PUBLICACIONES JURÍDICAS ¿POR DÓNDE EMPEZAR?

Muchos profesionales del Derecho se plantean la comunicación de contenidos como una estrategia de marketing. Ajenos al mundo universitario, donde la creación científica es conditio sine qua non para la valoración profesional y el reconocimiento de méritos, abogados, registradores, notarios y otros profesionales involucrados en la aplicación práctica del Derecho empiezan a darse cuenta de que la creación de contenidos para su divulgación en el circuito profesional redunda en una serie de ventajas que no conviene descuidar. ¿Tienen razones suficientes para pensar así? En este post vamos a desentrañar algunas claves de interés para comprenderlo.

UNIVERSIDAD VERSUS EMPRESA

Tradicionalmente, la doctrina se ha generado en dos ámbitos muy específicos: el mundo editorial y la universidad. En un principio estrechamente entrelazados, era muy común que los principales del mundo universitario se vinculasen a una casa editora u otra, bien mediante contratos civiles que excedían el propio campo del contrato editorial para perfilar una relación de larga duración —a veces con la inclusión en el propio staff con la manifestación de una función que buscaba el prestigio mutuo—, bien mediante la sucesión prácticamente ininterrumpida de proyectos editoriales en los que se veían involucrados, ya como autores, ya como compiladores, ya como directores o coordinadores o con cualquier otra función. No en vano, en la glosa que la editorial Aranzadi publicó hace poco de la enorme figura de Eduardo García de Enterría se hablaba de la editorial como de “esta su casa”.

Estas vinculaciones estrechas se han movido incluso por motivos “territoriales”, y parecía lo normal que las universidades de un entorno geográfico tuviesen el apoyo de la editorial que allí residenciase su sede social.

Últimamente, sin embargo, las cosas han cambiado bastante, y vamos a desglosar algunas razones que justifican este cambio.

EL DESCENSO DE LA RENTABILIDAD DE LOS PRODUCTOS EDITORIALES

Las casas editoras de no hace demasiados años podían estar completamente orientadas al mundo del Derecho, y ocupaban un nicho que abastecía el mercado de la necesaria exégesis normativa, compilación jurisprudencial y doctrina que el profesional requería. Simplemente, uno se suscribía a las publicaciones necesarias o atendía los catálogos para hacerse con el material que precisaba.

La era de Internet ha venido a trastocar todo esto. Si las universidades se incorporaron más pronto que tarde al movimiento OAI (Open Access Initiative, movimiento por el libre acceso) para poder intercambiar conocimientos científicos sin intermediación, las empresas se movieron rápido para acaparar la distribución del conocimiento, y Reuters y Bertelsmann, las dos grandes multinacionales que se han dividido el pastel (literalmente, pues fuera de él sólo han quedado unas pocas migajas), han estructurado, en una operación de concentración vertical de libro, un mercado de oligopolio adonde todos deben acudir en una u otra fase.

El resultado de la combinación de ambos factores ha sido la caída en picado de la rentabilidad de los productos tradicionales en papel y la innovación continua en los canales de distribución del material.

Actualmente, la búsqueda se realiza a través de algoritmos matemáticos que marcan la relevancia de la información ofrecida en función de los términos de búsqueda que se usen, y que pueden ser positivos (lo que quiero encontrar) y negativos (lo que debe quedar excluido). La información, por su parte, queda indexada a partir de los términos de búsqueda presumidos (lo que denominamos palabras clave) por empresas asimismo dependientes de las multinacionales o por entidades más o menos altruistas, y que “asimilan” la información recibida para ofrecerla en portales que la albergan en los denominados repositorios. Hay actores, por fin, que ofrecen los resultados de varios de ellos a la vez, esto es, indirectamente.

En función de este esquema las relaciones entre generadores de información y sus distribuidores, evidentemente, han cambiado mucho.

¿HA MUERTO EL CONTRATO DE EDICIÓN?

La Ley de Propiedad Intelectual española dedica un capítulo al contrato de edición. Entiende concernidos en él los productos tradicionales, pero ya dice que no son objeto de su atención las publicaciones periódicas. No ha habido mucha ayuda legislativa posterior para regular la edición electrónica de libros, y aunque parecía un objetivo lógico, finalmente no se pudo aplicar un IVA superreducido a las ediciones digitales como la que sí se contempla para las convencionales en papel.

