LA COORDINACIÓN EDITORIAL: HOJAS DE ESTILO (y II)

La semana anterior hicimos una presentación de la coordinación editorial y de lo que significaba para el responsable ponerse al frente de un proyecto editorial con esta responsabilidad. Como ya expusimos, la labor de coordinación adquiere su sentido en dos tipos de obras: las de varios autores, y las colecciones. Evidentemente, el nivel de detalle al que descenderemos en obras de varios autores es mayor que el de las colecciones, pues la coherencia se aprecia de forma más palpable entre partes de un mismo libro que entre uno y otro de una misma colección. Insistir en esto no es baladí, porque el exceso de detalle no es positivo, y una uniformidad excesiva, aparte de encorsetar la obra, seguramente molestaría a los participantes, que se sentirían constreñidos en un traje de la talla correcta pero estrecho de sisa, si ustedes me admiten el símil.

Por ello, en adelante vamos a detallar en qué aspectos es importante mantener la uniformidad, y deducir entonces en cuáles no, frenando a tiempo una tendencia reglamentista tan negativa como la dejadez.

Aparte las indicaciones de uso general que antes expusimos en las normas de publicación, recomendamos encarecidamente que al título se acompañe otro abreviado, que se identificará como “short title” y tendrá un máximo de 40 caracteres con espacios (algo más de media línea en DIN A-4), y que debe servir, si es preciso, para las cabeceras de página. Todos los elementos “generales” de identificación del trabajo aparecerán juntos, y no estaría mal que en una página independiente cerrando la última línea con un Ctrl + Intro.

Es MUY importante que todos los textos de los trabajos aparezcan en mayúsculas y minúsculas, o versales y versalitas. Esto vale tanto para título y subtítulo del trabajo como para títulos de epígrafes y subepígrafes. Un texto compuesto en mayúsculas sólo puede trabajarse en mayúsculas. Si el diseño del libro exige que pase a versalitas, el maquetador estará bloqueado y sólo podrá ponerlo del modo “oración”, usando la versal tras punto. Para más nivel de detalle se le estaría exigiendo navegar por la obra a la busca de la solución o usar la imaginación (algo muy positivo casi siempre, pero aquí potencialmente desastroso).

Conviene hacer asimismo la anotación general de que cualquier forma de presentación no convencional debe ser consultada con el coordinador. Hay autores que numeran cada argumento, otros que hacen remetidos con acotaciones ex curso… Si la particularidad “cabe” en las normas, estupendo; si no, entre el coordinador y el propio autor podrán buscar una solución consensuada que evite la sensación de “ajenidad”.

Si el planeamiento de la obra lo permitió, lo ideal es realizar una hoja de estilo previa y enviarla a los partícipes como un documento más del compromiso editor (con el contrato o la notificación de la participación, por ejemplo). Obvio es decirlo, pero si no es nuestra primera vez tendremos un modelo ya sometido a prueba, un modelo que sobre un armazón imprescindible podremos adaptar a las circunstancias actuales.

Ese armazón, ese listado de minimis, debería incluir:

La manera de presentar texto convencional, elementos especiales y citados.

A veces los excursos, los apoyos en jurisprudencia u otros elementos especiales pueden requerir una presentación de párrafo de características determinadas. Para estar seguros de que estos elementos no pierden esa categoría especial (que podemos haber definido convencionalmente en Word como un estilo de párrafo nuevo, pongamos por caso “Remetido”, en un documento en blanco que enviaremos a los copartícipes para que puedan usarlo a partir de ese “documento cero” que podemos usar como plantilla), es bueno que habilitemos una marca protocolaria que permita al maquetador que importe el texto sin respetar las características del documento original conocer el lugar de estos elementos especiales. Por ejemplo, en línea independiente, {\1} puede marcar el punto de apertura del párrafo especial “1”, y {/1} el de cierre. La sustitución posterior será sencilla, y el margen de error mínimo.

La forma de presentar el texto convencional no requiere comentarios especiales, pero sí podemos decir que el texto justificado (que llena por completo la anchura cada vez) evita el problema de los cortes de línea indebidos que podemos haber introducido o, más probablemente, podamos haber importado de textos traídos de otros documentos (sobre todo pdf) o de Internet. Un corte de línea indebido es un comienzo de párrafo, y si se habilitaron mecanismos para evitar la aparición de líneas “viudas” y “huérfanas” (solas al final o al principio de página, qué cruel es la economía terminológica), y se usó un tipo de letra de palo seco y por consiguiente una apreciable separación entre párrafos, la corrección desarmará probablemente toda la maquetación del capítulo desde ahí. Trabajo que habrá resultado baldío, y trabajo es tiempo, y tiempo es dinero.

La forma de realizar la gradación de títulos y subtítulos.

Como dijimos la semana pasada, estas cosas sí quedan explícitas en las normas de publicación, y resultan básicas. A partir de la instrucción de numeración del procesador de textos podremos construir la que prefiramos, bien exista o la hagamos nueva, para ir numerando cada nivel, pero no está de más recomendar su cotejo en papel para cada trabajo, para evitar asignaciones de nivel indebidas. Por otro lado, si a cada nivel le asignamos un estilo podremos obtener los sumarios de los trabajos sin temor a transcripciones erróneas, y aunque el maquetador hará una interpretación de estos títulos y no utilizará el sumario obtenido, sino que obtendrá uno propio, siempre los identificará como tales, y no los confundirá con texto común.

