ESTILO DIRECTO Y ESTILO INDIRECTO (II)

El día pasado hablábamos del estilo indirecto, de cómo debe usarse con cierto cuidado y con moderación y del acierto de incluirlo en el discurso para reforzar nuestros argumentos. Hoy vamos a hablar del estilo directo, de la forma de recoger apropiadamente las palabras de otro para introducirlas en nuestro propio escrito y con qué sentido es apropiado hacerlo. Sin duda, transcribir un texto de otro evita malos entendidos, pero la primera precaución que debemos adoptar, y no por obvia debe ser ignorada, es que los textos transcritos deben responder al mismo sentido que el autor quiso darles. Naturalmente, si yo tomo cualquier novela y empiezo a subrayar palabras a mi conveniencia, resultará al final que el novelista escribió, dentro de su novela, un relato diferente donde a los personajes les pasan cosas diferentes y que acaba de distinta manera. Descontextualizar las citas es tergiversar el mensaje, y como evidentemente no podemos reproducir en nuestro texto el trabajo completo de aquellos a quienes hagamos referencia, lo primero que debemos sentarnos a reflexionar es qué introducir, y cómo.

FORMA Y EXTENSIÓN DE LAS CITAS

Forma y extensión dependerán del tipo de trabajo que tengamos entre manos. Si elaboramos una exégesis será importante transcribir párrafos clave donde se contenga el mensaje principal de la obra estudiada; quizá incluso estructuremos nuestro discurso a partir de estos incisos, pues al fin y a la postre lo que nos importa es lo que el otro dijo, y aplicaríamos, por así decirlo, una suerte de discurso heterónomo. Los excesos en este particular quedan disculpados.

Lo habitual, sin embargo, es que los textos transcritos apoyen una idea propia, o sirvan para mostrar un argumento contrario a nuestro ideario y nos den pie a argumentar para desmontarlo. Tanto aquí como en el caso previo la introducción puede ir con dos puntos o sin ellos. En el caso de usar citas de cierta extensión no es mala idea reproducirlas en párrafo aparte, y con un conector como los dos puntos. Pero, salvo que intercalemos un muy breve apunte que quede imbricado en una oración, no resulta apropiado alternar incisos/párrafos exentos, y menos cuando esos párrafos no vayan identificados  entre comillas, sino sólo con marcas tipográficas tales como cuerpo (tamaño) más pequeño o uso de la cursiva, porque dentro del texto no es lícita una reducción del cuerpo dentro del mismo párrafo, y podemos necesitar la cursiva para marcar una función distinta a la cita, y provocaríamos confusión en el lector.

Es lícito usar las sangrías para marcar las citas (por un margen o por ambos), y lo habitual es acompañar este recurso con la reducción del cuerpo, de tal modo que dejemos claro en el propio escrito que la cita es un apoyo o un complemento del argumento expuesto, que como las notas podríamos ignorar, en una lectura apresurada o somera. Recordemos ahora que si bajamos una cita a nota no podemos alterar las características generales de sangrado y cuerpo, lo que nos obliga a acudir a las comillas.

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LA MANERA DE CITAR

La facilidad de incluir citas depende del estilo del escritor de que proceden. Un autor que usa un lenguaje directo, que se expresa generalmente en indicativo, que hace recesos en el avance del discurso para exponer las síntesis de sus ideas es por supuesto un autor ideal para conseguir extractos coherentes. Sin embargo, si esas cualidades no acompañan el texto que referimos ello nos exigirá aportar esa labor de síntesis a nosotros, a veces realizando ligeras modificaciones que sí nos estarán permitidas. Vamos a verlo de menos a más.

Como ya hemos dicho, los párrafos exentos constituyen unidades por sí mismos, y la coherencia que debemos buscar es que posean sentido e incluyan todos los elementos para hacerse inteligibles. Lo mismo sucederá si la idea recogida de un texto ajeno constituye una oración completa, o en sí misma adquiere una función en la oración redactada por nosotros sin necesidad de más intervención.

Pero si de primeras no es así recurriremos a las herramientas que la Ortografía nos ofrece, y que ahora vamos a detallar.

LOS PUNTOS SUSPENSIVOS

Según la Ortografía de la Real Academia, el signo de puntuación que corresponde usar cuando no aparece una parte del texto (texto elidido) son los puntos suspensivos. Para ello les concede lo que denomina una “función demarcativa”, puesto que delimitan unidades de sentido. Por su uso en la oración, los puntos suspensivos van pegados al texto que preceden, y seguidos de un espacio.

Cuando el argumento citado no es completo, al final, y antes de las comillas de cierre, podemos también colocar puntos suspensivos. También, si el argumento enlaza con el texto pero no queda imbricado en la oración podemos marcar esa cesura colocando los suspensivos tras las comillas de apertura. En este caso, tras esos puntos suspensivos, y como dijimos antes, colocaremos un espacio que preceda al texto. Vamos a ver unos ejemplos:

Estamos con el autor citado en que “la verdadera revolución está por venir” y que sólo cabe esperar.

El organismo de origen argumenta que “… si fuere necesario, debe remitirse notificación…”, lo que aclara el final del procedimiento previo.

Sin embargo, es muy habitual realizar elipsis en la cita, porque sólo necesitamos transcribir una parte, y eliminamos por ejemplo complementos circunstanciales u oraciones subordinadas que fueron colocadas entre el sujeto y el verbo principal. En su forma más sencilla podemos atenernos al uso antedicho.

El economista reconoce aun así que “es bien difícil determinar… la verdadera causa de esa distorsión… en el mercado”.

