DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? ( Y V: LA CORRECCIÓN DE COMPAGINADAS Y TODAS ESAS OTRAS COSAS QUE LOS CORRECTORES TAMBIÉN SUELEN HACER)

Por lo general, a los correctores se les encargan muchas más cosas aparte de corregir: revisar bibliografías, hacer resúmenes, extractar sumarios, sugerir títulos, extraer palabras clave. Son labores que no considero en sí mismas corrección, y que bien hechas implican conocimientos ajenos a la lengua, el uso de códigos diferentes, pero a veces se entremezclan con la tarea de la corrección. Sea por rentabilizar el trabajo del corrector sumándole tareas paralelas a la propia corrección, sea porque el corrector experimentado es un técnico editorial con una concepción global del proceso editor y puede abordar estas tareas con más seguridad que quien no está acostumbrado al “tratamiento del texto”, lo cierto es que muchas veces el profesional invade competencias de otros (léase traductores, diseñadores, documentalistas o maquetadores) porque no siempre se dispone de una plantilla completa o de la posibilidad de subcontratar todas y cada una de las tareas que exige la edición. Vamos a extender un poco este comentario.

POR QUÉ LOS VETERANOS TODAVÍA DICEN “GALERADAS”, “CAPILLAS” Y COSAS ASÍ

La editorial, como actividad económica, tuvo siempre un romántico aire ruinoso y servil. Es cierto que el producto que elaboraba era exquisito y de cuidadosa elaboración, pues no se esperaba menos del soporte del saber, como en aquel momento eran los libros, y eran los grandes santones los que marcaban qué se hacía y cómo debía hacerse, sin importar mucho que el resultado final fuera caro, porque la cultura ya se suponía que era un bien escaso y acceder a ella requería de posibles. Si uno era pobre siempre podía cultivarse en la biblioteca de un prócer que pusiera ese saber a su alcance, graciosamente, y eran las bibliotecas privadas las que atesoraban sobre todo los conocimientos.

En aquel entonces, en los venerables tiempos anteriores a la informática, el corrector era el más veterano de todos los trabajadores de la imprenta. Aparte la cultura que le dio vivir sumergido toda una vida en un ambiente culto, también era conocedor de máquinas, técnicas y procesos —recuérdese aquí lo que dijimos hace unas semanas sobre la corrección en las imprentas—. Se constituía, así, en un técnico; un técnico editorial, aunque desarrollara su labor en un taller de impresión (téngase en cuenta que la labor editora recayó en imprentas hasta bien entrado el siglo XX). De esa época quedan todavía algunas expresiones que podríamos considerar “castizas”, como llamar a las pruebas “galeradas”, que en realidad eran los bloques de texto sin cortar que en los 80 había que montar en astralones tras filmarlos, o a la prueba final del montaje llamarla “capilla”, que se hacía sobre un papel especial y se elaboraba por métodos físico-químicos antes de que los ordenadores permitieran imprimir cualquier cosa que producían en el momento, las veces que haga falta. Mucho han cambiado las cosas, desde luego, y los cambios se aceleran, en una sucesión logarítmica vertiginosa. Por eso es útil al interés de esta serie de post hacerse una última pregunta: ¿Hasta qué punto es hoy en día útil para un corrector el conocimiento completo del proceso editor?

EL CAMINO CIRCULAR DEL TEXTO SIN FORMATO… CON PARADA OBLIGADA EN LAS FORMAS IMPRESAS

Cada momento marca su necesidad. Cada técnica, su destreza. Cuando se corregían las “galeradas” no podían señalarse todas las cuestiones de ortotipografía que el montaje requiere, por cuanto no tenían aplicación; había que esperar a la prueba montada para revisar estas cosas. Eso quería decir que había varias correcciones. En realidad, cada etapa del proceso requería su propia corrección: la del original, la de la galerada, la del montaje, la de la “capilla”… O sea, se hacían cuatro correcciones. Y si durante cualquier proceso el volumen de correcciones era elevado se hacía una segunda corrección. O sea, cinco en total. Ahora mismo, parece más increíble que sucediera eso en el mundo editorial que cualquier máquina que nos puedan presentar, por muchas maravillas que haga.

