico y cultural.

Cerrando el círculo de lo que antes decía, al escribir cada persona crea un mensaje complejo a partir de unas herramientas, en la soledad de su actividad intelectiva. Ese personal proceso puede ser completamente afortunado, si se muestra a cada destinatario sin riesgo de malentendido, o casi, si tras un proceso de asimilación igualmente detenido el destinatario medio logra recoger ese mensaje.

POR QUÉ VUELVEN LAS REDACCIONES Y LOS DICTADOS A LA EDUCACIÓN BÁSICA… EN FRANCIA

Cualquier comunicador que se haya visto en la tesitura de expresarse en público ha pasado por el trance más difícil para un comunicador. Ignoremos los consejos básicos de quienes pretenden “romper el hielo” en una disertación (“imagínese a los asistentes desnudos”, o ese otro tan socorrido de “empiece con un chiste”), pero aceptemos que ese trance puede convertirse en un trago amargo. Desde que la Oratoria desapareció de la enseñanza hablar en público perdió a sus profesionales, y las últimas reformas del sistema educativo no han hecho más que lograr arrinconar las potencialidades del lenguaje, con lo que, por lógica, las  aptitudes en este sentido han mermado drásticamente. Por contraposición al sistema español, en la educación en otros países hispanohablantes se ha preservado un adecuado espacio al debate, la disertación y la improvisación oral que nos asombran a este lado del charco.

Quien diga que hablar en público solo es necesario a unos pocos que lo precisan por razones laborales se equivoca de medio a medio. Como decíamos antes, el tránsito de hablar a escribir implica un proceso de abstracción y reflexión, pero qué duda cabe que si queremos ser “seres pensantes” debemos dominar esa capacidad para poder expresarnos verbalmente con ella. Si fue preciso escribir una idea para poder después expresarnos sobre ella, o si la destreza de comunicar verbalmente corrió en paralelo a la capacidad de abstracción del mensaje emitido, no parece en realidad importante, y puede darse un paralelismo con qué fue antes, si la gallina o el huevo. Lo cierto y verdad es que saber expresarse significa saber pensar, algo de lo que, viviendo en comunidades tan apretadas, no creo que nadie se pueda hurtar.

Pero si la prueba de fuego es la disertación pública del orador, con esa tabula rasa medimos la capacidad de darse a entender, y en ello fracasan tanto el balbuciente que no encuentra las palabras, tartamudea y se atranca como el pomposo que de una cuartilla desdoblada que se reservaba en la faltriquera extrae una retahíla inaprehensible de pensamientos enrevesados. Quizá posea, por culterano, un halo de prestigio el orador barroco, pero al cabo dejó a dos velas a su locutorio, así que si no dejó huella por su buena planta y por el tono de su voz, allí arriba nada hizo.

Haber perdido el necesario entrenamiento en la educación básica deviene en un problema de inaptitud (que no de ineptitud), y de ello podemos culpar a los ministros de educación que en todos estos años de democracia no han sabido ver que las relaciones sociales se sustentan en la comunicación, y que la democracia se basa en la defensa de las ideas propias y el respeto de las ajenas, que solo existen cuando se comunican al grupo. Una tontería tan evidente como si el ministro de agricultura ignorara que los productos agrícolas provienen de semillas. Por eso en otros países de nuestro entorno se están cuestionando las bases de la educación, y por eso en Francia ha comenzado el debate de si volver a un sistema en que el lenguaje se practica, y no solo se aprende.

NO ES PRECISO MIRARSE EN UN ESPEJO; BASTA OÍRSE

En las obras de comunicación científica no es extraño encontrarse párrafos como este:

“En el supuesto en que en la documentación aportada por la empresa no se estableciera el número y la clasificación profesional de los trabajadores afectados por el despido, no existiendo criterio alguno para la designación de estos, el Alto Tribunal ha manifestado, en cuanto a la exigencia legal de que aquella consigne, para que puedan tenerse en cuenta por los representantes de los trabajadores (en la negociación a llevar cabo durante el periodo de consultas) los criterios tenidos en cuenta para la designación de los trabajadores afectados por los despidos, que se debe tener en cuenta la normativa vigente en la fecha de inicio del procedimiento de despido colectivo”.

En efecto, es una sola oración. 109 palabras. Cuando se compuso, el autor partió de una oración principal: El Tribunal Supremo ha manifestado que, si la empresa no manifestó documentalmente el número y la clasificación profesional de los trabajadores afectados por el despido, se debe tener en cuenta la normativa vigente en la fecha de inicio del procedimiento de despido colectivo (43 palabras). No en ese orden, sino en otro que estilísticamente le pareció más apropiado. Después, consideró insoslayable introducir algunas puntualizaciones que más que duplicaron esa extensión, y con todo generó un párrafo que tiene 37 palabras antes del sujeto y que coloca el verbo principal a la altura de la palabra 92.º (hasta ese momento nuestra mente está “conteniendo la respiración”).

¿Es eso bonito, como diría el humorista? No lo parece. El enrevesamiento no ayuda a la claridad, y mi experiencia me dice que los propios autores barrocos acaban confundiéndose y concordando mal los consecuentes con los antecedentes y los verbos con los sujetos, con lo que la trampa está servida. En un post anterior (ver aquí) puse algunos ejemplos de cómo acaba diciéndose lo contrario de lo que se pretende, y ahí estamos obligando al lector a suponer el sentido real del mensaje, lo que es un ejercicio intelectivo impropio de la comunicación.

El mejor antídoto para esto es leer en voz alta lo que se está escribiendo. Y si uno es vergonzoso o comparte despacho, al menos susurrarlo. Es lo que yo suelo hacer cuando la cosa se complica. Mi abuelo Fernando susurraba sus novelas de Marcial Lafuente, que devoraba, y a mí me encantaba ver su concentración cuando lo hacía. Susurrar aísla del ruido del entorno, además. Y pondrá de manifiesto en seguida todo lo que chirríe en un texto. Yo susurro los textos de mis autores. E invito a cuantos autores lean esto a susurrar sus textos para examinarlos.

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1 comentario

  1. Excelente aporte. Comenzaré a susurrar a los autores, incluyéndome a mí misma.
    A propósito, la semana pasada me tocó traducir párrafos parecidos al expuesto en tu ejemplo. Mi pregunta fue: “¿hay necesidad de escribir 30 palabras antes de llegar al verbo principal de la oración?”. Menos mal que en inglés se dice lo mismo con menos vocabulario, lo cual favoreció mi tarea principal.
    ¡Saludos!

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