DESTRUYENDO EL MITO: ¿QUÉ HACE Y QUÉ NO HACE UN CORRECTOR? (I: EL PROCESO DE LA LECTURA)

Va para veinticuatro largos años ya en que he dedicado mucho tiempo a corregir textos. Al principio uno sabe menos pero confía más en sí mismo, poco a poco se toma conciencia de la enorme extensión de su ignorancia, y por fin, poco a poco también —es sin duda la paciencia la principal de las características del corrector, ya lo adelanto—, se van adquiriendo destrezas y manejando herramientas que permiten valorizar esa labor modesta y oscura, que limpia los canales de comunicación entre el emisor y el receptor del mensaje escrito, mejorándola con la evitación de lo que en Lingüística se denomina ruido. Quizá por eso podríamos catalogarla de labor callada (esto es una broma tan pequeña que no hay más remedio que confesar que lo es para que se sepa).

Pero, en realidad ¿qué hace un corrector? O, expresado de otra manera, puesto que no es muy difícil colegir que un corrector corrige, ¿cómo hace un corrector para corregir un texto?; ¿qué cosas cambia?; ¿qué licencias se toma? Intentaré desentrañar  seguidamente los detalles de eso que algunos consideran algo superfluo y prescindible y que para otros constituye un arcano guardado en un universo paralelo donde es imposible asomarse.

LA LECTURA DURANTE LA CORRECCIÓN

Empecemos por el principio. Corregir es realizar una lectura crítica de un texto en busca de errores e incongruencias (sean estos del tipo que sean, no vamos a entrar por ahora en eso); sólo si el autor lo desea, con la pretensión de mejorar el estilo del escrito. La primera acción en la corrección es la lectura. Como explica Francois Richaudeau en la obra La legibilidad, investigaciones actuales que él mismo coordinó (contextualicemos “actuales”, pues el libro se editó en 1987), la lectura convencional no se hace letra a letra, sino en grupos de en torno a ocho o nueve caracteres que la vista agrupa e interpreta antes de pasar de cada uno al subsiguiente. El lector convencional, por ello, puede ignorar o pasar por alto determinados errores si no han supuesto una interrupción o una duda en su proceso de comprensión del texto que está leyendo. Es más: todos somos conscientes de que realizamos muy diferentes lecturas, y no usamos la misma atención en una noticia periodística de poca importancia que ante un contrato, ni extraemos lo mismo de un texto novelado que de una revista científica. En una lectura a vuela pluma vamos buscando entre el bosque de letras el lugar que nos interesa, a veces ayudándonos con el dedo. Si la noticia periodística está bien redactada lo importante aparecerá lo primero, y leyendo el título, la entradilla y el primer párrafo deberíamos haber conseguido la información relevante, pero a veces la calidad de la redacción no es muy buena, o tenemos interés en algo en particular que no aparece al principio y que buscamos esperando encontrar. En la lectura de textos muy técnicos y complejos nos detienen en seco las palabras ignotas que no nos permiten extraer el mensaje que esperamos encontrar, y quizá necesitamos ayuda para acabar de hallar el sentido del texto. Por su parte, en la lectura de un cuento o una novela  nos sumergimos dejándonos mecer por el estilo del escritor y por la historia que nos transmite, y valoramos ahí el ritmo de la acción, la imaginación de lo narrado, la fuerza expresiva de las figuras literarias empleadas… no digamos ya el nivel de evocación y de provocación que se logra con la poesía, donde las palabras pueden trascender de su significado y hasta de su propia grafía. Nada que ver con la lectura atenta de un ensayo, un artículo científico o un texto divulgativo, textos de los que bebemos y en los que buscamos cultura y aprendizaje.

En la lectura para la corrección, sin embargo, la atención debe ser homogénea. Aun marcando los diferentes modos de expresión de que hemos hablado, el nivel de atención exigido es siempre elevado. Cada texto posee sus errores característicos, aparte los consabidos mecanográficos, ortográficos o gramaticales, y abordar la corrección exige adaptarse a cada registro; no es un proceso sencillo a veces, y hay una enorme diferencia entre los textos literarios y los demás. Se podría decir que corregir textos literarios exige un “estado de ánimo”. Se puede comprender fácilmente si se piensa en la concentración que exige entrar en una sala de exposiciones dejando atrás el ruido de la calle.

LA DETECCIÓN DE ERRORES

El entrenamiento de un corrector pasa por no permitirse los saltos de lectura de un lector convencional. A veces, con familias tipográficas poco lecturables (ver sobre este término lo que dijimos en otro lugar), esta tarea puede hacerse bastante ardua, y un par de horas de trabajo pueden dejarte exhausto como después de haber hecho un esfuerzo físico importante. Hablé hace tiempo de la variedad enorme de tipografías accesibles hoy por hoy, y aunque de ellas un porcentaje abrumador son tipos que se consideran “de fantasía” o “de rotulación” (no aptos, en fin, para textos largos), entre los que se usan los hay más lecturables y menos lecturables. Son más lecturables los tipos con remate o serifa, por lo general, y son menos lecturables los tipos sin remates, o “de palo seco”, porque esos remates o serifas ofrecen rasgos de ilación que nos ayudan a agrupar los caracteres en palabras. También, y ello no es menos importante, porque en los signos no vocálicos (comas, comillas y apóstrofes fundamentalmente) se utilizan pequeños círculos, llamados “lágrimas”, para formar el arranque del signo, y además porque el tamaño relativo respecto del resto de los signos es mayor que en los tipos de palo seco, donde por debajo de un cuerpo 7 escrito (un cuerpo 9 en pantalla) su visibilidad se ve comprometida, con el riesgo de admitir una coma donde debe haber un punto, o un punto y coma donde debiera haber dos puntos, por ejemplo.

Asimismo, la capacidad de visualización también influye a la hora de usar la memoria de las palabras, pues es preciso tener un contraste suficiente con el fondo y una visión nítida del texto para poder identificarlo correctamente. También la visión humana puede incurrir en los mismos errores que un aparato electrónico de conversión de imagen en texto (las herramientas conocidas como OCR por el acrónimo inglés proveniente de Optical Character Recognizing) si lee un fax impreso en papel térmico, o si en una tipografía sin serifa el espacio entre caracteres es insuficiente. Prueben a ver cómo el grupo I+T+I en cambria, o en helvética, se convierte en M reduciendo el espaciado lo necesario, o r+i se convierte en n.

El lector común extrae la mayoría de la información de la parte superior de cada línea, donde se acumulan los rasgos identificatorios básicos de la mayoría de las letras. Su atención no es equivalente en la parte inferior, y por eso no concederá la suficiente importancia a los signos de puntuación. El corrector, por el contrario, acostumbra la mirada para abarcar la línea completa, entendida esta como el espacio que suma la zona de ascendentes, el ojo medio y la zona de descendentes.

Hasta aquí hemos visto cómo un corrector lee para corregir. Aún no hemos explicado qué herramientas utiliza para hacerlo, ni el proceso que sigue. Esos aspectos los desarrollaremos en los post siguientes.

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