USO INCORRECTO DE “MISMO/MISMA”

Ya el Esbozo de una nueva Gramática de la lengua española de la comisión de Gramática de la Real Academia Española decía, en el lejano 1973: “El adjetivo mismo (…) no es un pronombre” y, más adelante, “Conviene llamar la atención sobre el empleo abusivo (…) que la prosa técnica hace(n) hoy del anafórico el mismo, la misma, por considerarlo acaso fórmula explícita y elegante. Pero no pasa de vulgar y mediocre”.

Más modernamente, la Nueva Gramática de la lengua española, editada en 2010, se extiende más sobre su uso, y si bien recuerda el originario como adjetivo, se explaya más, y también recuerda sus malos usos. Malos usos que parecen enraizar como una mala hierba, emponzoñando el estilo de muchos autores que quedan de este modo contaminados por una moda que parece ofrecer alguna ventaja de utilidad, pero que sólo resulta redundante y cacofónica.

ESA MALA HIERBA

En 1984 Fernando Lázaro Carreter le dedicó al tema uno de sus siempre certeros “dardos”, aquellos que como vigía del idioma lanzaba desde la tribuna del diario El País. Atento como siempre al lenguaje periodístico, decía entonces del abuso de “mismo” que era sin duda “un modo novísimo de hablar y de escribir”, y que bien parecía que la advertencia hecha por la Real Academia en 1973 en lugar de plaguicida parecía haber actuado como un abono, extendiendo parece que irremisiblemente el uso de este adjetivo como pronombre o posesivo. Curiosamente, resulta paradójico que este mal uso sea muy propio de la expresión escrita, porque en la oral en seguida nos toparíamos con su inexactitud y dificultaría el entendimiento. Pongamos el mismo (¡ojo!, adjetivo) ejemplo con que nos obsequió don Fernando:

— Juraría que me había echado las llaves al bolsillo de la chaqueta, pero no llevo las mismas en el mismo.

—  ¿Te has mirado en el pantalón? Puedes llevarlas en los bolsillos del mismo.

—  No, no llevo las mismas en el mismo. Al salir de casa habré dejado las mismas sobre algún mueble de la misma, mientras sacaba el abrigo y me ponía el mismo.

—  Tendrás que llamar al cerrajero para que abra la puerta.

—  Sí, aquí tengo el teléfono del mismo. Nos cambió la cerradura de la misma hace poco, y conocerá la misma…

¿No les parece estar viendo a Manolo Gómez Bur y a Fernando Fernán Gómez declamando un texto de Muñoz Seca, o de Jardiel Poncela?

ESCRIBIR, Y HACERLO PEOR

Si tenemos claro que nadie hablaría así, ¿por qué no nos resulta tan chocante verlo escrito? ¿No habremos caído en la trampa de la incorrección por esa búsqueda de lo “explícito” y “elegante” que siempre se supone al lenguaje escrito, y más cuando hablamos de comunicación científica?

Queda reconocido el uso anafórico de “mismo”, que podemos ejemplificar en “Tengamos en cuenta ese mismo ejemplo”, en un uso que la RAE define como IDENTIFICATIVO. Pero hay más.

ENFÁTICO: “El juez mismo nos dio la razón” (véase el cambio de matiz respecto de la expresión “El mismo juez nos dio la razón”).

MODIFICADOR DE REFLEXIVOS: “Un hombre hecho a sí mismo”. Este valor reflexivo, que a veces es innecesario (“Me siento bien conmigo mismo”), otras sí lo es, y equivale a otras formas con valor recíproco (“Ellos mismos buscan enfrentarse” ~ “Buscan enfrentarse unos con otros”).

EJEMPLIFICATIVO: “Mañana mismo”.

COMPARATIVO: “Tenemos los mismos gustos”.

Fuera de estos usos entramos en el pantanoso terreno de la innecesariedad, cuando no, directamente, de la incorrección.

NO, NUNCA, JAMÁS

Aunque aludiremos a esta responsabilidad sin duda más veces, buena culpa de esta incorrecta extensión deviene de las formas anacrónicas y oscurantistas que el lenguaje administrativo y judicial ha heredado, y que como jirones de piel muerta cuelgan de un organismo que necesitamos revitalizado pero que se vincula necesariamente a su pasado.

No de otra forma podríamos juzgar la aparición de “mismo” sustituyendo a un pronombre en expresiones como “La normativa regula el uso fraudulento de las leyes para posibilitar el cumplimiento de las mismas”, donde parece que existe un pudor a la hora de sustituir el determinante “el” por el posesivo “su”, y decir sencillamente “La normativa regula el uso fraudulento de las leyes para posibilitar su cumplimiento”.

A veces parece necesario insistir, por claridad, en el referente. Pero siempre es preferible el uso correcto de los pronombres que el espurio del adjetivo “mismo”: “La víctima se encontraba decúbito prono y había objetos desperdigados en torno a la misma” no da más claridad que decir “en torno a ella”, si no se ha querido sencillamente decir “en derredor”, “alrededor” o, más explícitamente, “a su alrededor”.

Otras veces una coordinación parece bloquear la mente del escritor, que recurre a ese artificio enrevesando la oración sin aportar nada. Si decimos, por ejemplo, “Es importante el planeamiento de la obra”, ¿por qué diantre lo liamos tanto si tenemos que decir que, aparte el planeamiento, también es importante la ejecución? Porque entonces ya no leemos “Son importantes el planeamiento y la ejecución de la obra”, sino “Son importantes el planeamiento de la obra y la ejecución de la misma”. No necesitamos para nada ese pretendido sentido explícito del final de la oración, y resulta incluso comprometido asignar la función sintáctica de esa coletilla.

DOCTOR, ¿ES GRAVE?

Habrá quien, con cierto desánimo, piense que ha caído en este uso como quien cae en el tabaquismo, y que la costumbre va a poder con él y con la voluntad de enmienda que pueda empeñar en el intento. ¡Ánimo! Sólo hay que revisar un texto escrito buscando “mism” para toparnos con todos los que acabaron en él (no en “el mismo”). Con la atención del aviso podremos analizar la conveniencia de cada caso e indultar sólo a los correctos, como ángel justiciero en tierras sodomitas de sospecha. Después de unas cuantas veces la lucecita del aviso se encenderá automáticamente durante la escritura, y así sabremos que hemos ganado la batalla a esta costumbre que la Real Academia tildaba de “vulgar y mediocre”, pero que don Fernando consideraba, sin pelos en la lengua, “hortera”.

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