COSAS DE FAMILIA. VARIEDAD Y CONFUSIÓN EN LA NOMENCLATURA FAMILIAR (II: LA SITUACIÓN ACTUAL Y LA VARIEDAD DE LAS RELACIONES FAMILIARES)

Hablamos la semana pasada de la evolución de la idea de familia a lo largo de la Historia, desde que tenemos constancia de las instituciones en que se soportaba. Y vimos que era el núcleo lo que definía a la propia familia, y que se estaba dentro o fuera en función de los vínculos que unían a las parejas y a los descendientes. Apuntamos también que el advenimiento de la democracia había alterado este esquema, dando cabida legal a lo que la realidad social ya mostraba, arrojando luz y atención pública a muchas más formas de entender las relaciones familiares y de pareja. Veamos en qué se ha traducido esto, cómo la nomenclatura va muy por detrás de lo que la sociedad muestra y el desafío que supone lograr encerrar en un término apropiado cada situación.

LAS RELACIONES FAMILIARES ACTUALES

En la actualidad las relaciones familiares vuelven a ser individuales, y cada persona tiene unos vínculos que le son reconocidos y que crean estado.

Cuando de relaciones de pareja hablamos, hasta la tardía llegada a España de la ley del divorcio las parejas unidas de hecho casadas previamente no tenían amparo legal, pero esa situación tuvo que ser reconocida después por los tribunales; con ello se resquebrajó el esquema monolítico del matrimonio católico como instancia representativa de la familia y que tenía su correlato en el propio matrimonio civil, al que durante tanto tiempo estuvo indisolublemente unido, pues un porcentaje abrumadoramente mayoritario de los celebrados eran religiosos y los párrocos ejercían (como aún lo hacen) per se de funcionarios.

Como culturalmente y por ser considerado contrario al espíritu de la democracia no se admiten las uniones pluriconyugales las uniones de pareja deben ser sucesivas, y nunca simultáneas, pero ello no quiere decir que los derechos de dos parejas no se conserven simultáneamente, pues si alguien conviviera con dos parejas y cada mitad del periodo estuviese unido a una de ellas de forma legal y a la otra de hecho ambas generarían los mismos derechos hereditarios, lo que abre la puerta a la poligamia de hecho. En realidad, en España, con la última normativa catalana sobre la materia (la reforma del Código Civil de Cataluña en lo que a Derecho de familia se trata) ni siquiera es necesario disolver la primera unión para emprender la segunda, que no podría ser matrimonial pero sí legalizada en un registro de parejas de hecho.

La aparición, o mejor dicho, el reconocimiento de las parejas de hecho pareció crear un nuevo estado civil. De hecho, así debió ser, por cuanto el Tribunal Supremo ya advirtió de que la pareja no casada no puede tener el mismo amparo legal que la casada, porque entonces daría lo mismo estar casado que no. Cuando se permitieron las uniones homosexuales la concesión del término “matrimonio” ocasionó todo un tsunami, y algunos especialistas hablaron de una degradación de la institución, lo que creyeron corroborar con la última reforma de la normativa sobre el divorcio, según la cual dos personas no pueden seguir casadas si una no lo quiere. De este modo, llegó a catalogarse el matrimonio de “contrato basura”, por su escasa fuerza coactiva. De todos es conocido el compendio de obligaciones y derechos que implica la institución del matrimonio, y la utilidad de cada tipo de unión ha determinado que quienes acuden a estas instituciones deciden en función de sus propios intereses, o deliberadamente se sitúan fuera de esos esquemas, como una decisión personal.

APARIENCIA O REALIDAD DEL ESTADO CIVIL

Lo que sí está claro es que la variedad enorme de situaciones que pueden darse deben quedar regladas e identificadas por los poderes públicos, para poder así definir el catálogo de derechos y obligaciones que en cada caso arrostran. En primer lugar, y no me parece en absoluto baladí decirlo, debería determinarse si la apariencia genera derecho, o no. Al bote pronto podría decirse que no, y que las relaciones deben catalogarse por lo que las define, y no por una simple apariencia. Y ante esto, y si no sirve el correlato del derecho civil de que las cosas se definen por lo que en realidad son, y no por su apariencia o su nombre, piénsese en los límites a la dignidad humana que la Declaración de los Derechos del Hombre estableció respecto, por ejemplo, de la esclavitud, por mucho que el esclavo haya firmado un contrato a tal fin con el señor que dispone de su libertad y su persona. Con esto solo pretendo decir que es necesario también decidir si la denuncia de un miembro de una pareja de hecho en solicitud de derechos reconocidos a quien suscribió una relación reglada debe tener admisibilidad y podría ser invocada ante la justicia. Entra aquí en juego la decisiva apuesta por la definición de cada una de las posibles situaciones de pareja existentes, porque de no ser establecidas taxativamente siempre entran en juego las presunciones, que determinarán en un sentido o en otro la postura del órgano administrativo o judicial a quien competa decidir. Veamos, por ello, si cabe la relación exhaustiva de situaciones, o si el territorio indefinido es tan grande que debemos rendirnos sin haberlo logrado.