Es importante señalar que ante puntos suspensivos deben desaparecer los otros puntos que puedan aparecer. Por ejemplo, no se debe poner punto seguido ni final cuando el texto acabe en suspensivos, y si precede a los suspensivos una abreviatura debemos eliminar este punto pues con los demás vale. Pero ¡ojo! Recordemos que si una oración está entrecomillada el punto va fuera de las comillas, así que en la siguiente construcción no se añade:

Dijo que venía despacio porque no tenía prisa…

Pero sí en esta otra:

Dijo: “Vengo despacio porque no tengo prisa…”.

Quizá sea bueno recordar estos conceptos en el post en que tratamos de ello.

SUSPENSIVOS ENTRE PARÉNTESIS O ENTRE CORCHETES

A pesar de lo expuesto, la misma Ortografía nos dice que esto mismo se puede hacer encerrando esos puntos suspensivos entre paréntesis o entre corchetes. No hay una distinción clara entre el uso de unos y otros (si bien se prefieren los corchetes, quizá por ser signos de menos común uso), pero esta dualidad se debe poner a nuestro servicio si fuera necesario. Pongamos por caso que nos vemos obligados a matizar algunas de las palabras citadas, y que el texto usado incluye paréntesis. Entonces tenemos los corchetes para encerrar nuestros incisos y evitar la confusión con la cita. El uso de los suspensivos entre paréntesis o corchetes supone abundancia de elipsis o necesidad de claridad expositiva cuando los textos utilizados poseen cierta complejidad, y por ello no deben constituir el primer recurso, habiendo visto que sólo los puntos ya marcan las elipsis.

Si usamos la cursiva para las citas, las elipsis deben ir de redonda, o a la inversa si la atribución fue contraria. Eso sirve también para dejar claro que la marca de elipsis es cosa del autor, no del texto referido.

Debe mantenerse en el texto la puntuación necesaria para que la lectura resulte apropiada y coherente. Ni que decir tiene que habría que cerrar signos de apertura como guiones, comillas y paréntesis para que no quedemos expectantes buscándolos si estaban en la elipsis. Hay más: la oración debe conservar los signos que marquen las construcciones (como la coma en el ablativo absoluto de <Dicho lo cual,>, que resulta insoslayable), y los conectores constituidos por cualesquiera signos.

Veamos un ejemplo que incluye varios de los argumentos expuestos hasta ahora:

Lo dicho por sus defensores no empece que “… todos anduvieron errados […], si bien menos los que apostaron [se obstinaron, diríamos nosotros] por la primera opción ¡sin duda la más razonable […]!”. De todo se construyeron argumentos […]: unos dijeron esto, otros aquello, pero  […] el resultado final fue siempre insatisfactorio.

A pesar de lo dicho anteriormente, autores como Martínez de Sousa defendieron el uso de los suspensivos entre paréntesis —o corchetes— tanto al principio como al final de las citas; un uso que se ha extendido bastante, no entiendo muy bien por qué, ya que la norma ortográfica es clara en lo contrario. En mi opinión, los incisos pueden comenzar con minúscula y sin suspensivos, sin más. Queda claro que ningún texto comienza en minúscula, así que la marca de que hay texto previo (que es de lo que informan los suspensivos) resulta muchas veces innecesaria. Es de más sentido cuando el texto comienza por mayúscula, pero aquí Chicago Deusto nos sorprende, indicando que esa mayúscula resulta contraria a la Gramática si no va precedida de punto y que, en lugar de usar unos puntos suspensivos que podrían haber salvado la elipsis —ya hemos visto que, a principio de oración, se sobreentiende el punto que haya podido preceder al texto transcrito—, debe cambiarse por minúscula. Quizá en ese caso los corchetes tendrían sentido si encerráramos entre ellos la obligada minúscula, haciendo así anotación de que en este pequeño detalle no respetamos el original. Pero la acumulación de suspensivos y corchetes en otro caso nos parece una redundancia difícil de explicar.

Este respeto por el original es materia compleja, y la vamos a dejar para el final. Por respeto a la sistemática empleada, terminemos de hablar antes de los otros signos que la Ortografía admite para marcar elipsis: las líneas de puntos.

LAS LÍNEAS DE PUNTOS

Para marcar que en un texto faltan líneas la Ortografía señala que pueden usarse líneas de puntos, de extensión inconcreta (lógicamente, más de tres). Por extensión, quizá, los formularios también usan líneas de puntos allá donde falta texto, texto que en este caso debe ser añadido por quien lo rellena. Las normas de puntuación  para estas líneas dentro del texto son las mismas que vimos para los suspensivos, así que no nos vamos a repetir. Son además un recurso no muy utilizado, aunque ahí está, a nuestra disposición.

LA CORRECCIÓN SILENCIOSA

El Manual de estilo Chicago Deusto define corrección silenciosa como aquella que se puede realizar sobre un texto ajeno a la hora de transcribirlo porque elimina errores que no son admisibles en un texto escrito. Es un concepto atrevido, quizá incluso peligroso, porque corrección en la sombra habría sido habernos hurtado las jotas de Juan Ramón Jiménez cuando el grafema correcto era la g. Tradicionalmente se usó poner entrecomillado tras el error el adverbio romano sic (así, de este modo) para hacer ver que el error del texto no era propio del editor, sino que aparecía por respeto al original. Tengo que reconocer que le he otorgado a las comillas esa cualidad casi sagrada que las hace intocables, y me cuesta mucho realizar este tipo de correcciones silenciosas. Tengo comprobado además que los errores de textos citados suelen provenir de una mala transcripción, y un pequeño error puede ocultar, como un síntoma menor, un problema de más enjundia, como una elipsis involuntaria que a veces modifica el sentido último de lo transcrito. Por ello me parece más apropiado seguir con el sic, y realizar los avisos necesarios para estar del todo seguros de que la fuente contenía el error.

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