Las partes del texto que conviene desarrollar en cita.

Aunque va en el estilo de cada uno, el uso del estilo directo y del estilo indirecto puede provocar auténticos dolores de cabeza a un coordinador. Con las modernas herramientas que permiten identificar cuándo un texto no es original (herramientas que incluso catalogan la “reputación” de los autores de los textos que aparecen al público), el recurso a un estilo semiindirecto, en que se cortan y pegan trozos de artículos y obras de otros autores con los que coincidimos en argumentos, debe proscribirse tajantemente. Un estilo indirecto debe utilizar el fondo, pero no la forma, de la fuente. El estilo directo debe identificarse perfectamente, y mi preferencia es el uso de las comillas, del que ya hablamos en otro momento. Pero en el desarrollo argumental a veces se imbrica ese estilo indirecto que puede poner en aprietos al coordinador que decidió que los citados vendrían en el estilo de párrafo “Remetido” del que antes hablamos. Cuando la cita literal es menor a una línea puede permanecer en el propio texto corrido, pero los autores deben ser conscientes de que maneras muy disimétricas del uso del estilo directo pueden resultar complicadas de maquetar o resultar antieconómicas si acumulamos blancos excesivos en cada página, y una recomendación general del coordinador en este sentido puede resultar apropiada.

La norma a la que someter la presentación de bibliografías.

Si hay una elegida (una preferida por la editorial, por ejemplo), nos someteremos a ella. Lo ideal es obtener la propia cita cuando hagamos la referencia en el texto usando aplicaciones como Refworks o Zotero, que nos permitirán dar la salida a las referencias en el formato elegido. Si la norma es propia y distinta o no queremos recurrir a esas herramientas debemos transmitir las instrucciones de forma clara, poniendo además ejemplos de cita de obras completas, de partes de obras completas o artículos científicos y de citas de referencias electrónicas, al menos.

El listado de abreviaturas de uso común y de aquellas otras de segura presencia.

Aunque esto se puede ir completando sobre la marcha si no disponemos de todo el material, las correcciones e inclusiones sobre la marcha tienen cierto peligro, y si nos vemos en esta necesidad es obligado realizar dos listados en dos documentos independientes; en el primero cada línea empezará por la sigla y seguirá por su desarrollo, y en el segundo al revés, comenzará por el desarrollo y acabará con la sigla. Tras cada inclusión en sendos listados colocaremos ambos por orden alfabético a fin de que afloren posibles repeticiones o variantes, que podremos corregir a tiempo.

Las variantes tipográficas especiales.

Hay determinadas acepciones que normativamente exigen la cursiva, como por ejemplo las familias o taxones en Botánica. Sin embargo, brocárdicos y abreviaciones latinas pueden aparecer en cursiva y sin castellanizar o bien castellanizados, por cuanto la Real Academia ha asumido muchos de ellos para su uso como si de textos en español se tratara. En el caso de que los usos de la editorial marquen uno u otro sentido nos acogeremos a su preferencia; si marcamos nosotros el criterio, y en el texto se usan brocárdicos a menudo, parece razonable tratar todas las acepciones latinas como hagamos con esas citas latinas, y por ejemplo entrecomillaríamos las citas si castellanizamos, o dejaríamos todo en cursiva sin necesidad de usar comillas; el criterio en otros idiomas es extrapolable, y la unificación previa es bastante de agradecer.

Las tablas.

El formato de tablas es exportable a programas de autoedición. Por ello, usar un criterio uniforme ahorraría bastante tiempo. Para ello hay que marcar los elementos siguientes: el formato del marco exterior, el formato del marco de celda, la definición de que la primera fila sea o no cabecera (es recomendable que sí lo sea) y que haya o no una última fila, todo a lo largo, que sea la que incluya la fuente —y ¡ojo! que de haberlo no lleva punto final—.

Los elementos gráficos.

Las imágenes deberían acompañarse de su leyenda incluida en el propio archivo como pie de imagen. Es la manera de que ese pie no se pierda en el texto.

El lugar donde esa imagen debe aparecer a veces es taxativo, y ahí el tratamiento de texto nos puede poner en aprietos porque, seamos sinceros, en esas labores a veces se ve superado. La alternativa más segura cuando el original va para imprenta es dejar sólo en el documento principal el texto y las referencias de las imágenes que lo acompañan, y en paralelo identificar en archivos nombrados de la misma manera cada uno de los elementos gráficos de acompañamiento, a ser posible con el formato de su presentación (pdf, jpeg, gif…).

No está de más recordar que los gráficos obtenidos de paquetes de ofimática deben conservarse en el formato en que se crearon, y que esos archivos, convenientemente identificados, deben acompañar el archivo del original donde aparecen. Esto es fundamental a la hora de tratar los bordes de las tablas y los colores, en procesos de exportación que a veces no resultan sencillos pero que resultan inevitables para ofrecer una resolución correcta del elemento a la hora de imprimir.

Finalmente, hay que hacer mención de la resolución de las imágenes aceptadas. Muchas de ellas se consiguen de Internet, y su resolución es muy baja. No apropiada para imprenta. Cuando hablamos de formatos como png, pensado para el intercambio en la interfaz de Windows, las limitaciones son palmarias. No está de más definir un mínimo suficiente, que puede consultarse con los responsables de diseño de la editorial o, en último extremo, con la propia imprenta, con variantes para color y para blanco y negro, para evitar resultados pobres o decepcionantes en el volcado en papel.

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