LA TERMINOLOGÍA DE LAS PAREJAS

A partir de lo antes dicho, y aquí entra el interés semántico de este blog, debería decidirse cómo se llama cada situación, para clarificar el panorama y permitir a la gente aprehender los términos y acabar de una vez con las ambigüedades. Si uno se para a pensar, los términos relacionados con el mundo familiar que tenemos son escasos, y no siempre útiles: divorciado y viudo ya no determinan de hecho un estado civil, sino una situación social, de interés si se quiere para conocer la vida y los avatares de una persona, pero no ya para determinar su realidad legal, y cuando la vida nos muestre que el amparo de una situación de viudez no es preciso que desemboque en la concesión de una pensión vitalicia ya no habrá ningún impedimento para acabar con el status civil de viudo o viuda, igual que ya sucede con divorciado o divorciada.

Si además hemos apartado, por considerarlos malsonantes, o de reminiscencias indeseables, los vetustos términos mancebo, barragán y concubino ¿qué diantre vamos a poner en su lugar? Podemos ponernos muy técnicos, hablando de more uxorio en lugar de concubino o barragán, pero aceptemos que no podemos “vender” ese término como de uso común. Porque además tiene el agravante de definir algo por lo que no es y no por lo que sí es, un modo jesuítico de nominar que no parece el más conveniente. ¿Cómo deberíamos traducirlo? ¿Matrimonio aparente frente a matrimonio real? El resto de los usados por lo común son inconcretos: pareja, pareja de hecho, matrimonio de hecho, relación afectiva, relación estable… No definen con exclusividad lo que se pretende, ni abarcan la enorme variedad que antes planteábamos. No digamos ya otros como “conviviente”, pues muchas personas conviven sin que su relación tenga apariencia siquiera de ser de pareja. Chistes hay incluso sobre la estabilidad de algunas parejas de la Guardia Civil, y el afecto es un impulso de cariño que se tiene con alguien, y que no necesariamente debe tener una implicación de convivencia, ni por supuesto de atracción sexual. Sobre esto último, recordemos también que tanto el Derecho romano como el matrimonio religioso católico incluían en el matrimonio la affectio maritalis, lo que quiere decir que se suponía que esa pareja lo era también sexual, pero modernamente ello supone una diferencia con las parejas de hecho, donde la presunción no existe, y para las que la demostración de que el sexo no es un ingrediente significa poco menos que un reconocimiento de que la unión carece de derechos. Lo mismo sucede con la propia convivencia: el matrimonio perdura en la separación fáctica, pero no con el resto de las situaciones, si se argumenta para desacreditarlo.

Queda entonces claro que la determinación de estas situaciones es necesaria; pero es que también es importante, porque los derechos y las obligaciones de una pareja (ya viva en comunión, pues la comunidad de vida, el hecho de convertirse los dos en uno es sin duda lo más definitorio del matrimonio y las formas afines, o ya viva conforme a unos intereses mutuos que no incluyen una entrega incondicional) entran en el terreno de lo público, exceden la privacidad porque le suponen a la sociedad en general el reconocimiento de la protección si esta se solicita, y a quienes puedan demostrar relación de dependencia con uno de los miembros una parcela de derechos repartidos y, muchas veces, disputados.

¿De qué términos disponemos?

Para los miembros de un matrimonio, el de “esposos” es el único sin visos de equivocación. No lo tiene tampoco “marido”, aunque sí “mujer”, porque mujer no es sólo la esposa sino cualquier otra. De todas formas, no olvidemos que aunque todos son matrimonios hay grandes diferencias entre unos y otros. En el territorio de derecho común, de raíz castellana, se supone la comunidad de bienes, pero no así en Cataluña, y por capitulaciones se pueden definir matrimonios con cargas y derechos muy diferentes, aunque no podamos caracterizar este instrumento como un contrato, pues hay una parte inalienable que forma el núcleo duro de la institución.