Las etapas, después, se fueron fusionando. La distancia entre el original y la edición se fue acortando, y hoy en día muchos autores editan sus propios libros. Incluso, no se requiere más formato que el que un procesador de textos convencional ofrece. Pero en ese gran camino circular, en ese proceso revolucionario en que el corrector tuvo que recurrir a conocimientos de diseño y de bibliología, en que tuvo que asimilar el funcionamiento de numerosas herramientas informáticas de dibujo, de cálculo, de almacenamiento, de maquetación, de almacenamiento, de exportación, de tratamiento de la imagen… en fin, de todo lo que llegaba al mundo de la edición y la comunicación, en todo ese camino, en fin, siempre hubo un hueco para que el corrector supervisara el material editable, pues era muchas veces el único que comprendía la edición en todo su ámbito y, también, el único que veía el producto editable en su conjunto antes de que fuera mostrado al público.

Sea así como sea la forma de editar, la calidad de una edición depende en buena medida de la corrección. En su más amplio sentido es un control de calidad del producto, y aunque ya definitivamente perdida su vinculación ancestral con el impresor, que debe cubrir esa labor por sus propios medios, conserva esa visión global que puede auxiliar a cualquiera de los profesionales implicados en el proceso. Y puede dar pautas para aclarar las imágenes si conoce que el papel de la tirada es ahuesado, o para cerrar el punto insolando más si es poroso. O para recomendar un bitono para ahorrar. O para rebajar la resolución de imágenes cuando se deben abrir varias a la vez en un paper de una revista electrónica.

LOS CORRECTORES ACTUALES

Hoy en día, por lo general, se dedican a la corrección especialistas del idioma. Si son perseverantes y tienen la oportunidad de acumular experiencia y conocimientos del mundo editorial, llegarán a ser técnicos editoriales. Hacen, por así decirlo, el camino inverso al que se hacía antaño. Con suficiente fogueo, podrán abordar maquetaciones, diseño editorial, direcciones literarias, coordinaciones editoriales o direcciones técnicas de publicaciones. Podrían convertirse también en trabajadores “comodín” que hayan aprendido de todo sin acabar de especializarse en nada, lo que no rebaja un ápice su utilidad, por más que el don de la ubicuidad se reserve a la divinidad. Sin protagonismo, formarán parte siempre del engranaje de la comunicación, y hagan lo que hagan, tras cada proyecto abrirán la obra, o la visualizarán, y recorrerán el texto, mirando distraídamente, como sin hacer nada. Y cada cierto tiempo enarcarán una ceja, o apretarán los labios, y quizá musitarán para el cuello de su camisa: “¿pero cómo se ha podido escapar esto?”.


 

Remato así esta serie de post sobre la corrección, que comenzó con un “he aquí el tinglado de la antigua farsa” y termina confesándose (como el Oficio de tinieblas 5 de Camilo José Cela Trulock) “la purga de mi corazón”. La información ofrecida se ha acompañado de reflexiones sinceras, y mi deseo sería que sirviera para la comprensión de la labor que se desempeña al leer textos ajenos con el ánimo, solo, de mejorarlos.

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1 comentario

  1. Corregir no es fácil, nunca lo ha sido, nunca lo será. Con cada proyecto no sólo te ves obligado a acabarte los ojos mirando aburridas oraciones durante horas, sino que además tienes que hacerlo en un monitor que te seca el cerebro y, por si fuera poco, hacerle de maquetador, editor, asesor, chalán, recadero, diseñador, secretario y, por supuesto, convencer a la gente de que no vives para importunarlos con tus correcciones.

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