Unas cosas y otras han tocado de muerte a la edición de monografías en un sentido estricto: como libros donde se exponía de modo exhaustivo un tema para llegar a una conclusión o al menos exponerlo en su integridad. Cierto es que los trabajos científicos que culminan los ciclos educativos (grado, posgrado o doctorado) son necesariamente monografías en este sentido, pero debemos reconocer que su divulgación es muy minoritaria en España porque hay una ancestral mala costumbre de convertirlas en recopilaciones eruditas sobre lo que hasta el momento de su publicación se conoce sobre el tema tratado, más que como aportaciones novedosas que sean o provoquen un avance en la investigación. Son así demasiado prolijas, imposibles para editarlas en papel por su alto coste y desechadas para su consulta electrónica por el desmayo de quien debe bucear por el océano de su desarrollo.

Lo que prima, pues, es la comunicación breve. Muerto el libro científico ¡vivan los artículos!

“SHOW ME THE MONEY”, BUT IS THERE ANY MONEY?

El descenso de la rentabilidad que antes apuntamos ha tenido graves consecuencias para los autores científicos.

Por una parte, en los contratos de edición las cláusulas sobre retribución han dejado unas cifras que hay que mirar con lupa, y se han incluido otras que comprometen al autor a su actualización por largos períodos o retienen el contenido para su uso indistinto para cualquier canal de distribución, entero o por partes.

Respecto de las publicaciones periódicas el trabajo en un porcentaje cada vez mayor simplemente no se retribuye, y en cada vez más se cobra por publicar. Los criterios, cada vez más estrictos, permiten, y así lo tienen a gala algunas de las publicaciones más conocidas, rechazar un mínimo del 70% de los trabajos recibidos.

Como antes dijimos, los profesionales de la universidad necesitan acreditar la publicación de los resultados de sus investigaciones para que esos méritos se conviertan en mejoras retributivas, y las empresas de que antes hablábamos han construido una compleja arquitectura para valorar ventajosamente los trabajos editados en las publicaciones que ellas mismas poseen. Desgraciadamente, los autores españoles quedan bastante rezagados en los ranking porque el “impacto” medido para sus trabajos de investigación resulta menor comparado con el de estadounidenses, británicos o canadienses.

A modo de inciso, a iniciativa de Google, y como consecuencia de la expansión de su buscador científico Google Scholar, los investigadores en ciencias sociales y humanidades quedan definidos a partir de lo que se conoce como “índice H” (H Index Scholar) en función del “impacto” de sus trabajos, y es bastante común que un estudiante desplazado de EE.UU. a España posea un índice H mayor al de profesores con muchos años de ejercicio.

CON SEMEJANTE PANORAMA ¿POR QUÉ ESCRIBIR?

Como vamos comprobando, el mundo de la divulgación científica se está volviendo más proceloso que el Mar del Norte. Pero igual que los drakkars se mantuvieron a flote donde los trasatlánticos de la Cunard se partían en dos, la clave está en la adaptación.

Los canales habituales para comunicarse con el público a que hemos hecho mención en este artículo exigen tiempo y dedicación. Un abogado solitario no podría embarcarse en ello a no ser que dispusiera de las horas de vigilia que la Naturaleza regaló a Thomas Edison. Pero si el bufete tiene un número importante de especialistas en una rama, la publicación de un artículo que dé visibilidad a la intensa labor de recopilación realizada con un fin concreto y previo (como un caso importante, o un informe por encargo) es una oportunidad que, con poco esfuerzo, no debería desperdiciarse.

Y no olvidemos que de un trabajo bien hecho pueden surgir otros: la estructuración racional del trabajo nos permitirá usar el material recopilado como antecedentes, o como preámbulo, para ahondar en un aspecto, o para seguir un tema colateral o imbricado con el ya tratado. Algo perfectamente lícito. Aparte la publicidad obtenida, la labor de investigación así realizada mantiene al grupo activo, “engrasa la máquina” y mejora sus reflejos ante situaciones similares.

Con este planteamiento se pueden también abordar proyectos por notarios y registradores que deseen darse a conocer como especialistas en determinada labor. Algunas parcelas muy concretas de aplicación jurídica, como podrían ser los seguros de flete, tienen también unos actores muy concretos entre los que es útil darse a conocer.