Es sin duda curioso que incluso antes de la aparición del estado civil de casado se reconoce a los futuros contrayentes determinados derechos que pueden ser resarcidos en caso de incumplimiento de la unión por uno de ellos. O sea, que el derecho civil reconoce derechos a un novio abandonado ante el altar, con lo que el término “prometido” tendría también una lectura legal, que puede utilizarse en el caso de ruptura de un compromiso matrimonial.

También es claro el término “separado/a” porque marca a quienes están casados pero no conviven. Ciertamente, desde que esta situación acaece solo los separados ante un juez, los “de derecho”, pueden ostentar esa situación sin riesgo de confusión, riesgo que desaparece en los demás casos por el transcurso del tiempo.

Todos los demás entran en el terreno de lo inconcreto.

¿Cuántos términos necesitamos?

Al menos:

  • El que defina la situación de dos personas que reconocen legalmente su unión como similar a la conyugal pero no han contraído matrimonio (lo que debería ser concubinato). ¿Por qué no se casan los miembros de las parejas de hecho? Las razones pueden ser muchas, y si esas parejas han decidido no acudir al matrimonio está claro que la institución no les ofrece lo que ellos necesitan. Por eso es preciso deslindar los derechos que adquieren y las obligaciones que contraen estas parejas, que serán algunas, que no todas, las del matrimonio. La intención de buscar un reconocimiento legal a través de la inscripción en un registro, con todos los inconvenientes que estos tengan (y de los que son culpables quienes los crearon sin suficiente amparo legal y sin la necesaria seguridad jurídica), obliga a estimar sus intereses y a evitarles un “limbo” jurídico que deviene de la ineptitud de los poderes públicos.
  • El que defina la situación de dos personas que mantienen una relación similar a la matrimonial pero no quieren asumir más compromisos que los que provengan del cuidado mutuo y de la descendencia (lo que debería ser la barraganía). En general es esta situación la que se asimila a las parejas de hecho que no han reconocido su situación en un registro. Entra aquí una libertad de actuar que entronca con ese derecho que los americanos denominan right to be let alone (y que podríamos traducir por el derecho a que le dejen a uno en paz). ¿Es admisible esta privacidad? ¿Es a esto a lo que se refería el Código napoleónico? Es claro que si una pareja, pudiendo hacerlo, no regula de ningún modo su relación es porque desean mantenerse al margen de la legalidad (no se entienda esto como al margen de la legitimidad, pues en este mundo hiperregulado afortunadamente no todo lo alegal es ilegal). ¿Podrían negarse el amparo mutuo, en ese caso? Aquí es donde veo un territorio más indefinido, y quizá necesitemos reservar el término “barraganía” para los casos en que la dependencia es no solo manifiesta sino también deseada, dejando innominada una relación que no pretende tener consecuencias en la vida del otro.
  • Por fin, el que defina la situación de dos personas unidas en una relación sexual con ánimo de continuidad e intención de reconocerse amparo mutuo (lo que debería ser mancebía). Esta situación puede ser preferida por quienes pretenden no perjudicar a la familia extensa, y aunque puede parecer que comparte parcelas de las relaciones de pareja innominadas de que antes hablamos creo que no es así, pues este tipo de relaciones podrían darse incluso “constante matrimonio”, y su reconocimiento constituiría la posibilidad de otorgar beneficios graciosos de un miembro al otro (como por ejemplo la casa donde viven su relación) de una manera definida e indiscutida a efectos hereditarios.

Agotado ya el tema en lo que a la pareja se refiere, dejaré para la semana próxima lo referente a la filiación y la familia extensa, y allí intentaré demostrar que hay formas de nombrar a padrastros, madrastras e hijastros sin acepciones tan feas y peyorativas.

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2 Comentarios

    • Hola, Nerea. La imagen pretende ser una ejemplificación de la variedad actual en las relaciones familiares, aunque hay que reconocer que se centra fundamentalmente en la sexualidad de la pareja e ignora las relaciones cruzadas que se establecen entre miembros de parejas diferentes con la responsabilidad parental común y la sexualidad de los menores, por cuanto la legislación era hasta ahora muy reacia a entrar en la valoración de la identidad sexual de los menores. Espero que el texto te haya parecido más claro que la imagen. Un saludo.

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