ESTILO DIRECTO Y ESTILO INDIRECTO (I)

Traer la opinión o la autoridad de alguien a nuestros escritos es un recurso habitual en los textos científicos. Las hipótesis de trabajo se confrontan con las de otros estudiosos, y cada aspecto puede reforzarse colacionando lo que inspiró al resto, apoyándonos en ello o bien rebatiendo lo que lo contradiga. Evidentemente, es más exacto el recurso al estilo directo en estos casos, y de la literalidad de las palabras el lector podrá deducir cómo de divergentes o de coincidentes son los argumentos que lee. Teniendo en cuenta además las herramientas actuales de búsqueda y comparación de textos científicos, un uso indebido y desproporcionado del estilo indirecto puede afectar incluso a la reputación del autor, pues si la fuente no se especifica lo suficiente podríamos acabar acusados de plagio. Por el contrario, la medición del índice h se basa en las veces que otros nos citan, y en las que nosotros citamos a otros [recordemos, el índice h fue definido por Hirsch de esta manera: Un científico tiene índice h si el h de sus Np trabajos recibe al menos h citas cada uno, y los otros (Np – h) trabajos tienen como máximo h citas cada uno]. Desde ese punto de vista, nos interesa citar, y ser citados. Pero para hacerlo hay que cumplir determinadas convenciones gramaticales, ortográficas y ortotipográficas, y a ello vamos a dedicar los dos siguientes post.

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¿PARAFRASEAR O CITAR?

Lo primero que debemos decidir es cómo vamos a tratar los textos ajenos cuando vengan referenciados en el nuestro. Si vamos a traer la idea de alguien, respetar en lo posible su dicción literal nos dará la seguridad de no haber tergiversado el sentido que aquel autor quiso dar a sus palabras, pero ello no va a ser necesario siempre, porque de repetir esta fórmula la lectura puede hacerse pesada o resultar un desafío de redacción en el engarce con los argumentos propios, si no queremos convertirnos simplemente en el altavoz de otro.

Si elegimos parafrasear a otro autor, puede que la mejor opción sea realizar la transcripción literal previamente, o al menos una cita bibliográfica exacta del texto que usaremos o, mejor aún, un enlace con el propio texto citado si hablamos de publicaciones electrónicas —en línea o fuera de línea—, para que el propio lector decida si quiere cohonestar lo que se cita con la propia fuente. De esa manera habremos adquirido la potestad de argumentar sobre lo que ya fue explícito, y tendremos las manos libres.

En el caso de argumentos archiconocidos (sólo sé que no sé nada, lo bueno si breve dos veces bueno, etc.) es lícito introducirlos en el texto propio incluso sin la cita de autoridad correspondiente (si ya el filósofo dijo sólo saber que nada sabía, siempre es adecuado recordar, como se dijo antaño, que lo bueno si breve es dos veces bueno), y ahí, como vemos, podemos realizar las modificaciones oportunas para cuadrarlo en el texto propio. Según nos alejamos de lo literario para adentrarnos en lo científico esa flexibilidad se va perdiendo, y en el extremo opuesto tenemos textos donde ni una letra podemos alterar. Los más al uso son los textos normativos, publicados en alguna fuente de autoridad como una norma internacional o un boletín oficial, pero ni esos son los más rígidos: en el caso de textos clásicos, los recursos paleográficos permiten especificar hasta el más nimio detalle del original en su transcripción, con el empleo de signos que identifiquen los cortes de línea, párrafo o página y el lugar en que estos se hallaban, las partes del texto que el editor considera falseadas, equívocas o corrompidas. No vamos a tratar aquí estos casos extremos, pero es bueno saber que, de encontrarnos en esa tesitura, hay que saber actuar en consecuencia.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, calibraremos a partir de nuestro propio texto cómo se deben tratar los ajenos, y tomar una decisión ponderada, que habrá de convertirse en la norma de todo el escrito, no siendo recomendables las variaciones para no restar coherencia.

EL ESTILO INDIRECTO COMO PRIMERA OPCIÓN

El estilo indirecto implica falta de literalidad, pero ello no quiere decir que no se usen las palabras originales, sino que éstas se incluyen por adaptación a nuestra propia redacción. Quizá haga falta sólo cambiar un tiempo de un verbo, o el número de un sustantivo. Como dice Martínez de Sousa (Diccionario de ortografía técnica, 1999, 88), “ortográficamente, la cita indirecta no se distingue con diacríticos” (entiéndase aquí diacrítico como todo aquello que marque la diferencia entre dos partes de un texto, bien sea cambiando de redonda a cursiva, o a negrita, bien usando comillas o cualquier otro signo que asuma ese carácter diacrítico).

RECURSOS DE ESTILO INDIRECTO

Podemos manejar una serie de recursos para el uso del estilo indirecto. El más habitual es el uso de la subordinación de relativo (dice Martínez de Sousa que puede haber razones que aconsejen el uso de las comillas), pero hay otros (según Martínez de Sousa…), a veces imaginativos, como lo que el propio autor llama “cita indirecta libre”, del modo y en ello insiste el autor: citar no es copiar (véase que aquí se usan los dos puntos pero no introducen una cita literal), y que nos acercan progresivamente al estilo directo, hasta el punto de encontrarnos un estilo “casi-directo” cuando entrecomillamos lo más destacado del argumento referido, pero no el resto.

Siguiendo en esto también a Martínez de Sousa, podemos asimismo considerar dentro del campo de la cita indirecta lo que él denomina “cita de segunda mano”, donde tomamos palabras de un autor encontradas en la obra de otro. En este caso tenemos estilo indirecto en cita directa, y habremos de tener la precaución de incluir en la referencia tanto al autor de la obra consultada como al otro, que pondremos detrás, anteponiendo “cit.” o “cit. de”.

La contraposición lógica de la cita de segunda mano es la cita de primera mano. Ya hemos detallado cómo podemos introducir en un texto propio uno ajeno que quede imbricado en él. El próximo día detallaremos las formas de insertar una cita literal, las convenciones que debemos atender y las recomendaciones que distintos autores hacen para ello.

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