¿Y el abogado solitario? ¿Cómo hacerlo? Pues a través de medios a él accesibles. Si sus casos son más modestos pero poseen cierta “repercusión mediática” no es cosa de desaprovecharla, y elaborar comunicados de prensa destinados a los periodistas que cubrieron esas noticias les facilita el trabajo (¿o acaso a alguien le amarga un dulce?).

Si hay que intentarlo en revistas digitales, ahí va el secreto de los paper: la brevedad. Los americanos nos han robado a Gracián y su máxima, y los artículos prolijos de 30 o 40 páginas que se estilan por estos lares son allí de apenas 10. Céntrese en la argumentación, y no la extienda a las notas. Las notas son un apoyo argumental, y no tienen por qué convertirse en una extensión de la tesis planteada en un segundo plano. Herramientas como Zotero (gratuita) o Refworks (de pago) permiten elaborar un archivo con la bibliografía referenciada que será tratada automáticamente por Word a través de las correspondientes extensiones aplicadas. Con un trabajo bien estructurado y documentado de unas pocas páginas se puede también acceder a publicaciones de prestigio. Buscando Open Access es posible saber a qué revistas digitales de cada tema se puede acudir. Si el trabajo es bueno y actual tendrá posibilidades, sin duda. Y los clientes potenciales, que suelen usar Internet para aclararse cuando un tema legal les quita el sueño, agradecen comprobar que el bufete que contrataron tiene voz propia en el tema por el que acudieron a solicitar ayuda.

Por fin están las redes sociales. Tener un blog propio es una buena idea si lo sabemos mover. Ser activo es pertenecer a grupos, participar en ellos, recomendar publicaciones y a su vez que recomienden las nuestras. Siempre muy profesionalmente, porque es mejor no tener reputación que tenerla mala, pero con cuidado y atención es relativamente sencillo.

Si nos hemos “digitalizado” del todo, normalmente tendremos nuestra propia página web. Hay enormes profesionales que se encargan del diseño y el mantenimiento, con presupuestos adaptados a cada tipo de cliente. Es un escaparate muy útil, y nos da una imagen moderna que nos conviene enormemente.

Y AHORA EL AVISO A NAVEGANTES: PUBLICAR ES UNA COSA MUY SERIA

Bien, ya hemos desgranado un poco este mundillo de la comunicación. Pero aún no hemos dicho en qué consiste, quizá porque se da por sabido: en… claro, en comunicar.

¿Hay algo peor que encontrar errores en la página web? Es como tener desconchones en la sala de espera, las sillas cojas y una puerta abierta a un aseo de los años cincuenta. Porque la comunicación es implacable, y puede ayudarnos, pero también hundirnos.

Escribir no es sólo algo literario, y la comunicación posee unos códigos internos que hay que conocer. Cualquier cosa de nuestra mano que posea errores de bulto destrozará en un santiamén nuestro esfuerzo por hacernos valer. La redacción pobre o enrevesada nos creará de inmediato una imagen negativa, y los errores en la transcripción de textos en otros idiomas será veneno para nuestra proyección internacional. Sorprende a veces recibir una tarjeta de visita con faltas de ortografía, o recibir cartas o publicidad con errores graves.

No digamos ya cuando hablamos de publicaciones científicas. Las revistas americanas penalizaban pecuniariamente cada error detectado (cuando aún pagaban las colaboraciones, claro), y aún rechazan trabajos sólo por un criterio de presentación. Hasta hace unos años prácticamente todas las publicaciones importantes corregían los trabajos. Ahora todo se publica según sale del ordenador de su autor, que recibe sobre sí las críticas de sus compañeros cuando deslizan errores notables. Como es común tener que aportar la dirección de correo electrónico, si la revisión de calidad no evitó que viera la luz un trabajo mediocre podemos vernos muy comprometidos por un aluvión de reproches.

CONCLUSIÓN: ANTE TODO, BUENA IMAGEN

Las nuevas formas de comunicación nos permiten acceder a un público potencial de manera inmediata, sencilla y barata. No son precisos contactos, ni contratos, ni compromisos. Resultan una manera tentadora de darse a conocer, pero utilizan siempre, o casi siempre, la palabra escrita para hacerlo. Incluso cuando leemos una conferencia el medio es el escrito. Cuidarlo hasta el último detalle resulta esencial para lograr el objetivo último que pretendemos: ofrecer una buena imagen.

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